Se pasea por la habitación, medio distraído, como si no fuera consciente de mi presencia. O tal vez tan solo se esté limitando a ignorarme.
Yo solo puedo pensar en lo mucho que lo odio. En cuánto odio a ese hombre, por mucho que esté hecho a mi imagen y semejanza.
Él no dice ni una palabra. Justo antes de abandonar la habitación se gira, me mira y sonríe, regodeándose de mi sufrimiento. Sin apartar sus ojos profundos de los míos, cierra la puerta tras de sí, desapareciendo de mi vista.
Y yo me quedo allí, condenado a pasar el resto de mis días encerrado en los límites de este cuadro maldito y a despreciar al retrato que me ha arrebatado mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario