Se
frotó las palmas de las manos, en un intento inútil por entrar en calor.
Inquieta, miró a su alrededor. No era capaz de ver nada más allá del manto
blanco que lo cubría todo. Y hacía frío. Mucho frío. A cada segundo que pasaba,
tenía la sensación de que las temperaturas descendían más y más. Le castañeaban
los dientes y no paraba de tiritar. Por muy abrigada que fuera, sentía cómo el
helor se le calaba en cada uno de los huesos. Ya no recordaba cuánto tiempo
había pasado desde que cayeran las primeras nieves, pero comenzó a dudar de que
pudiera sobrevivir allí otra noche más. Apenas si era capaz de mantenerse
sentada sobre el tronco húmedo en el que se encontraba, donde ya ni siquiera
sentía los dedos de sus pies. Dejó vagar la mirada, donde la luz de la vida
comenzaba a apagarse poco a poco. Y, entonces, sucedió algo extraordinario.
La
nieve en torno a ella comenzó a derretirse. Despacio al principio, rápidamente
después. Frente a sus pies, surgieron luces rojizas y amarillentas que no
tardaron en dar forma a la llama que fue templando de nuevo la temperatura de
su cuerpo. Sus mejillas recuperaron el color y ella se dejó abrazar por el
calor de la hoguera que la estaba devolviendo a la vida, justo cuando pensaba que se
hallaba al borde de la muerte. A su alrededor, la nieve se siguió derritiendo,
trayendo consigo el verdor de una primavera olvidada.
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