El corazón le palpitaba deprisa cuando alcanzó la cima de la colina. Con una sonrisa que ocupaba todo su rostro, extendió los brazos hacia el cielo, dejándose mecer por la brisa que recorría el valle. Sobre su cabeza, los pájaros volaban con sus alas de mil colores, desafiando a la gravedad a la altura de las nubes.
Daría lo que fuera por ser como ellos. Por poder despegar sus alas y alejarse de todos los problemas que la anclaban a la tierra. Cerró los ojos con fuerza y se puso de puntillas, deseándolo con todas sus fuerzas.
Poco a poco, se fue elevando del suelo. Las puntas de sus dedos rozaron el borde de las nubes, esponjosas de algodón, e incluso las aves detuvieron su vuelo para contemplarla. Su sonrisa, más radiante que los rayos del sol que acariciaban su piel, se ensanchó aún más en su rostro al sentirse libre por primera vez en mucho tiempo.
-¿Vamos a casa?-su hermana puso una mano cariñosa sobre su hombro, haciéndole regresar a suelo firme.
Ella asintió en silencio, todavía hipnotizada por el vuelo de los pájaros a los que tanto envidiaba.
-Vamos.-le animó su hermana, empujando su silla de ruedas para descender la colina.
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