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jueves, 27 de febrero de 2020

Epidemia

Por mucho que intentó protegerse, no pudo evitar ser contagiado por la epidemia que asolaba la ciudad.

Primero fue un ligero picor en la punta de los dedos. Después un molesto picor en la parte de atrás de las orejas. La vista se le cansaba y su mano temblaba con violentos espasmos. Con cada amanecer, la enfermedad seguía su curso, imparable. 

Una mañana, no fue capaz de moverse de la cama. Apenas sí podía mover el cuello y la cabeza. Con un esfuerzo titánico, alzó una de sus manos. Quiso gritar, pero los parásitos parecían haber debilitado también sus palabras. 

Una enorme mancha negra se extendía desde sus dedos hasta la muñeca, cubriendo también gran parte del antebrazo. Solo entonces fue consciente del verdadero peligro que corría. Intentó moverse, huir de la garra de la muerte. Pero era demasiado tarde. Ni siquiera le quedaban fuerzas para derramar las lágrimas que desdibujaban todavía más su visión cansada. 

Ríos de tinta lo envolvieron, cubriendo cada centímetro de su piel, absorbiéndole la vida. El manto negro no tardó en llegar también a su corazón, llevándose consigo el último latido y suspiro de vida. 

jueves, 20 de febrero de 2020

Espada maldita


La espada le atravesó el corazón sin miramientos. De nada le sirvió su pesada armadura, que el arma cortó como si fuese simple mantequilla.

El caballero se llevó la mano al peto, que comenzaba a teñirse de rojo escarlata, en un intento inútil por detener una hemorragia mortal. En la lengua sentía ya el sabor metálico de la sangre. Las piernas ya no le sostenían y cayó de rodillas ante su verdugo. La vista se le nubló y el aire abandonó sus pulmones en un último suspiro.

Cuando volvió a abrir los ojos, se reincorporó de golpe y, con la frente perlada de sudor, se palpó el lugar exacto por donde le había atravesado la espada. Volvió a cerrar los ojos con rabia cuando sus dedos descubrieron una nueva cicatriz.

Estaba condenado. Condenado mil veces a ser atravesado por la espada. Y condenado todas esas veces a volver a la vida.

sábado, 15 de febrero de 2020

La casa de las olas

Aquí tenéis la reseña del reto de este mes: una novela romántica.

Sinopsis: En un pueblo costero de la Inglaterra de 1950, de esos en los que todo el mundo se conoce y donde el chismorreo es el deporte local, vive Lottie, una joven cariñosa, dispuesta y muy conformista. Su mejor amiga es Celia Holden, con cuya familia vive: ayuda en la casa, hace recados, cuida de los niños. 

Pero un buen día el pequeño mundo de Lottie se resquebraja: en una casa de la playa se instala un grupo de artistas bohemios; sus costumbres, que para ella son muy exóticas, le descubren una nueva manera de vivir, más libre, rica y estimulante. Y justo entonces, Celia le presenta a su novio, un chico que ha conocido en Londres... 

He de decir que este libro me ha dejado con sentimientos contradictorios y un tanto decepcionada. Para mí, ha sido más bien como una lectura ligera con la que desconectar dada la sencillez de su trama, pero sin que me dejara toda la noche en vela deseosa de terminar el siguiente capítulo.

Al principio, me costó terminar de conectar con sus personajes y aunque al final lo conseguí, tampoco lo hice lo suficiente como para que me marcaran de algún modo. 

Por otro lado, nos encontramos ante dos historias que, aunque al final parecen encajar a la perfección, no me agradó mucho su forma de presentarlas al lector pues, desde mi punto de vista, resulta bastante brusca. Además de que considero que habría estado bien que se hubiera hecho más hincapié en determinados personajes hacia la segunda parte de la novela. 

Lo que sí tengo que reconocerle a Jojo Moyes es su don a la hora de escribir diálogos. Estos resultan tan fluidos y naturales, que en ellos se refleja sin problema el habla cotidiana de sus protagonistas. 

Una lectura, en definitiva, que no se puede decir que me haya encantado, pero que tampoco me ha desagradado del todo. 


viernes, 14 de febrero de 2020

Prólogo

25 de julio de 2020. Portland, Oregón

Las horas pasaban con lentitud, con aquella característica agonía que parece pesar siempre sobre el ambiente de las salas de espera. Esta, como muchas otras desde que empezara la guerra, estaba repleta de ancianos y niños. De personas desesperadas que buscaban una suerte de refugio entre aquellas paredes blancas. 

Algunos lo miraban de reojo. Otros, lo hacían de una forma mucho más descarada. Pero él no les prestaba atención. Tampoco podía reprochárselo. Era consciente de que un soldado como él en un sitio como aquel debía llamar la atención a la fuerza. 

En cuanto le dieron la noticia en el frente, marchó de inmediato al hospital. No se había molestado en cambiarse o darse una ducha. No tenía tiempo para eso. 

