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lunes, 22 de abril de 2019

Instrumento desafinado

Intentó abrir los ojos, pero los párpados le pesaban demasiado como para siquiera intentarlo. 

Sumida en la oscuridad más absoluta, trató de hacer memoria. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar y su corazón dio un vuelco. 

Con lentitud, abrió al fin los ojos, que se toparon con un almacén polvoriento y solitario. Sus pupilas, pequeñas y rasgadas, se desviaron a su vientre desnudo. Cuatro cuerdas la atravesaban de punta a punta, ascendiendo desde sus pies hasta el principio de su cuello.  A ambos lados de este último, cuatro remaches caoba en contraste con su piel aceitunada. A la altura del ombligo, un cinturón blanco que congregaba, en perfecta armonía, cada una de las cuerdas. 

Ella giró la cabeza. A pocos metros, estaba el arco. Al igual que ella misma, desgastado y olvidado por el resto del mundo. Ese mundo que una vez la había adorado, que la había alabado. Estiró y alargó el brazo, intentando acercarlo hacia ella, pero todo esfuerzo fue inútil. Cualquier movimiento parecía quebrarla por dentro en mil pedazos. Era demasiado doloroso. Instintivamente, cerró de nuevo los ojos. Sendos lagrimones negros surcaron su rostro, dejando tras ellos la marca imborrable del dolor. Los abrió de nuevo. Le costaba respirar. Cada bocanada de aire se le antojaba una daga entre las costillas. 

Con los ojos vidriosos, bajó de nuevo la vista hacia las cuatro cuerdas. Su mano, temblorosa, se acercó a ellas, arrancando con timidez un débil sonido. 

Sonó hueco, vacío. Desafinado. 

Ya nada quedaba de aquella hermosa melodía. 

Ya nada quedaba de aquel violín que tanto había brillado con gracia en cada escenario. 

Ahora solo quedaba el polvo y el silencio. Los únicos compañeros de un instrumento completamente olvidado y desafinado. 

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