El pueblo no había cambiado mucho desde mi última visita. Continué preguntándome qué demonios hacía allí, y por qué me había empeñado en regresar a aquel lugar lleno de recuerdos que quería olvidar.
Desde mi coche, podía ver las miradas de sorpresa y recelo de los que fueron un día mis vecinos, y no era de extrañar. Puede que aquel sitio no hubiera cambiado demasiado, pero yo sí. Ya nada quedaba de aquel niño ilusionado que venía cada verano con sus padres. Ya nada quedaba de aquel niño que venía exclusivamente para verla a ella. O al menos, eso quería creer. Porque, ¿a quién iba a engañar? ¿Por qué me había visto sino tan de repente asaltado por la nostalgia?
A lo lejos, vislumbré al fin mi destino. El descampado que una vez había sido un pequeño parque infantil. Y en medio de este, como presidiendo el lugar de mis recuerdos, estaba el sauce. Me sorprendió gratamente ver que aun quedando el resto en el olvido, alguien se había molestado en conservarlo.
Aparqué justo en frente del sauce, bajé del coche y me senté en el capo, con la cabeza apoyada en ambos manos y la vista clavada en el tronco de aquel árbol que tantos sentimientos encontrados me causaba. Sin quererlo, mis ojos se empañaron de lágrimas y me vi obligado a parpadear varias veces para alejarlas.
-¡Hola!-saludó una voz chillona que me sobresaltó, sacándome bruscamente de mis pensamientos.
Miré a mi alrededor en busca del dueño de aquella voz, pero allí no había nadie. Estaba completamente solo.
-¿Estás triste?-volvió a hablar la vocecilla.
Volví a fijar la vista en el sauce y la vi allí. Escondida tras el tronco, la figura de una niña de rizos dorados y grandes ojos marrones. Entrecerré un poco los ojos para poder verla mejor. ¿Era cosa mía, o la niña se veía como una niebla brumosa? La niña abandonó por completo su escondite con recelo, movida por la curiosidad, y no pude evitar dejar escapar un pequeño grito ahogado. Ahora comprendía lo que mis ojos habían visto. Podía ver completamente a través del cuerpo de la pequeña, cuya piel era casi tan blanca como el papel. Apostaba lo que sea a que yo en ese instante estaba incluso más pálido que ella.
Un fantasma, un espíritu errante, un mero recuerdo de lo que una vez en vida había sido.
-¿Te doy miedo?-preguntó ella acercándose con cautela. La inseguridad pareció reflejarse en su rostro blanquecino.
-¡No, no!-me apresuré en decir agitando exageradamente las manos para no ofenderla. Espera. ¿Los fantasmas se ofenden?-Es solo que... Que...
Ella parecía esperar ansiosa mi respuesta. Busqué con los ojos rápidamente una tabla de salvación que me sacara de aquella peliaguda situación. Y mi mirada chocó de nuevo con el sauce, inundándome una vez más de recuerdos que creía enterrados en el olvido de la memoria.
-Es solo que este sitio me trae muchos recuerdos.-sonreí con amargura-Y me ha sorprendido encontrar a alguien más aquí, para variar.-vale, tampoco te pases. ¡Es una niña muerta!
En los labios de la niñita pareció asomar una sonrisa.
-Es curioso, porque que yo recuerde, siempre he estado aquí.
-¿Cómo? ¿Desde cuándo? Quiero decir... ¿cuándo tú... cuándo moris...?-me interesé.
La pequeña comenzó a realizar cuentas con los dedos, con gesto de extrema concentración.
-La verdad es que ha pasado tanto tiempo que ya no estoy segura.-confesó ella con expresión triste-Lo último que recuerdo, es haberme caído (¿o tal vez me empujaron?) y haberme golpeado muy fuerte la cabeza contra algo.
Sí, yo también recordaba aquella historia. Se rumoreaba por el pueblo que hace unos años, una niña había sido asesinada en el sauce del parque donde yo ahora había aparcado mi coche. Ella y yo solíamos bromear acerca de eso en otro tiempo.
-¿Y cómo es que no te había visto hasta ahora?-repuse confuso.
