Para cuando encontró las huellas de la bestia el sol ya comenzaba a ocultarse en el horizonte. No tardaría en anochecer. Sonrió para sus adentros a la vez que se reincorporaba de examinar el terreno. Aquello haría la búsqueda más interesante. Echó un vistazo al cielo y calculó que tenía un par de horas antes de que la oscuridad absoluta se tragara al bosque. Tiempo suficiente para dar con aquel monstruo y matarlo. Con la escopeta al hombro, retomó el camino que serpenteaba entre los árboles.
Se dio cuenta de que la maleza invadía cada vez más el terreno a medida que avanzaba. Daba la sensación de que el bosque quisiera establecer un límite entre el mundo humano y el suyo propio. En un punto la vegetación se volvió tan densa que tuvo que sacar el machete para abrirse paso. Lejos de desanimarse, blandió el cuchillo con entusiasmo.
Estaba empezando a oscurecer y recordó las advertencias de la gente del lugar. Que el bosque se volvía peligroso de noche. El cazador apartó aquellos pensamientos igual que hacía con las enormes hojas que aparecían ante él. Aquello no eran más que leyendas. Y su instinto le decía que estaba muy cerca. No iba a abandonar ahora.
El sonido de una rama partiéndose lo puso en alerta. Se detuvo. Miró con cautela a su alrededor y le pareció detectar un movimiento entre los arbustos. Guardó el machete y cargó la escopeta, despacio. Se agachó entre la maleza que cubría el camino. Si antes le había parecido un problema ahora era una bendición. Oteó las copas de los árboles y escuchó atento los sonidos del bosque. Se le aceleró el corazón. La bestia estaba allí. Le sudaban las manos, pero no permitió que el miedo lo paralizara. Por fin podría hacerse con un trofeo tan preciado.
Y, en efecto, el monstruo estaba allí como el cazador intuía. Hacía tiempo que había descubierto su escondite en el camino. Se preparó para abalanzarse sobre su presa mientras se relamía los colmillos.




