Debería haber amanecido hace horas, pero ni un mísero rayo de luz se colaba por la ventana. Sentía su cuerpo pesado, como si en mitad de la noche hubieran llenado su tripa de piedras como al lobo del cuento. Hizo un esfuerzo por reincorporarse, pero su voluntad parecía haber quedado reducida a algún rincón inaccesible de su mente. La oscuridad lo engullía por completo, amenazando con volver a sumirlo en el sueño.
Tuvo la tentación de bajar los párpados, de dejarse llevar. Se resistió. Tenía la intuición de que, si cerraba los ojos, nunca más los volvería a abrir. Que la oscuridad se apoderaría de él y se adueñaría de su alma. Los abrió al máximo posible, en un intento por intimidar a las sombras de su alrededor. Las sentía cada vez más cerca. Podía intuir sus siluetas y sus cuencas vacías entorno a su cama, esperando el momento en el que dejara de luchar para abalanzarse sobre su cuello y ahogarlo.
Un sudor frío le empapó la frente. Se sentía cansado, débil. Intentó reincorporarse de nuevo, pero su cuerpo apenas se movió. Aquella oscuridad inhumana lo había inmovilizado, como si lo hubiera atado con una cuerda invisible al colchón. Cualquier intento era inútil, comprendió de pronto. No podía salir de allí. Los monstruos que lo rodearon parecieron captar su desolación y acercaron sus rostros todavía más a él, llenos de júbilo. A él se le heló la sangre en las venas. No podía dejarlos vencer. No podía cerrar los ojos.
Sintió una opresión en el pecho, como si estrujaran su corazón. Nunca había sentido un dolor parecido. Las sombras todavía no le habían tocado, seguían mirándolo, expectantes. Pero tuvo la sensación de que era una de sus frías garras la que lo asfixiaba. Apretó la mandíbula y dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Dios, dolía tanto... ¿Cómo podía doler tanto?
Duerme, le dijeron las sombras en un tenebroso coro. Duerme, y todo habrá terminado. Deja que tomemos el control por ti. Deja que todo pase.
Él deseó poder llevarse las manos a los oídos para dejar de escucharlas, pero su cuerpo seguía sin responderle.
Duerme. Duerme. Duerme.
¡No! Quiso chillar. Quería salir de allí, pero no podía. Habían tomado ya el control de su cuerpo. ¿Cuánto tiempo tardarían en tomar el control de su alma?
Duerme.
No podía cerrar los ojos.
Duerme.
O la oscuridad lo engulliría, y sería el fin.
Duerme.
Pero el pecho le dolía tanto... Todo le dolía, en realidad. ¿Cómo podía ser capaz el ser humano de aguantar tanto dolor?
Duerme...
Y entonces, cerró los ojos, vencido al fin. Las sombras se abalanzaron sobre él. Su piel perdió color, adquiriendo un tono grisáceo. Había perdido cualquier rastro de lucha y de vida. Las sombras rieron, satisfechas.
En aquella habitación, solo quedó la oscuridad.

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