Y allí estaba él. Con el uniforme y las botas embarradas. Ni siquiera se había quitado la máscara de protección que ocupaba la mayor parte de su rostro, ofreciéndole un aspecto un tanto siniestro. Al cabo de un rato se la quitó al fin y cerró los ojos, dejándose llevar por el ritmo de su respiración. Tal vez así, la espera se volviese más amena, pensó inocentemente con la frente perlada de sudor.

De fondo, le llegaba el murmullo del televisor que, en vano, trataba de distraer a aquellos que, junto a él, contaban con angustia el paso del tiempo. 

-Por el momento, el freno de las tropas norcoreanas y chinas al noroeste de Australia ha sido realizado con éxito tras la operación llevada a cabo sobre las islas, ya bajo control enemigo, de Indonesia, en las que las tropas americanas hicieron uso del gas sarín. El frente ruso, por su parte, continúa estancado, sin ningún avance notable para ambos bandos. 

Sus labios se curvaron en una mueca. El frente ruso. Era allí donde le habían dado la noticia. Casi sonrió al recordar las advertencias de sus superiores cuando les dijo que cogería el primer vuelo a los Estados Unidos, estando a punto de ganarse el título de traidor y desertor en el ejército. Pero eso a él no le importó. Nunca le había tenido miedo a volar. Y ninguna guerra iba a impedirle estar presente en el nacimiento de sus hijos, aunque tuviera que esperar horas allí sentado. 

Había intentado entrar a la sala junto a su mujer, pero los médicos no se lo permitieron. Tampoco le importó. Estaba allí, a su lado. Aunque fuera en esa estúpida sala.

-Las protestas en las calles a causa de la reelección del presidente Trump, y especialmente,  tras su decisión de declarar la guerra a Rusia, continúan en aumento, causando estragos en las calles de Washington DC con numerosos heridos. En Europa, el primer ministro británico, Boris Johnson, se enfrenta también a las protestas de los ciudadanos que se muestran insatisfechos con la paralización de las primeras medidas del Bréxit a causa de la entrada en la guerra de Gran Bretaña. Con igual violencia se han producido las manifestaciones en la capital francesa en contra de la decisión tomada por el presidente, Emmanuel Macron,  de bombardear la ciudad china de Guangzhou, causando más de dos millones de muertos y permitiendo a las tropas aliadas israelíes proseguir en su avance hacia el este.

-Guerra, guerra, guerra. No se habla más que de la maldita guerra.-gruñó una voz a su lado. 

No contestó. Sus ojos permanecieron cerrados.

-Aunque tú seguro que estarás más harto que cualquiera de nosotros, ¿me equivoco?

No tuvo entonces más remedio que devolverle la mirada a aquel anciano de barbilla prominente y pequeños ojos tristones, que se clavaban en él a la espera de una respuesta que nunca llegó. Tampoco tenía ganas de entablar una conversación. Y mucho menos de hablar de la guerra. Suficiente tenía con tener que ir a luchar en ella. Al anciano pareció no importarle demasiado el hecho de que su interlocutor no se molestara en responderle, y se preocupó de que este último estuviera al tanto de lo que opinaba al respecto, aunque fuera en contra de su voluntad.

-¡Todo es culpa de esos malditos rusos, eso es lo que digo! ¡Si no hubieran lanzado aquel misil contra el Pentágono, nada esto habría pasado, sí señor! 

Se llevó una mano a las sienes, donde la sangre comenzaba a acumularse. El hombre seguía hablando, y con ello, no hacía más que aumentar su rabia y su dolor de cabeza. Cerró el puño de la otra mano con fuerza. Tanto, que los nudillos se pusieron blancos y se clavó las uñas. 

-Mamá.-estiró un niño de forma inocente de la falda de su madre, que estaba enfrascada en los acontecimientos que la locutora narraba-¿Se va a acabar el mundo?

-¡Vamos camino al apocalipsis, se lo digo yo!-continuaba vociferando el anciano a su lado. 

De pronto, se puso en pie, sobresaltando a los que allí estaban. Su paciencia estaba llegando a un límite. Necesitaba alejarse de todo. Y especialmente, de todos. Sin mediar palabra, se dirigió al enorme ventanal, no sin antes dirigirle una mirada asesina al hombre que, sin duda alguna, no sería capaz de volver a abrir la boca en lo que le quedaba de vida. 

Con las manos a la espalda, sus ojos rojos contemplaron el paisaje. Desde allí podía ver el paso del río Columbia, que bajo el radiante sol de julio, se mostraba ajeno al caos que azotaba en ese momento al mundo. 

-Señor.-lo llamó una voz ahogada a su espalda, acompañada de una mano temblorosa en el hombro. 

