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jueves, 18 de febrero de 2021

Naufragio

 


Cuando partieron del puerto esa mañana el cielo estaba despejado y hacía buen tiempo. Sin embargo, a medida que el sol se ocultaba y que se acercaban a la isla algo cambió. El mar se agitó, haciendo bailar de un lado a otro el casco del barco. Unas nubes negras cubrieron el cielo sobre ellos. No muy lejos de allí, apareció un rayo y más tarde retumbó un trueno, anunciando la tormenta. 

El pánico empezó a pesar en los corazones de la tripulación. Tenían que mantener el barco a flote a cualquier precio. Por lo menos, hasta que estuvieran lo suficientemente cerca de tierra firme. No podían permitirse desfallecer. No ahora que habían llegado tan lejos. 

Los rayos seguían iluminando la noche y los truenos seguían rugiendo en el cielo, ajenos a sus ya escasas esperanzas. La lluvia apenas les dejaba ver lo que tenían frente a ellos. Pero lo que si vieron con claridad, y también con horror, fue cómo se alzaba la primera ola. Aquel barco ya no estaba gobernado por seres humanos. Su dueño ahora era el miedo. Muy pocos resistieron a la caída sin compasión del agua sobre ellos. Para cuando golpeó la segunda ola, ya nadie quedaba sobre la cubierta. Poco después, su barco desaparecía para siempre en las profundidades.

Dos días después, el único superviviente despertaba en la playa, con las olas ahora mansas bañando sus pies. Hizo un esfuerzo por reincorporarse. En seguida se arrepintió cuando el mundo a su alrededor empezó a darle vueltas. Intentó recordar cómo había llegado hasta allí. Pero el barco parecía haberse hundido junto a su memoria. Los rostros de sus compañeros caídos eran poco más que un borrón en su mente. Un terrible dolor le martilleaba la cabeza y cuando se puso a andar se dio cuenta de que cojeaba. Las tripas le rugían después de dos días sin llevarse a nada a la boca. 

Como pudo recorrió la isla en busca de algo de alimento o un refugio. En ese momento estaba tan cansado y desorientado que no consideró la idea de que también pudiera existir algún peligro. Algo que no tardaría en lamentar. 

Casi tropezó con el nido que estaba a sus pies. Con una mueca de dolor se arrodilló junto a él. Los huevos eran considerablemente grandes. Solo con uno tendría alimento para varios días. El color y la forma eran extraños pero no estaba en condiciones de rechistar. Le volvieron a rugir las tripas y se le hizo la boca agua. Pensó en llevarse uno. Aunque tal vez fuera mejor que cogiera dos, por si acaso. O tres. O cuatro. Mejor todos. No sabía cuánto tiempo iba a pasar allí y lo mejor sería prevenir. Empezó a vaciar el nido con una sonrisa. 

Tan entusiasmado estaba con su descubrimiento que no se percató de que no había nada en esas cáscaras vacías. Y que el depredador que se le había adelantado abría de nuevo sus enormes alas para abatirse sobre él. Él miró hacia arriba, confuso, cuando su sombra le tapó la luz del sol. Pero ya era demasiado tarde. El monstruo descendió hacia él con las garras por delante. Hacía mucho que no llevaba carne fresca al nido y sus crías lo agradecerían. 

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