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miércoles, 25 de diciembre de 2019

Copo de nieve

El niño se frotó las manos que llevaba enfundadas en sus guantes de lana, intentando entrar en calor. Era la mañana de Navidad y la ciudad se había despertado cubierta de un manto blanco y frío. 

Era la primera vez que veía la nieve. Era el único regalo que realmente había deseado, lo único que había escrito en la carta. Quería que nevara, que pudiera hacer muñecos de nieve, tirarse con un trineo o simplemente tumbarse sobre ella, sintiéndose el niño más feliz del mundo. 

Y allí estaba su deseo. Hecho realidad. La nieve no era, sin embargo, lo único que había pedido. 

El niño miró a su alrededor, vigilando que nadie lo estuviese mirando y, con cuidado, separó las manos dejando ver un cuerpo diminuto de un azulado transparente. El copo de nieve lo miró con sus pequeñas pupilas blancas. Su vestido hondeaba a merced del viento, originando una pequeña ventisca a su alrededor. 

El chico sonrió y volvió a ocultarlo de las miradas ajenas. A partir de entonces, aquella no sería la última nevada que se sucedería en la ciudad. 

jueves, 19 de diciembre de 2019

Ventisca

Los portones de hielo se abrieron con lentitud, cediéndole el paso. Él se adentró caminando con cautela, temiendo que el suelo se resquebrajara de un momento a otro bajo el peso de sus pies. Las puertas se cerraron a su espalda, sumiéndolo en la fría oscuridad que gobernaba aquel lugar. 

-Así que eres tú.-lo sorprendió una voz clara y cantarina-El pequeño humano que ha osado desafiarme. 

Un escalofrío le recorrió la espalda y hasta sus huesos se estremecieron. Se obligó a sostenerle la mirada.

-Así que es cierto. La reina existe. 

Ella sonrió ante su comentario, mostrando una hilera de perfectos dientes blancos. 

-Pues claro que sí, querido. ¿Quién crees que provoca las ventiscas, sino? 

Se acercó a él. Sus zapatos de tacón golpeaban contra el suelo helado, originando a su alrededor un revuelo de copos de nieve que levantó el bajo de su vestido de puntilla blanca. 

-¿Y bien?-sus ojos azules eran como dos témpanos de hielo-¿Eso es todo lo que tenías que decirme?

-No.-los dientes le castañeteaban a causa del frío, pero no pensaba dejarse impresionar por la poderosa presencia de la dama-Debe poner fin al invierno. Ha durado demasiado. 

Ella rió y más copos de nieve la envolvieron. 

-Eso no va a ser posible, querido. 

-Pero miles morirán.-protestó, sintiendo que la rabia lo hacía volver a entrar en calor. 

-En ese caso, será mejor que se preparen para la ventisca. 

Con un leve movimiento de su mano, la reina volvió a abrir los portones, invitándolo a abandonar el castillo o, por el contrario, a quedarse retenido para siempre entre sus frías paredes. 

jueves, 12 de diciembre de 2019

Olor a café

Abrió los ojos con las primeras luces de la mañana. Sentía la lengua pastosa y un fuerte dolor le taladraba la cabeza. Sus manos acariciaron con cierta ternura las sábanas. Se las acercó a la nariz. El aroma de ella seguía allí. De entre todos los recuerdos borrosos de esa noche, el de su figura desnuda era el más nítido de todos ellos. Tanto, que en ocasiones pensaba que solo había sido un sueño. Si cerraba los ojos, todavía podía verla. Su pelo negro, largo hasta la cintura. Su piel tostada. Sus ojos de café. 

Y como fruto de un hechizo, el olor de aquella bebida fuerte y amarga llegó de nuevo hasta su cama, adoptando la forma de sus manos, que se traducían en forma de caricias en su espalda; o adoptando la forma de sus labios, que se traducían en forma de besos que le quitaban el aliento. Bebió con avidez, con desesperación, de esa fantasía de café a la que se había vuelto adicta y sin la que ya no podía vivir. 

Cuando el olor se volvió más intenso ella abrió los ojos. Ruborizada, cogió la taza que la morena, ahora de carne y hueso, le tendía con una sonrisa burlona. 

-Buenos días.-la saludó, apartándole un mechón de la frente y dándole un beso que, como no, sabía a café. 

jueves, 5 de diciembre de 2019

Lágrimas de hielo

El viejo reloj que había sobre la repisa de la chimenea contaba incansable con su tic-tac las horas que quedaban para su condena. 

Nerviosa, se frotó las manos junto al débil fuego que iluminaba la estancia. Las tenía heladas. Todo su cuerpo se estaba poniendo rígido. Había perdido el apetito. Hacía días que no probaba bocado. Una gota de sudor comenzó a resbalar por su sien para congelarse poco después, quedándose pegada en su rostro. Ella la cogió y la dejó caer al suelo con una mueca de disgusto. Sus labios estaban de igual modo morados y agrietados. 

No le quedaba mucho tiempo. La maldición acabaría por extenderse por todo su cuerpo sin remedio, condenándole a convertirse en una estatua sin vida. La bruja ya se lo había advertido. 

Alimenta el fuego antes de que acabe el invierno o el invierno se quedará a vivir dentro de ti. 

Y por mucho que lo había intentado, ella no había conseguido avivar aquella llama de la que dependía su vida. Y ahora era demasiado tarde. 

El tic-tac del reloj se congeló al mismo tiempo que lo hacía su cuerpo. En su mejilla, quedaron atrapadas para siempre dos lágrimas de hielo.