Se giró y encontró junto a él a una enfermera de grandes ojos marrones y corto pelo negro. Alrededor del cuello de esta, colgaba un collar con una pequeña cruz de madera y junto a ella, había un párroco que, sudoroso, sujetaba una Biblia entre las manos. El doctor no iba con ellos y sospechó que algo iba mal. Tremendamente mal. 

-Ya ha terminado el parto, señor.-anunció. 

Toda ella eran temblores y tics nerviosos. 

-¿Y mi mujer? ¿Y los niños? ¿Cómo están?-presa de la impaciencia, cogió a la chica por los hombros. 

El rostro de ella estaba tan desencajado a causa del terror que temió lo peor. 

-Lo siento mucho, señor.-se apresuró a decir la enfermera-Su mujer… 

-¡¿Qué?! ¡¿Dónde está?!-exigió, zarandeándola-¡Necesito verla! ¡¿Dónde está?!

-Su esposa ha muerto, señor.-cortó el cura por lo sano-Y sus hijos… Me temo que sus hijos son la causa de este fatal desenlace.

-¡¿A qué se refiere con eso?!-reclamó furioso, dirigiendo su atención al hombre de la Biblia. 

-¡Esos niños son el diablo! ¡No pueden seguir en este mundo!

-¡¿Qué?! ¡¿Qué les han hecho a mis hijos?! ¡¿Dónde están?!

Fue en esta ocasión la enfermera la que tuvo que sujetarlo a él para impedir que se lanzara sobre el párroco, víctima de una furia inusitada que parecía alimentada por el propio diablo. 

-¡La semilla de Satanás está dentro de ellos! ¡Deben morir!-lo amenazó él con el libro santo. 

Él forcejeó. Morir. Ja. Él mismo podría matarlos a ambos antes de que siquiera fuesen capaces de asimilarlo. Podría matar a todos los presentes en esa sala, de hecho. Podía sentirla. La rabia, apoderándose de sus entrañas. Las ganas de tener un arma a mano lo superaron.

Y entonces, todos quedaron cegados por la intensidad de una luz dorada que parecía provenir del mismo cielo. Al principio, muchos pensaron que se trataba de otra bomba, que los rusos habían cumplido su amenaza de lanzar la bomba del Tsar sobre Washington. Pero eso no ocurriría hasta cinco días más tarde. La luz que inundó medio mundo aquel día, era de un origen muy distinto. Pero lo que ninguno de ellos pudo negar, y mucho menos explicar, fue la extraña paz que esta parecía haberles proporcionado. Más de uno aseguró que, por unos instantes, hasta el mismo tiempo parecía haberse detenido. 

jueves, 13 de febrero de 2020

Piezas rotas


Apenas tenía fuerzas para abrir los ojos. Intentó moverse, pero le costó más de lo que pensaba. Pese a todo, el robot se levantó, cosa de la que se arrepintió casi al instante. Su brazo izquierdo cayó al suelo con estrépito, al que su pierna siguió poco después.

Todo su cuerpo se convirtió en un montón de piezas rotas, derrumbándola de nuevo. El robot hizo un último esfuerzo para mantener sus ojos abiertos, que estaban cubiertos de lágrimas.

Todavía conservaba entera una de sus manos, con la que intentó mover una vez más el resto de su cuerpo que todavía conservaba. Pero fue inútil. En cuestión de segundos, la última de sus piezas desaparecía también en la oscuridad más absoluta.

El robot cerró los ojos, a sabiendas de que no sería capaz de abrirlos otra vez. Aun sin poseer un corazón, sentía que sangraba por dentro cada vez que otra de sus piezas se desprendía y caía al suelo.

jueves, 6 de febrero de 2020

Volar

El corazón le palpitaba deprisa cuando alcanzó la cima de la colina. Con una sonrisa que ocupaba todo su rostro, extendió los brazos hacia el cielo, dejándose mecer por la brisa que recorría el valle. Sobre su cabeza, los pájaros volaban con sus alas de mil colores, desafiando a la gravedad a la altura de las nubes. 

Daría lo que fuera por ser como ellos. Por poder despegar sus alas y alejarse de todos los problemas que la anclaban a la tierra. Cerró los ojos con fuerza y se puso de puntillas, deseándolo con todas sus fuerzas. 

Poco a poco, se fue elevando del suelo. Las puntas de sus dedos rozaron el borde de las nubes, esponjosas de algodón, e incluso las aves detuvieron su vuelo para contemplarla. Su sonrisa, más radiante que los rayos del sol que acariciaban su piel, se ensanchó aún más en su rostro al sentirse libre por primera vez en mucho tiempo. 

-¿Vamos a casa?-su hermana puso una mano cariñosa sobre su hombro, haciéndole regresar a suelo firme. 

Ella asintió en silencio, todavía hipnotizada por el vuelo de los pájaros a los que tanto envidiaba. 

-Vamos.-le animó su hermana, empujando su silla de ruedas para descender la colina.