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jueves, 25 de febrero de 2021

Cazador

 


Para cuando encontró las huellas de la bestia el sol ya comenzaba a ocultarse en el horizonte. No tardaría en anochecer. Sonrió para sus adentros a la vez que se reincorporaba de examinar el terreno. Aquello haría la búsqueda más interesante. Echó un vistazo al cielo y calculó que tenía un par de horas antes de que la oscuridad absoluta se tragara al bosque. Tiempo suficiente para dar con aquel monstruo y matarlo. Con la escopeta al hombro, retomó el camino que serpenteaba entre los árboles.

Se dio cuenta de que la maleza invadía cada vez más el terreno a medida que avanzaba. Daba la sensación de que el bosque quisiera establecer un límite entre el mundo humano y el suyo propio. En un punto la vegetación se volvió tan densa que tuvo que sacar el machete para abrirse paso. Lejos de desanimarse, blandió el cuchillo con entusiasmo. 

Estaba empezando a oscurecer y recordó las advertencias de la gente del lugar. Que el bosque se volvía peligroso de noche. El cazador apartó aquellos pensamientos igual que hacía con las enormes hojas que aparecían ante él. Aquello no eran más que leyendas. Y su instinto le decía que estaba muy cerca. No iba a abandonar ahora. 

El sonido de una rama partiéndose lo puso en alerta. Se detuvo. Miró con cautela a su alrededor y le pareció detectar un movimiento entre los arbustos. Guardó el machete y cargó la escopeta, despacio. Se agachó entre la maleza que cubría el camino. Si antes le había parecido un problema ahora era una bendición. Oteó las copas de los árboles y escuchó atento los sonidos del bosque. Se le aceleró el corazón. La bestia estaba allí. Le sudaban las manos, pero no permitió que el miedo lo paralizara. Por fin podría hacerse con un trofeo tan preciado. 

Y, en efecto, el monstruo estaba allí como el cazador intuía. Hacía tiempo que había descubierto su escondite en el camino. Se preparó para abalanzarse sobre su presa mientras se relamía los colmillos.  

lunes, 22 de febrero de 2021

La chica de nieve

 

Por fin traigo por aquí la reseña del último libro de uno de mis autores favoritos que, una vez más, me ha vuelto a sorprender.

Sinopsis: El desfile más famoso del planeta. Una niña de tres años desaparecida. ¿Dónde está Kiera Templeton? 
Nueva York, 1998, cabalgata de Acción de Gracias. Kiera Templeton desaparece entre la multitud. Tras una búsqueda frenética por toda la ciudad, alguien encuentra unos mechones de pelo junto a la ropa que llevaba puesta la pequeña. 
En 2003, el día que Kiera habría cumplido ocho años, sus padres, Aaron y Grace Templeton, reciben en casa un extraño paquete: una cinta VHS con la grabación de un minuto de Kiera jugando en una habitación desconocida. 

Cogí esta novela con ganas porque, siendo de Javier Castillo, sabía que no me podía decepcionar. Y así fue. Desde el primer capítulo, ya empieza a sumergirnos en la dramática desaparición de Kiera. Conforme avanza la historia, tú también te sientes parte de esa búsqueda desesperada por encontrar a la niña, alegrándote de los pequeños avances y poniéndote de los nervios cuando surge algún obstáculo por el camino. Una tensión con giros constantes que, como siempre, se mantiene hasta el final

Una de las cosas que siempre me han gustado de su forma de escribir es el hecho de que la narración se presente en diferentes tiempos. En el caso de La chica de nieve también tenemos varios saltos temporales que, poco a poco, van convergiendo en el presente y que nos van dando las piezas que nos faltan del rompecabezas. Para mí, como escritora, es algo digno de admiración la capacidad de organización para saber qué se debe contar y cuándo en esa línea temporal. 

Otro de los fuertes es, sin duda, los personajes. Sobre todo el de Miren Triggs, la periodista que se suma también a la búsqueda de Kiera. Es uno de los personajes más icónicos y me ha gustado especialmente observar su evolución a lo largo de la novela. Considero que está muy bien construido y llevado, y es eso mismo lo que la hace entrañable. Otro de los personajes que más me ha marcado, y sin hacer ningún tipo de spoiler, es la persona que se lleva a Kiera. Su historia y, sobre todo, su perfil psicológico ha medida que avanza el libro me ha dejado, sencillamente, sin habla

No revelaré nada del final pero sí diré que es otra cosa más que me ha dejado con la boca abierta. Todo encaja a la perfección, sin olvidar una buena dosis de suspense y alguna que otra pregunta sin resolver

