Los portones de hielo se abrieron con lentitud, cediéndole el paso. Él se adentró caminando con cautela, temiendo que el suelo se resquebrajara de un momento a otro bajo el peso de sus pies. Las puertas se cerraron a su espalda, sumiéndolo en la fría oscuridad que gobernaba aquel lugar.
-Así que eres tú.-lo sorprendió una voz clara y cantarina-El pequeño humano que ha osado desafiarme.
Un escalofrío le recorrió la espalda y hasta sus huesos se estremecieron. Se obligó a sostenerle la mirada.
-Así que es cierto. La reina existe.
Ella sonrió ante su comentario, mostrando una hilera de perfectos dientes blancos.
-Pues claro que sí, querido. ¿Quién crees que provoca las ventiscas, sino?
Se acercó a él. Sus zapatos de tacón golpeaban contra el suelo helado, originando a su alrededor un revuelo de copos de nieve que levantó el bajo de su vestido de puntilla blanca.
-¿Y bien?-sus ojos azules eran como dos témpanos de hielo-¿Eso es todo lo que tenías que decirme?
-No.-los dientes le castañeteaban a causa del frío, pero no pensaba dejarse impresionar por la poderosa presencia de la dama-Debe poner fin al invierno. Ha durado demasiado.
Ella rió y más copos de nieve la envolvieron.
-Eso no va a ser posible, querido.
-Pero miles morirán.-protestó, sintiendo que la rabia lo hacía volver a entrar en calor.
-En ese caso, será mejor que se preparen para la ventisca.
Con un leve movimiento de su mano, la reina volvió a abrir los portones, invitándolo a abandonar el castillo o, por el contrario, a quedarse retenido para siempre entre sus frías paredes.
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