Junto las manos para intentar resguardarse del frío, sin éxito. Suspiró y alzó la vista al cielo encapotado que, desde hace días, había sumido a la ciudad en la oscuridad. Chasqueó la lengua. Los noticieros habían dedicado varias horas a hablar de aquellas nubes negras que habían aparecido de la nada, privándoles de la luz del sol. Sus labios se curvaron en una sonrisa cansada. Si ellos supieran...
Habría pasado poco más de una semana, pero a ella le dolía como si todo hubiera sucedido esa misma mañana. El día en que él se marchó para siempre. Habían discutido. Como siempre. Un nuevo suspiro escapó de sus labios al rememorar la escena. Las nubes se volvieron más negras encima de su cabeza. Y entonces... se fue. Pegó un portazo y desde entonces supo que jamás lo volvería a ver. Que lo suyo se había acabado para siempre. Lo peor fue la sensación de después. Sin él, la casa se había quedado vacía. Y también su corazón. Sorbió por la nariz y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Debería haberlo visto venir. Las cosas hacía tiempo que no estaban bien entre ellos. Pero todavía dolía. ¿Por qué seguía doliendo? Agachó la cabeza para que nadie notara las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, imposibles de retener.
Las gotas de lluvia empezaron a caer, mojando su cabeza. Sus brazos. Sus zapatos. Poco a poco. Pero ella sabía que no tardaría en transformarse en una tormenta. Porque era demasiado lo que guardaba dentro, y no podía contenerlo por más tiempo. Iba a desbordarse.
-Este tiempo anda loco. Menos mal que he cogido un paraguas antes de salir de casa.-escuchó una voz a su lado.
Ella alzó la cabeza para ver a su nueva acompañante. Una chica se había sentado en el otro extremo del banco. Ella la miró por el rabillo del ojo, desconfiada. La otra, en cambio, le sonrió y abrió su paraguas. La lluvia había aumentado de intensidad. Y, para su sorpresa, se pegó a su lado para cubrirle también la cabeza. Ella pegó un pequeño salto en el banco. La forastera le pasó la mano por la espalda para sujetar mejor el paraguas, haciéndola estremecer. Un rayo iluminó el cielo oscuro, al que poco después le siguió un trueno.
-Parece que va a caer una de las gordas.-silbó a la vez que miraba el cielo-Por cierto, soy Kate.-se presentó de nuevo con una sonrisa.
-¿Y no es mejor que te vayas a casa...Kate?-le ponía nerviosa tenerla tan cerca.
-Puede. Pero me gusta la lluvia.-se encogió de hombros.
-¿A quién le gusta la lluvia? La lluvia es triste.-suspiró y un viento frío se levantó a su alrededor, revolviéndoles el cabello.
Kate frunció el ceño, como si tuviera que pensar mucho la respuesta. Al final se rio y volvió a encogerse de hombros.
-No sé. Simplemente me gusta.
Su sonrisa le contagió. Y dejó de llover. Kate cerró el paraguas y miró sorprendida al cielo. Las nubes se estaban dispersando.
-Parece que por fin tendremos algo de...
En un impulso, se acercó y la besó, interrumpiéndola. Kate tardó unos segundos en reaccionar y luego sonrió, divertida. A ese primer beso en ese banco del parque luego le siguieron muchos más.
En el cielo, se había formado un hermoso arco iris.

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