Se suponía que debía estar durmiendo hace horas. Pero no podía. Y tampoco podía explicar el por qué. Algo me hacía sentir incómodo. Algo sobre esa habitación. Algo sobre mí. Ya me había hecho a la idea de que iba a pasar toda la noche en vela cuando mis ojos se cerraron y caí en un profundo sueño. De inmediato me di cuenta de que habría sido mucho mejor si no lo hubiera hecho.
Estaba realmente oscuro. Frío y oscuro. Escuché risas y voces que parecían provenir de ninguna parte. Me vi a mí mismo, de pie frente a mí. Bueno, quiero decir. De alguna forma, sabía que era yo, porque lucía de un modo completamente diferente. Mis ojos no estaban allí. Solo había dos cuencas negras y vacías. Estaba sonriendo, pero era ese tipo de sonrisa que hace sentir tu alma indefensa. Todo mi rostro era pálido como el de un fantasma y estaba cubierto de sangre.
Intenté alejarme pero me golpeé contra alguien-o más bien algo-que cogió mis brazos y piernas para que no pudiera moverme. Fuera lo que fuera, sentí que lamía mi hombro. Desesperado, quise gritar, pero no había voz alguna en el interior de mi garganta. Mi versión de pesadilla comenzó a reír para cuando me alcanzó y yo cerré mis ojos con fuerza, deseando despertar.
De repente, algo cambió. Pude sentirlo. Abrí mis ojos otra vez. Estaba en mi habitación. Estaba a salvo. Solo había sido una pesadilla, pensé.
Tomé un profundo respiro cuando las criaturas se dejaron ver y saltaron sobre mí. No había sido solo una pesadilla, comprendí demasiado tarde. No puedes despertar y huir de tus miedos tan fácilmente.