Ella tragó saliva. Le sudaban tanto las manos que apenas podía sujetar en condiciones el lápiz. Frente a ella, el papel en blanco. Sobre ella, el péndulo, oscilando peligrosamente y amenazando con dejar caer la espada sobre su cabeza.
Respiró profundamente y leyó por tercera vez aquella sucesión de preguntas de las que ahora dependía su vida. Las letras se mezclaban y los números se volvían borrosos. Impotente, se mordió el labio para aguantar las lágrimas. El tiempo corría y el péndulo seguía balanceándose, cada vez más cerca.
En un momento dado alzó la vista y los vio allí. Al otro lado del cristal protector, enfundados en sus trajes y sus sonrisas hipócritas, tratando de infundirle unos falsos ánimos que ella consideraba más que insuficientes.
-Qué sabrán ellos-pensó dejando escapar una leve risa-si no son ellos los que tienen una espada sobre sus cabezas.
Si acierto y salvo la vida, se mostrarán al mundo como mis salvadores, aunque fueran ellos mismos los que me habían condenado.
Si fallo y muero, me desterrarán para siempre al olvido.
-Todo este sistema...-murmuró entre dientes llena de rabia-Está jodidamente mal.
En ese momento, el péndulo se detuvo, deteniendo el tiempo con su condena.
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