Aunque no había sido un día particularmente frío, agradeció enormemente abandonar las calles cubiertas de nieve e introducirse en el mundo paralelo en que consistía la sala de baile, donde la fiesta ya hacía tiempo que había dado comienzo.
Los cuerpos de los bailarines se juntaban y separaban con tal ritmo y coordinación que le causaron auténtico vértigo. Poco a poco, sus pies comenzaron también a moverse, arrastrados por el hilo invisible de la música que inundaba la sala. Su cuerpo se movía a su son, como poseído por ella, a la vez que sus ojos castaños buscaban con desespero a su compañero. Una mano en la cintura y una sonrisa apoyada sobre su hombro le indicaron que había sido él quien, como de costumbre, la había encontrado a ella.
Los pasos de él se movieron con timidez guiando los de ella que, de inmediato, se animó a seguirlos a través del compás que las notas de la orquesta marcaban. Sus cuerpos parecían uno solo, moviéndose con tal ligereza que sus pies prácticamente levitaban sobre la pista. Para cuando se fueron a dar cuenta, habían ocupado el centro de la sala y todo el mundo se había detenido y apartado para mirarlos, absortos por la magia que los amantes desprendían. Ella cerró los ojos, dejándose llevar por la calidez de sus manos y el aroma de su piel. Nunca había sentido especial predilección por el baile. Y mucho menos por el vals. Pero junto a él, cada nota, cada instante, se volvía inolvidable.
De pronto, la música se detuvo y ella hizo lo propio, sudorosa y con lágrimas en los ojos. Los abrió. La gente la seguía mirando. Ella intentó componer una sonrisa.
Sin decir ni una palabra, abandonó el lugar tal y como lo había hecho: sola, poniendo punto y final al vals de su imaginación.
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