El viejo reloj que había sobre la repisa de la chimenea contaba incansable con su tic-tac las horas que quedaban para su condena.
Nerviosa, se frotó las manos junto al débil fuego que iluminaba la estancia. Las tenía heladas. Todo su cuerpo se estaba poniendo rígido. Había perdido el apetito. Hacía días que no probaba bocado. Una gota de sudor comenzó a resbalar por su sien para congelarse poco después, quedándose pegada en su rostro. Ella la cogió y la dejó caer al suelo con una mueca de disgusto. Sus labios estaban de igual modo morados y agrietados.
No le quedaba mucho tiempo. La maldición acabaría por extenderse por todo su cuerpo sin remedio, condenándole a convertirse en una estatua sin vida. La bruja ya se lo había advertido.
Alimenta el fuego antes de que acabe el invierno o el invierno se quedará a vivir dentro de ti.
Y por mucho que lo había intentado, ella no había conseguido avivar aquella llama de la que dependía su vida. Y ahora era demasiado tarde.
El tic-tac del reloj se congeló al mismo tiempo que lo hacía su cuerpo. En su mejilla, quedaron atrapadas para siempre dos lágrimas de hielo.
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