-Supongo que porque hasta ahora no te había asaltado la nostalgia.-la niña se encogió de hombros e hizo una divertida mueca-Desde aquel día, mi espíritu quedó ligado al del sauce. Y este solo se alimenta de las lágrimas que otros vienen aquí a derramar, de la tristeza y de la nostalgia ajenas. Mi madre también vino muchas veces, al igual que tú ahora. Y bueno, yo también echo de menos muchas cosas. Por ejemplo, ¡me encantaría tomarme un granizado de limón bien fresquito! Y estar con mi madre otra vez, claro. A veces, el sauce también se alimenta de mi propia tristeza.
Antes de que pudiera frenarlas, las lágrimas corrían por mis mejillas hasta convertirse en un llanto desconsolado. Al menos, todo aquel dolor serviría para algo, pensé irónico, el sauce se estaría adjudicando un verdadero festín. Me pregunté entonces si ella también habría venido aquí, si también habría derramado frente al sauce alguna lágrima. Si me echaría de menos tanto como la echaba de menos a ella.
Una leve corriente eléctrica recorrió súbitamente mis venas. Era como un abrazo cálido, aunque también algo frío, que envolvía una de mis piernas. Bajé la mirada y allí vi una vez más a la pequeña de rizos rubios. Yo era mucho más alto que ella, de modo que solo conseguía llegarme a la altura de la rodilla, donde me daba pequeños golpecitos a modo de consolación. Aquel pequeño gesto me conmovió, y no pude evitar reprimir una sonrisa.
-¿Haces esto muy a menudo?-pregunté sin dejar de sonreír.
-A veces. Pero la mayoría de veces la gente sale corriendo.-dijo ella en tono triste. La verdad, no me extrañaba, pero preferí no comentar nada al respecto-Ella también vino.-dijo de repente. Sentí que el corazón me daba un vuelco-No sé lo que pasó entre vosotros, pero deberíais solucionarlo. Ella también te echa de menos.
-Gracias.-musité con una sonrisa todavía bañada por las lágrimas.
Ella correspondió a mi sonrisa.
Unos años más tarde...
Ya han pasado unos cuantos años desde aquella peculiar charla junto al sauce, y todavía no me creo lo mucho que cambió mi vida desde aquello.
Ahora vivo en el pueblo. En efecto, había acabado por regresar y asentarme definitivamente, recuperando un poco de mis raíces. Y si os estáis preguntando acerca de la charla pendiente con ella, sí, salió bien. De hecho, salió muy bien.
Para que os hagáis una idea de ello, ahora luzco un anillo en el dedo anular y envuelvo la diminuta mano de un niño. Él sujeta con su mano libre un cucurucho de vainilla. Yo mismo me dispongo a devorar un helado de nata y llevo una bolsa con varias cosas de la heladería.
Llegamos hasta el sauce y no puedo evitar que la nostalgia me inunda de nuevo pese al paso de los años. Saco de la bolsa que llevo conmigo un pequeño vaso de granizado de limón y lo deposito a los pies del sauce.
-Cuando te sientas triste,-le digo, apretándole cariñosamente la mano-no dudes en venir aquí. Te sentirás mucho mejor. ¡Ah! Y no olvides traer contigo un granizado de limón.
-¿Por qué, papá?-pregunta él extrañado. Debe de pensar que su padre está chiflado.
-Ella te lo agradecerá. Y el sauce, también.
Amante de los libros y las buenas historias. A veces escribo lo que me inspira un sueño o una canción.
Translate
Entradas populares
-
-¡Dámela! -¡No, nunca!-se negó, fuera de sí. -Vamos.-lo intentó él de nuevo, suavizando el tono de su voz-Sabes que es lo mejor par...
-
Para cuando llegó al invernadero, hacía ya horas que había anochecido. La luz de la luna, apenas dejaba intuir sus movimientos pausados y l...
-
La sangre goteaba de forma intermitente, dejando a su paso un reguero escarlata en el suelo de madera. Las piernas le temblaban tanto que ...
-
- ¿Todavía sigues molesto? -preguntó con voz suave la mujer, asomándose con cautela a la puerta de su habitación. Él no respondió. Sen...
-
El cielo encapotado y gris se extendía sobre su cabeza, con sus nubes tiñendo de tristeza y melancolía aquella mañana de frío invierno. Un ...
Etiquetas
- 4 estaciones (4)
- Alas de cristal (6)
- Anécdotas literarias (1)
- Críticos (8)
- Relatos con un poco de fantasía (56)
- Relatos un poco más oscuros (55)
- Reseña (39)
- Reto lector 2020 (12)
- Salud mental (6)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario