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jueves, 26 de septiembre de 2019

Pesadilla

Se suponía que debía estar durmiendo hace horas. Pero no podía. Y tampoco podía explicar el por qué. Algo me hacía sentir incómodo. Algo sobre esa habitación. Algo sobre mí. Ya me había hecho a la idea de que iba a pasar toda la noche en vela cuando mis ojos se cerraron y caí en un profundo sueño. De inmediato me di cuenta de que habría sido mucho mejor si no lo hubiera hecho. 

Estaba realmente oscuro. Frío y oscuro. Escuché risas y voces que parecían provenir de ninguna parte. Me vi a mí mismo, de pie frente a mí. Bueno, quiero decir. De alguna forma, sabía que era yo, porque lucía de un modo completamente diferente. Mis ojos no estaban allí. Solo había dos cuencas negras y vacías. Estaba sonriendo, pero era ese tipo de sonrisa que hace sentir tu alma indefensa. Todo mi rostro era pálido como el de un fantasma y estaba cubierto de sangre. 

Intenté alejarme pero me golpeé contra alguien-o más bien algo-que cogió mis brazos y piernas para que no pudiera moverme. Fuera lo que fuera, sentí que lamía mi hombro. Desesperado, quise gritar, pero no había voz alguna en el interior de mi garganta. Mi versión de pesadilla comenzó a reír para cuando me alcanzó y yo cerré mis ojos con fuerza, deseando despertar. 

De repente, algo cambió. Pude sentirlo. Abrí mis ojos otra vez. Estaba en mi habitación. Estaba a salvo. Solo había sido una pesadilla, pensé. 

Tomé un profundo respiro cuando las criaturas se dejaron ver y saltaron sobre mí. No había sido solo una pesadilla, comprendí demasiado tarde. No puedes despertar y huir de tus miedos tan fácilmente. 

jueves, 19 de septiembre de 2019

Lluvia de cenizas

Todavía recordaba la primera bocanada de aire que se vio obligada a respirar cuando sus ojos se abrieron a la eterna y desconocida noche. El fuego, tan pronto abrasaba sus venas como se volvía manso, perdiéndose en el aire que la hacía volar y alejarse cada vez más de la fogata. Su vestido, vaporoso como el mismo humo que la acompañaba, se movía a la merced de un viento del que se sentía prisionera. 

En su angustioso viaje, donde el condenado mundo no dejaba de dar vueltas a su alrededor, a penas fue consciente de la presencia de otras compañeras que, como ella, habían nacido del calor apasionado del fuego que quemaba la leña seca. 

Con un suspiro de alivio, el viento pareció ceder a su favor, poniendo fin a las volteretas y cabriolas para situarse con suavidad en una superficie pequeña y chata. Pronto descubriría, sin embargo, que había cantado victoria demasiado pronto. 

La joven arrugó la nariz en un movimiento que desembocó en un estornudo, haciéndola alzar de nuevo el vuelo en contra de su voluntad. Tan absorta como estaba la chica contemplando la lluvia de cenizas que caía sobre ella, no se percató de la pequeña y estridente voz que flotaba muy cerca de su oído, maldiciendo el mismo instante en el que había nacido de la hoguera. 

jueves, 12 de septiembre de 2019

Hojas secas

¿Qué siente uno antes de saltar, de lanzarse al vacío y no mirar atrás? ¿Miedo? ¿Duda? 

Ella sentía nostalgia. El tiempo había pasado tan rápido. Sus colores se habían ido apagando. De los verdes más vivos y veraniegos al marrón más otoñal. Y eso solo podía significar una cosa. El verano se acababa. Y era hora de saltar. 

Sin embargo, ella se veía incapaz de abandonar esas ramas que habían sido su hogar, que la habían cuidado y protegido. En definitiva, que la habían visto crecer. 

A su alrededor, sus compañeras se lanzaban sin temor a lo desconocido. Sus pies dudaron en el borde. Sabía que, una vez hecho, no habría marcha atrás. Que jamás podría regresar. Pero también sabía que el tiempo seguiría su curso, por mucho que ella quisiese detenerlo. 

Y así, sin más, la hoja saltó desprendiéndose al fin del árbol donde había nacido, dando la bienvenida al otoño. 

jueves, 5 de septiembre de 2019

El vals

Aunque no había sido un día particularmente frío, agradeció enormemente abandonar las calles cubiertas de nieve e introducirse en el mundo paralelo en que consistía la sala de baile, donde la fiesta ya hacía tiempo que había dado comienzo. 

Los cuerpos de los bailarines se juntaban y separaban con tal ritmo y coordinación que le causaron auténtico vértigo. Poco a poco, sus pies comenzaron también a moverse, arrastrados por el hilo invisible de la música que inundaba la sala. Su cuerpo se movía a su son, como poseído por ella, a la vez que sus ojos castaños buscaban con desespero a su compañero. Una mano en la cintura y una sonrisa apoyada sobre su hombro le indicaron que había sido él quien, como de costumbre, la había encontrado a ella. 

Los pasos de él se movieron con timidez guiando los de ella que, de inmediato, se animó a seguirlos a través del compás que las notas de la orquesta marcaban. Sus cuerpos parecían uno solo, moviéndose con tal ligereza que sus pies prácticamente levitaban sobre la pista. Para cuando se fueron a dar cuenta, habían ocupado el centro de la sala y todo el mundo se había detenido y apartado para mirarlos, absortos por la magia que los amantes desprendían. Ella cerró los ojos, dejándose llevar por la calidez de sus manos y el aroma de su piel. Nunca había sentido especial predilección por el baile. Y mucho menos por el vals. Pero junto a él, cada nota, cada instante, se volvía inolvidable. 

De pronto, la música se detuvo y ella hizo lo propio, sudorosa y con lágrimas en los ojos. Los abrió. La gente la seguía mirando. Ella intentó componer una sonrisa. 

Sin decir ni una palabra, abandonó el lugar tal y como lo había hecho: sola, poniendo punto y final al vals de su imaginación.