Abrió los ojos con las primeras luces de la mañana. Sentía la lengua pastosa y un fuerte dolor le taladraba la cabeza. Sus manos acariciaron con cierta ternura las sábanas. Se las acercó a la nariz. El aroma de ella seguía allí. De entre todos los recuerdos borrosos de esa noche, el de su figura desnuda era el más nítido de todos ellos. Tanto, que en ocasiones pensaba que solo había sido un sueño. Si cerraba los ojos, todavía podía verla. Su pelo negro, largo hasta la cintura. Su piel tostada. Sus ojos de café.
Y como fruto de un hechizo, el olor de aquella bebida fuerte y amarga llegó de nuevo hasta su cama, adoptando la forma de sus manos, que se traducían en forma de caricias en su espalda; o adoptando la forma de sus labios, que se traducían en forma de besos que le quitaban el aliento. Bebió con avidez, con desesperación, de esa fantasía de café a la que se había vuelto adicta y sin la que ya no podía vivir.
Cuando el olor se volvió más intenso ella abrió los ojos. Ruborizada, cogió la taza que la morena, ahora de carne y hueso, le tendía con una sonrisa burlona.
-Buenos días.-la saludó, apartándole un mechón de la frente y dándole un beso que, como no, sabía a café.
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