El sol comenzaba a ocultarse tras las fachadas de los edificios de ladrillo gris, tiñendo el cielo de una gama de naranjas y rojos.
Él miró a su alrededor en busca de su sonrisa, en busca de sus penetrantes ojos verdes, pero se vio completamente solo. ¿Cómo era posible? Hasta hace solo un momento se había hallado a su lado, riendo y cogiéndolo con ternura de la mano.
Sin salir de su asombro, continuó caminando por las desérticas calles, ahora en penumbra, apenas alumbradas por un par de parpadeantes farolas.
Aún no había resuelto el enigma de su ausencia cuando comenzó a caer una ligera llovizna. Se detuvo y alzó la cabeza, permitiendo que las pequeñas gotas cayeran en su rostro cansado, dejando que el agua se llevara consigo todas sus dudas, todos sus miedos.
Se decidió entonces a entrar en un viejo bar, su letrero de neón como un oasis en medio del desierto. Se dejó caer en uno de los taburetes, a la barra con un vaso de ginebra entre las manos. Su presencia parecía flotar en el ambiente de aquel tugurio de mala muerte, presente en el alcohol que ahora bañaba sus venas. Pero él ya no estaba a su lado, y seguía sin entender el por qué.
Sintiendo que aquel lugar lo ahogaba, salió de nuevo al exterior, donde ahora caía un auténtico diluvio. En aquel momento, un mal presentimiento lo invadió. Alzó la vista y lo vislumbró allí, en medio de la tormenta, en la azotea de un edificio. Estaba peligrosamente cerca del borde, y por un momento, temió que fuera a lanzarse al vacío.
Apoderándose de él el pánico, corrió todo lo que sus piernas le permitieron en medio del caos que la lluvia desataba en las calles hasta llegar al edificio. Entro en él como un vendaval y subió las escaleras hasta la azotea como alma que lleva el diablo. Llegó sin aliento, y apenas se había permitido recuperar el aire que le faltaba cuando lo vio dando el primer paso para saltar. Horrorizado, corrió hacia él, con los brazos extendidos y las lágrimas empañando sus ojos negros ante la mera idea de perderlo para siempre. Antes de que se diera cuenta de lo que sucedía, sus pies estaban en el aire y se precipitaba al suelo, sin poder hacer nada para evitarlo.
Cayó, cayó y cayó...
Despertó sobresaltado en una butaca de cine. En la gran pantalla que se encontraba ante sus ojos, el protagonista había estado a punto de caer al saltar desde la azotea de un edificio, pero, finalmente, había logrado llegar al otro lado.
-Oye, ¿estás bien?-escuchó su voz a su lado.
Y efectivamente, ahí estaba él. Con una incógnita reluciendo en sus ojos verdes, con sus manos entrelazas y un cubo de palomitas entre ambos. Él sonrió y le dio un beso fugaz en los labios que lo pilló por sorpresa y le hizo soltar una pequeña risa.
Volvió a verse sentado a la barra de aquel bar. Pero en aquella ocasión, no estaba solo. Él estaba a su lado. Brindando, riendo. Amándolo.
Amante de los libros y las buenas historias. A veces escribo lo que me inspira un sueño o una canción.
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