En definitiva, Javier Castillo lo ha vuelto a hacer. Y, si todavía no le conocéis, os animo a que le deis una oportunidad a alguna de sus novelas. No os vais a arrepentir, aunque puede que os quedéis toda la noche en vela para descubrir la verdad.

jueves, 18 de febrero de 2021

Naufragio

 


Cuando partieron del puerto esa mañana el cielo estaba despejado y hacía buen tiempo. Sin embargo, a medida que el sol se ocultaba y que se acercaban a la isla algo cambió. El mar se agitó, haciendo bailar de un lado a otro el casco del barco. Unas nubes negras cubrieron el cielo sobre ellos. No muy lejos de allí, apareció un rayo y más tarde retumbó un trueno, anunciando la tormenta. 

El pánico empezó a pesar en los corazones de la tripulación. Tenían que mantener el barco a flote a cualquier precio. Por lo menos, hasta que estuvieran lo suficientemente cerca de tierra firme. No podían permitirse desfallecer. No ahora que habían llegado tan lejos. 

Los rayos seguían iluminando la noche y los truenos seguían rugiendo en el cielo, ajenos a sus ya escasas esperanzas. La lluvia apenas les dejaba ver lo que tenían frente a ellos. Pero lo que si vieron con claridad, y también con horror, fue cómo se alzaba la primera ola. Aquel barco ya no estaba gobernado por seres humanos. Su dueño ahora era el miedo. Muy pocos resistieron a la caída sin compasión del agua sobre ellos. Para cuando golpeó la segunda ola, ya nadie quedaba sobre la cubierta. Poco después, su barco desaparecía para siempre en las profundidades.

Dos días después, el único superviviente despertaba en la playa, con las olas ahora mansas bañando sus pies. Hizo un esfuerzo por reincorporarse. En seguida se arrepintió cuando el mundo a su alrededor empezó a darle vueltas. Intentó recordar cómo había llegado hasta allí. Pero el barco parecía haberse hundido junto a su memoria. Los rostros de sus compañeros caídos eran poco más que un borrón en su mente. Un terrible dolor le martilleaba la cabeza y cuando se puso a andar se dio cuenta de que cojeaba. Las tripas le rugían después de dos días sin llevarse a nada a la boca. 

Como pudo recorrió la isla en busca de algo de alimento o un refugio. En ese momento estaba tan cansado y desorientado que no consideró la idea de que también pudiera existir algún peligro. Algo que no tardaría en lamentar. 

Casi tropezó con el nido que estaba a sus pies. Con una mueca de dolor se arrodilló junto a él. Los huevos eran considerablemente grandes. Solo con uno tendría alimento para varios días. El color y la forma eran extraños pero no estaba en condiciones de rechistar. Le volvieron a rugir las tripas y se le hizo la boca agua. Pensó en llevarse uno. Aunque tal vez fuera mejor que cogiera dos, por si acaso. O tres. O cuatro. Mejor todos. No sabía cuánto tiempo iba a pasar allí y lo mejor sería prevenir. Empezó a vaciar el nido con una sonrisa. 

Tan entusiasmado estaba con su descubrimiento que no se percató de que no había nada en esas cáscaras vacías. Y que el depredador que se le había adelantado abría de nuevo sus enormes alas para abatirse sobre él. Él miró hacia arriba, confuso, cuando su sombra le tapó la luz del sol. Pero ya era demasiado tarde. El monstruo descendió hacia él con las garras por delante. Hacía mucho que no llevaba carne fresca al nido y sus crías lo agradecerían. 

jueves, 11 de febrero de 2021

La cueva

 


Le habían dicho que en aquella cueva estaba su última esperanza. Con la única ayuda de una linterna, comenzó a adentrarse en el paso subterráneo. Respiró hondo un par de veces. Nunca le había gustado la oscuridad. Estaba llena de cosas que no se podían controlar. Se centró en dónde debía colocar los pies para no pensar en ello. Suficiente tenía con preocuparse de no despeñarse por el suelo rocoso. 

Soltó una maldición cuando las paredes y el techo temblaron con violencia. Un recordatorio de que, a ella y a la humanidad, se les acababa el tiempo. Los terremotos se volvieron más frecuentes y ella intentó avanzar más deprisa. En más de una ocasión resbaló y estuvo a punto de perder el equilibrio. Le empezaba a faltar el aire y la mano que sostenía la linterna estaba empapada en sudor. Notaba que, con cada sacudida de las paredes, estas se acercaban más y más. Si no llegaba a tiempo, acabarían aplastándola. 

