El niño se frotó las manos que llevaba enfundadas en sus guantes de lana, intentando entrar en calor. Era la mañana de Navidad y la ciudad se había despertado cubierta de un manto blanco y frío.
Era la primera vez que veía la nieve. Era el único regalo que realmente había deseado, lo único que había escrito en la carta. Quería que nevara, que pudiera hacer muñecos de nieve, tirarse con un trineo o simplemente tumbarse sobre ella, sintiéndose el niño más feliz del mundo.
Y allí estaba su deseo. Hecho realidad. La nieve no era, sin embargo, lo único que había pedido.
El niño miró a su alrededor, vigilando que nadie lo estuviese mirando y, con cuidado, separó las manos dejando ver un cuerpo diminuto de un azulado transparente. El copo de nieve lo miró con sus pequeñas pupilas blancas. Su vestido hondeaba a merced del viento, originando una pequeña ventisca a su alrededor.
El chico sonrió y volvió a ocultarlo de las miradas ajenas. A partir de entonces, aquella no sería la última nevada que se sucedería en la ciudad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario