Fuera de la mansión, el viento era gélido y tan solo el canto de los grillos rompía en un murmullo el silencio de la noche. Nerviosa, atravesó el patio de la entrada, haciendo resonar sus pasos inquietos en la gravilla. A pesar del frío, las manos le sudaban. Se sentía inquieta.
No necesitó llamar a la puerta. En el mismo momento en el que alzaba su puño, las enormes puertas de roble se abrieron, dando paso a las luces cegadoras de la fiesta que se hallaba en su interior. Ante ella, había una figura ataviada con un traje verde parduzco y una corbata anaranjada a juego. Llevaba, además, una estrafalaria peluca blanca sobre su cabeza. Pero, sin duda, lo que más llamaba la atención de él era la máscara veneciana que portaba. Tapándole gran parte de la cara y dejando entrever apenas sus ojos negros, era este un hermoso ejemplar dorado con piedras plateadas y celestes. Con una sonrisa, el enmascarado le invitó a entrar.
Si hubiera tenido que describir con una sola palabra la majestuosidad de aquel salón, hubiera sido incapaz. Las lámparas de araña, que colgaban del techo y proporcionaban su luz radiante a los festejos de aquella noche, lo hacían incluso más radiante. La música de los violines y demás instrumentos de la orquesta, que ameneizaban la velada, parecía provenir de todas direcciones. Los invitados bailaban al son de esta, reían y charlaban al ritmo que las notas les marcaban, todos ellos con sus glamurosos trajes, con sus pomposas pelucas. Y, por supuesto, todos ellos con sus máscaras. Ella, por su parte, había optado por algo mucho más sencillo y elegante. Un vestido negro de vuelo con los hombros y la espalda al descubierto. En lugar de una de aquellas horrendas pelucas, tenía recogido su largo pelo castaño en un moño sencillo. Y su máscara, también negra, presentaba un hermoso decorado de plumas blancas, haciendo que resaltase esta de una forma especial el gris de sus ojos.
Si hubiera tenido que describir con una sola palabra la majestuosidad de aquel salón, hubiera sido incapaz. Las lámparas de araña, que colgaban del techo y proporcionaban su luz radiante a los festejos de aquella noche, lo hacían incluso más radiante. La música de los violines y demás instrumentos de la orquesta, que ameneizaban la velada, parecía provenir de todas direcciones. Los invitados bailaban al son de esta, reían y charlaban al ritmo que las notas les marcaban, todos ellos con sus glamurosos trajes, con sus pomposas pelucas. Y, por supuesto, todos ellos con sus máscaras. Ella, por su parte, había optado por algo mucho más sencillo y elegante. Un vestido negro de vuelo con los hombros y la espalda al descubierto. En lugar de una de aquellas horrendas pelucas, tenía recogido su largo pelo castaño en un moño sencillo. Y su máscara, también negra, presentaba un hermoso decorado de plumas blancas, haciendo que resaltase esta de una forma especial el gris de sus ojos.
Desorientada y fuera de lugar, paseó entre la gente sin saber muy bien qué hacer. Con un suspiro, se dirigió a uno de los balcones del piso superior en busca de algo de soledad. Tras ella, continuaba resonando la música de los violines y la risa del resto de invitados. Suspiró de nuevo. Aquella inquietud todavía no la había abandonado. No debería de haber ido a esa fiesta, ella no estaba hecha para aquellas cosas. Confiaba en que la máscara pudiera haberle otorgado más confianza, más valor. Pero no había sido así. Bajo aquella máscara, continuaba siendo la misma de siempre.
- ¿Te sientes ajena a esa máscara? -resonó de pronto una voz profunda muy cerca de su oído.
Sobresaltada, se giró y se topó con la figura alta y esbelta de un hombre. Al igual que ella, iba vestido con un traje negro. Su corbata, era del mismo rojo intenso de la sangre que sus ojos, semiocultos por una máscara veneciana plateada con bordados también negros. Tampoco él lucía peluca, y sus rizos color azabache caían de forma desordenada por su frente. En una de sus manos, portaba una rosa negra que le tendía con una gentil sonrisa. Sin saber muy bien cómo, se dejó llevar por su sonrisa y la mano que le ofrecía. Un segundo más tarde, se vio a sí misma en medio del salón, bailando junto a ese desconocido, apretando la rosa contra su pecho. Con aquellas manos alrededor de su cintura, se sintió liviana. Sentía que flotaba, que algo dentro de ella se liberaba. Cerró los ojos y se dejó llevar... Entonces, los volvió a abrir, y se dio cuenta de que seguía bailando en mitad del salón... pero de que aquel hombre ya no estaba con ella.
- ¿A quién estás buscando? -escuchó de nuevo su voz muy cerca de su oído.
Ahogando un grito, descubrió la figura del desconocido tras ella. Este continuaba sonriéndole, pero ahora, sus labios dibujaban una mueca mucho más horrenda, haciendo que un escalofrío recorriese su espalda. Azorada, retrocedió unos pasos y chocó contra una de las parejas que se hallaban en medio de la danza. Se giró hacia ellos para disculparse y cuando se volvió de nuevo, el hombre había vuelto a desaparecer. Por encima de la música y de las risas, podía escuchar los latidos acelerados de su corazón. Las manos le sudaban de nuevo, y aquella que todavía sostenía la rosa, temblaba ahora ligeramente. Otro escalofrío recorrió su espalda al sentir de nuevo su voz en su oído:
- Dime... ¿A quién tienes miedo? -dejó escapar una carcajada que le heló la sangre.
Aterrorizada, se giró una vez más hacia él. Pero allí no había nadie. Es más, ni siquiera se encontraba en el salón. Estaba en una habitación cuyas cuatro paredes, se hallaban tan cerca entre sí, que resultaba claustrofóbico. Sumida en la oscuridad total, daba la sensación de que estuviera en el interior de una caja de la que no pudiera escapar.
- Dime... ¿qué es aquello que ocultas bajo esa máscara? -oyó de nuevo su voz.
Instintivamente, retrocedió. Pero allí no había nadie. Nerviosa, apretó la rosa contra su pecho con fuerza.
- Todos tenemos algo que ocultar... Todos tenemos una máscara bajo la cual nos sentimos más seguros... Dime... ¿cuál es el secreto oscuro que tú ocultas...? -volvió a reír y sus carcajadas resonaron en cada una de las paredes.
Sabía que era inútil, pero ella, continuó retrocediendo, en un intento en vano de alejarse de aquella voz que parecía provenir de ninguna parte pero de todos lados. Entonces, tropezó con una figura. Se giró lentamente y lo vio allí, mostrándole aquella espeluznante sonrisa.
- Todos llevamos una máscara. -volvió a hablar a la vez que llevaba una mano a su máscara veneciana y se la quitaba. Ella dejó en ese instante caer la rosa al suelo- ¿Qué ocultas tú bajo esa máscara?
Quedó paralizada de puro terror. Ante ella, se hallaba un rostro vacío, inexistente. Tan solo aquella espeluznante sonrisa, con las comisuras de los labios manchados de sangre, adornaba aquella superfície espectral.
- ¿Qué ocultas bajo esa máscara? -repitió, acercando una mano a su cara.
Ella gritó y trató de zafarse de él, pero ya era demasiado tarde.
La fiesta, estaba tocando ya a su fin, cuando los invitados comenzaron a sentirse inquietos. Las risas cesaron, e incluso los músicos de la orquesta interrumpieron su melodía. Corrió el rumor de que en una de las habitaciones de la mansión, habían encontrado el cuerpo sin vida de una joven. El terror se apoderó de la multitud cuando la susodicha apareció en el salón, avanzando con paso lento hasta situarse en el centro de este. Su máscara negra, estaba ahora cubierta de sangre, y sonreía de una forma espeluznante.
- Díganme... ¿Qué es lo que ocultan bajo esas máscaras? -dejó escapar una carcajada a la vez que hacía caer a cada uno de los presentes en la más enfermiza locura.
Me encanta el relato, esta muy chulo con lo de las máscaras, ¿pero ya te has cargado a todo el mundo otra vez? De hecho creo que de todo lo que has escrito que he leído en este es en el que mas personas mueran.😂😂
ResponderEliminarJajaja, ¡muchas gracias! ¡Me alegro de que te haya gustado el relato, estoy bastante contenta con el resultado!
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