Todavía recordaba la primera bocanada de aire que se vio obligada a respirar cuando sus ojos se abrieron a la eterna y desconocida noche. El fuego, tan pronto abrasaba sus venas como se volvía manso, perdiéndose en el aire que la hacía volar y alejarse cada vez más de la fogata. Su vestido, vaporoso como el mismo humo que la acompañaba, se movía a la merced de un viento del que se sentía prisionera.
En su angustioso viaje, donde el condenado mundo no dejaba de dar vueltas a su alrededor, a penas fue consciente de la presencia de otras compañeras que, como ella, habían nacido del calor apasionado del fuego que quemaba la leña seca.
Con un suspiro de alivio, el viento pareció ceder a su favor, poniendo fin a las volteretas y cabriolas para situarse con suavidad en una superficie pequeña y chata. Pronto descubriría, sin embargo, que había cantado victoria demasiado pronto.
La joven arrugó la nariz en un movimiento que desembocó en un estornudo, haciéndola alzar de nuevo el vuelo en contra de su voluntad. Tan absorta como estaba la chica contemplando la lluvia de cenizas que caía sobre ella, no se percató de la pequeña y estridente voz que flotaba muy cerca de su oído, maldiciendo el mismo instante en el que había nacido de la hoguera.
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