Con un suspiro de alivio, vislumbró la entrada de la cueva a pocos metros. Se permitió anticipar el sabor de la victoria a medida que se acercaba con andares más seguros. Y ese fue su mayor error. Porque olvidó las advertencias de los sabios sobre ese lugar y la antigua magia que lo protegía. Solo cuando estuvo frente a la entrada se dio cuenta de que era demasiado tarde. 

Muda de horror, soltó la linterna cuando salió a recibirla su propio reflejo. Su gemela le sonrió con malicia. Antes de que pudiera gritar, la cogió por las muñecas y la arrastró hasta el fondo de la cueva. Momentos después, el doble cogía la linterna y marchaba de vuelta a la superficie. 

jueves, 4 de febrero de 2021

Juicio final

 


Escuchó sus pasos. Se acercaban. Otra vez. Se acurrucó en la pared más alejada de la puerta. Ocultó el rostro entre las rodillas. Tal vez si no los veía directamente el miedo desaparecería. Intentó convencerse de ello mientras se mecía suavemente. Tal vez no fueran a verlo a él. Tal vez, por una vez, lo dejarían tranquilo. Su corazón se detuvo cuando la puerta se abrió. Un recuerdo más de que ya no había escapatoria. 

Lo cogieron por los hombros y lo sacaron a rastras de la habitación. Temblando, siguió con la vista fija en el suelo. No tenía valor para mirarles a la cara una vez más. No lo necesitó para saber que sonreían y se burlaban de él. Siempre lo habían hecho, después de todo. Ni siquiera lo ataban ya con cadenas. Sabían que no lo necesitaban para doblegarlo. Se estremeció de solo imaginar qué le harían esa vez. 

Sus captores se detuvieron y lo empujaron al interior de una sala. Las piernas le temblaban tanto que perdió el equilibrio y acabó tirado en el suelo. No se molestó en reincorporarse. Sabía que era inútil pedir clemencia. No la habían tenido durante todos esos años. ¿Por qué iban a ser misericordiosos ahora? Solo deseaba que terminara pronto. Que terminara todo y lo dejaran tranquilo. Ocultó el rostro entre las manos y sollozo. No quería reconocer la sala en la que se encontraba. Eso le daría una pista de la tortura que se avecinaba. 

El estómago se le hizo pesado. Con el corazón en la garganta, retiró las manos y alzó la cabeza. Se dio cuenta entonces de que la habitación estaba oscuras. Pero no necesitaba luz. Sabía que estaban ahí. La boca se le secó al reconocerlos frente a él, en fila. Listos para que diera comienzo su tortura. Sus peores miedos. Monstruos que venían a devorarlo una y otra vez, hasta que de él no quedara nada. 

Se levantó de un salto y corrió hacia la puerta. Fue tal el impulso que se estampó contra ella. Giró desesperado el picaporte, tenía las manos empapadas en sudor. Pero estaba cerrada a cal y canto. Los miedos dieron un paso hacia delante. Hacia él. No tenían prisa. Sabían que no podía escapar de ellos. Y que no tenía el valor para enfrentarlos. Golpeó desesperado la puerta. Suplicó, lloró. Y el cerco se estrechaba cada vez más y más. Se dejó caer de nuevo en el suelo y se tapó las orejas con las manos. No quería escucharlos, no quería que sus voces penetraran en su cabeza y lo destruyeran por dentro. Pero con el paso del tiempo los miedos se habían vuelto más fuertes. Lo tenían controlado. No había nada que hacer. Nada. 

-Dejadme en paz... Por favor...-la voz le temblaba tanto que apenas fue capaz de formular las palabras. 

Como por arte de magia, el coro que entonaban las sombras que lo atrapaban cambió. Y se volvió mucho más siniestro. 

Solo hay una manera. Solo hay una manera. Solo hay una manera. 

Él cerró los ojos y se tapó las orejas con más fuerza. No, no puedo. No debo. 

Solo hay una manera. 

El labio le temblaba. No podía dejar de llorar. Solo hay una manera, se dijo a sí mismo. Los monstruos esbozaron una tétrica sonrisa a su alrededor. Él apretó los puños y se golpeó con rabia la pierna. Golpeó la puerta que estaba a su espalda y golpeó el suelo. Lo había intentado, maldita sea. Pero no había sido suficiente, pensó con tristeza. Los miedos habían ganado. Ellos eran más poderosos. 

Al día siguiente, lo encontraron colgando del techo de su habitación.