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jueves, 9 de enero de 2020

Esclavos de la red

El sueño y el cansancio acumulados eran tales que le estaba costando horrores mantener abiertos los párpados. No había nada que deseara más en este mundo que echarse en una cama. Pero no podía. La pantalla a la que estaba condenada a mirar eternamente se lo impedía. 

No recordaba cuánto tiempo llevaba allí, quién era o cuál había sido su nombre. Solo recordaba estar allí sentada y, muy vagamente, la presencia de otros esclavos de la red como ella a lo largo y ancho de aquella habitación. No se les permitía hablar o moverse, y mucho menos despegarse, aunque tan solo fueran unos segundos, de la endemoniada pantalla. 

Una lágrima resbaló por su mejilla y ella se mostró sorprendida. Pensó que nunca más sería capaz de sentir nada que no fuera a través de códigos binarios. Frente a ella, seguían sucediéndose a una velocidad de vértigo imágenes pretenciosas, irreales. Pero ella solo podía pensar en lo mucho que deseaba volver a ese hogar que, pese haber olvidado, sabía que seguía allí, en alguna parte. 

Una segunda lágrima, lo más real que había experimentado en los últimos meses, resbaló por su mejilla al percatarse de que escapar de un lugar como aquel era una simple ilusión. Porque cuando uno lleva unas cadenas digitales, nunca las termina de romper del todo. 

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