La espada le atravesó el corazón sin miramientos. De
nada le sirvió su pesada armadura, que el arma cortó como si fuese simple
mantequilla.
El caballero se llevó la mano al peto, que comenzaba
a teñirse de rojo escarlata, en un intento inútil por detener una hemorragia
mortal. En la lengua sentía ya el sabor metálico de la sangre. Las piernas ya
no le sostenían y cayó de rodillas ante su verdugo. La vista se le nubló y el
aire abandonó sus pulmones en un último suspiro.
Cuando volvió a abrir los ojos, se reincorporó de
golpe y, con la frente perlada de sudor, se palpó el lugar exacto por donde le
había atravesado la espada. Volvió a cerrar los ojos con rabia cuando sus dedos
descubrieron una nueva cicatriz.
Estaba condenado. Condenado mil veces a ser atravesado
por la espada. Y condenado todas esas veces a volver a la vida.
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