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martes, 30 de abril de 2019

Juegos de palacio

El caballero avanzó con cautela por el amplio pasillo que ante él se extendía. La mano en el cinto había quedado cubierta de un sudor frío.

No había adornos ostentosos ni jarrones orientales. Tan solo el mármol blanco que relucía con la luz que entraba a través de las ventanas. 

Intentó no pensar en las manchas de sangre escarlata que encontraba a su paso cuando llegó a la puerta dorada que se situaba al final de ese mismo corredor. No tenía esta última ningún tipo de pomo o manivela. Tan solo el grabado de dos espadas cruzadas en el centro. Un escalofrío recorrió la espalda del guerrero al intuir su funcionamiento. Aproximó su mano al lugar, sabiendo de antemano lo que se sucedería a continuación. 

La palma quedó pegada al grabado, que comenzó a generarle profundos cortes, como si se tratasen de auténticas armas. Impulsada por alguna especie de resorte, la puerta comenzó a girar y su cuerpo, con ella, dando paso a otra habitación. La sala del trono. 

Era un lugar oscuro y sombrío, donde la temperatura parecía haber descendido mil grados de repente. Las cortinas de seda negra se mecían a la merced de un viento fantasmal y las estatuas de piedra, dispuestas en cientos de imposibles y tortuosas posturas, lo estudiaban desde sus pedestales. 

Y allí estaba ella. En su trono de marfil y de revestimiento de rubíes, con sus medias de encaje y su vestido de plumas. En sus labios rojos, danzando una siniestra y traviesa sonrisa. 

-Me alegra saber que se ha animado usted a jugar, caballero.-dijo ella, poniéndose en pie. 

Sus tacones de aguja resonaron a medida que se acercaba a él. 

-¿Y bien?-sonrió ella, con un brillo peculiar reluciendo en sus pupilas sin fondo-¿Empezamos? 

Su sonrisa se ensanchó al descubrir la palidez de su invitado. Inmediatamente después, retiró la daga de su costado mientras contemplaba, impasible, la vida que por momentos a este se le escapaba. 

Miró entonces su obra con orgullo. Había vuelto a ganar.

lunes, 22 de abril de 2019

Campo abierto

''Avanza.'', insistía su mente, imparable. 



''Avanza.''




No, no puedo. 




''Avanza. Tienes que avanzar.''




Sus pies se detuvieron por un instante. ¿Cuántos habían empezado aquella absurda carrera, aquella guerra sin sentido? Y ahora, solo él parecía continuar de una pieza. 




Pero eso, comprobaría poco después, no dudaría mucho tiempo. 




''Avanza'', seguía implorando aquella voz. 




El campo se extendía ante él, reflejando entre sus miles de destellos la luz del plenilunio. Y en el centro, un árbol con el tronco negruzco y retorcido. Con sus muñecas y tobillos amarrados a sus ramas, había una niña en el centro del mismo. Simulando una obscena parodia del hombre del vitrubio, sus brazos y piernas estaban extendidos, presentándose ante él con unas cuencas vacías de vida. La boca entreabierta, dando la sensación de que, en cualquier momento, de ella escaparían las que en su día fueran sus últimas palabras. 




''Avanza.'' 




Tuvo la sensación de que era la misma niña la que lo hostigaba a seguir. Sus piernas temblaban, pero una fuerza invisible las movió hacia delante, obligándolo a enfrentarse a su destino. 




El primer grito de dolor surgió de su garganta en cuanto sus pies se hundieron en la marea de cristales que cubría la llanura. 




''Avanza. Avanza.'' 




Cada paso era peor que el mismísimo infierno. No existían palabras para describir la clase de dolor que sentía en ese momento. 




Se clavaban en su piel; la arañaban, la atravesaban. Notaba la sangre empapar el interior de sus zapatos. Ya apenas le quedaban fuerzas para seguir gritando. Notaba la vista cansada y los ojos húmedos. 




En mitad de la noche, se coló entre los cristales rotos una tétrica risa. 

Instrumento desafinado

Intentó abrir los ojos, pero los párpados le pesaban demasiado como para siquiera intentarlo. 

Sumida en la oscuridad más absoluta, trató de hacer memoria. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar y su corazón dio un vuelco. 

Con lentitud, abrió al fin los ojos, que se toparon con un almacén polvoriento y solitario. Sus pupilas, pequeñas y rasgadas, se desviaron a su vientre desnudo. Cuatro cuerdas la atravesaban de punta a punta, ascendiendo desde sus pies hasta el principio de su cuello.  A ambos lados de este último, cuatro remaches caoba en contraste con su piel aceitunada. A la altura del ombligo, un cinturón blanco que congregaba, en perfecta armonía, cada una de las cuerdas. 

Ella giró la cabeza. A pocos metros, estaba el arco. Al igual que ella misma, desgastado y olvidado por el resto del mundo. Ese mundo que una vez la había adorado, que la había alabado. Estiró y alargó el brazo, intentando acercarlo hacia ella, pero todo esfuerzo fue inútil. Cualquier movimiento parecía quebrarla por dentro en mil pedazos. Era demasiado doloroso. Instintivamente, cerró de nuevo los ojos. Sendos lagrimones negros surcaron su rostro, dejando tras ellos la marca imborrable del dolor. Los abrió de nuevo. Le costaba respirar. Cada bocanada de aire se le antojaba una daga entre las costillas. 

Con los ojos vidriosos, bajó de nuevo la vista hacia las cuatro cuerdas. Su mano, temblorosa, se acercó a ellas, arrancando con timidez un débil sonido. 

Sonó hueco, vacío. Desafinado. 

Ya nada quedaba de aquella hermosa melodía. 

Ya nada quedaba de aquel violín que tanto había brillado con gracia en cada escenario. 

Ahora solo quedaba el polvo y el silencio. Los únicos compañeros de un instrumento completamente olvidado y desafinado. 

miércoles, 3 de abril de 2019

Corazón

El suelo temblaba bajo sus pies a cada paso que daba. Tenía la sensación de que, en cualquier momento, la madera se abriría bajo sus pies, condenándola a caer en lo más profundo del Averno

Aunque, tal vez, el infierno no estuviera tan mal, pensó ella. 

Porque estaba segura de que no había dolor comparable con el que le producía esa maldición. 

Podía sentirla. Cada vez que cerraba los ojos, cada vez que respiraba. Si se concentraba, podía escucharlo como un lejano murmullo en medio del silencio. El latido cansado de su medio corazón, condenado a vagar por la tierra. Sí, medio. Porque solo la mitad de su corazón permanecía bombeando la sangre dentro de su pecho. La otra mitad se la había arrancado una vieja bruja hacia mucho, ¿o tal vez había sido un brujo? Ya no se acordaba. 

El suelo volvió a sacudirse con violencia y ella estuvo a punto de perder el equilibrio. 

Le habían dicho que había una manera de poner fin a su maldición, de recuperar las piezas extraviadas de su corazón. 

Debía ir sola, a medianoche, hasta la casa más alejada de la colina. Lo único que tenía que hacer era subir la vieja escalera de madera hasta el último piso y esperar. Y allí estaba ella. 

La verdad era que se trataba de algo mucho más fácil de decir que de hacer, teniendo en cuenta los temblores que se apoderaban de la vieja casa cada vez que ascendía un peldaño. Daba la sensación de que esta tuviera vida propia, y de que estuviera haciendo todo lo posible por hacerla marchar. Pero ella no iba a dejarse vencer tan fácilmente. 

Para cuando las primeras luces del alba atravesaban los ventanales, ella ya había alcanzado el último escalón. Una risa familiar tras ella la sobresaltó. 

-Estúpida ilusa...-dijo, sin verse capaz de identificar si se trataba de un hombre o de una mujer-Creo que esto me pertenece.-rió, clavando su garra helada en su pecho. 

Lo atravesó de par en par, con una facilidad inusitada, aferrándose a sus últimos retazos de vida. 

Todo se volvió negro.