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domingo, 8 de abril de 2018

Huida

El corazón le latía con fuerza y le costaba respirar. A cada paso que daba, sentía como si millones de agujas se le clavaran en la planta desnuda de los pies. Intentó seguir el ritmo de Miya, que tiraba de ella e iba delante abriendo la marcha a través de los escombros. Sus grandes ojos ámbar lo observaban todo con espanto. El lamento de la guerra le envolvía con una fuerza atroz los oídos. A medida que avanzaban, los sonidos de los disparos se volvían más latentes, los cadáveres se amontonaban en el suelo. Sintió ganas de gritar. 

- ¡Ya falta poco! -le anunció Miya con la respiración entrecortada, sin dejar de correr- ¡Muy pronto estaremos en ca...! 

Pero ella se detuvo, obligándola a hacerlo también. A unos escasos metros de donde ambas se encontraban, una pequeña mano se cerraba en torno a un lirio blanco. El resto del cuerpo, había quedado sepultado para siempre bajo las miserias de la guerra. Las piernas no le sostenían, se derrumbaría de un momento a otro. 

- ¡No te detengas ahora! -la regañó Miya. Sus ojos azules parecían vibrar en mitad de la oscuridad. 
- ¿Cuánto... cuánto tiempo ha pasado? -quiso saber ella con voz temblorosa. 

Miya cerró los ojos y exhaló un profundo suspiro. Cuando los volvió a abrir, le pareció ver que el azul cristalino de estos había adquirido tonos rojizos de forma repentina. 

- Diez años. -dijo ella con la garganta seca. 

Sintió que las palabras la atravesaban de par en par. Diez años. Diez años había pasado llorando en silencio, presa en un sueño eterno teñido de pesadilla. Diez años presa en aquella jaula de cristal mientras fuera se desataba el infierno... 

- ¡Vamos, no debemos deternos ahora! -la apremió tirando de ella de nuevo. Pero era totalmente incapaz de moverse. 
- ¿Cuándo... cuándo empezó...? 

Miya pareció suspirar de nuevo. Si no hubiera sido conocedora de primera mano de su fortaleza de hierro, juraría que una lágrima acababa de resbalar por una de sus pálidas mejillas. 

- El mismo día en el que tú fuiste traicionada y malherida por los humanos en los que tanto confiabas. Ese día en el que tus alas se rompieron y tu libertad fue cruelmente encarcelada, en la Tierra se desató la guerra más cruel que los mortales recuerdan. Y como tú misma has podido comprobar, esta todavía no ha tocado a su fin. 

Instintivamente, ella llevó una mano a su espalda, en busca del ala desgarrada. Al salir del invernadero, Miya le había colocado sobre los hombros su chaqueta para ocultarlas de las miradas ajenas, de modo que las suyas propias habían quedado al descubierto. Pero eso a Miya no parecía importarle. Cuando se la habían arrancado, cuando esta se había roto en millones de pedazos, sintió como si le arrancaran la piel en carne viva, un dolor infinitivamente inmenso. Se preguntó con un nudo en la garganta si Miya habría sentido lo mismo, y con un escalofrío recordó. No, el dolor de Miya tenía que haber sido un millón de veces peor, un millón de veces más ardiente. Porque Miya, recordó, se había visto obligada a sacrificar su libertad, a despedazar con una de sus propias manos su ala desgarrada. Todo por ella, todo para pagar sus estúpidos errores. Sintió que algo dentro de su pecho se encogía hasta morir. Si no hubiese sido tan estúpida, si no hubiese sido tan ingenua... 

- Miya... -le tembló la voz al pronunciar su nombre. En sus ojos dorados se acumulaban de nuevo las lágrimas- Miya, yo...

Sus ojos de azul cristalino se la quedaron mirando alarmados, con un gesto ella le pidió silencio. Todo se sucedió en un instante. Con un rápido movimiento, Miya la agarró y se puso frente a ella en el momento en el que una bala se alzaba sobre los susurros envolventes de la guerra. Un grito de horror escapó al fin de su garganta al ver caer la sangre a borbotones del hombro izquierdo de su protectora. Miya se limitó a mostrar una mueca de dolor. El sonido de unos pasos las puso en alerta de nuevo. De la oscuridad surgió una figura que les sonreía con suficiencia. La marca de una cicatriz en su mejilla izquierda hacía que sus labios se torcieran en una extraña mueca. En sus manos portaba todavía el rifle, aguardando el momento de tener que dispararlo de nuevo. Ella sintió que un rayo la partía en dos, que su corazón daba un vuelco para instantes después volver a ahogar sus latidos dentro de su pecho. Su ala volvió a revolotear inquieta, deseosa de alejarse de allí, de alejarse de él.

- Nathan... -dijo su nombre en un susurro apenas audible, como si el hecho de pronunciarlo estuviera prohibido.
- Vaya, Yuriko. Ya veo que al fin has despertado. -sus ojos verdes la estudiaban con intensidad.

Todavía con aquel gesto de dolor marcando su rostro a causa de la herida del disparo, Miya se giró lentamente hacia él. Sus ojos transparentes brillaban ahora con odio.

- Fuiste tú, ¡¿no es cierto?! ¡Tú le hiciste esto a Yuriko!

Nathan pareció reír ante el rencor y la ira de las palabras de Miya.

- ¿Y qué si así fue? Lo importante ahora es que ha despertado. Y no podrías haberlo hecho en un momento más oportuno. -la sonrisa de Nathan se volvió más amplia si cabe, la cicatriz deformando su rostro- La guerra se encuentra estancada en un momento crucial. -a medida que decía estas palabras, se fue aproximando a ellas. El rifle en sus manos cargado y listo para disparar de nuevo- Y tú eres la clave para que nos alcemos con la victoria, Yuriko. -sin dejar de sonreír, le ofreció una mano.

Sus ojos verdes la tenían hiptonizada una vez más, pero también la tenían aterrorizada. En su mente se repetían una y otra vez aquellos angustiosos minutos que a ella se le antojaron horas. Todo su cuerpo temblaba. Como si de un segundo corazón se tratase, su ala desgarrada comenzó a latir con fuerza, tal vez también recordando esta a su modo aquella tortura infernal. Sus ojos color ámbar se detuvieron en la mano que él le tendía, y las lágrimas resbalaron una vez más por sus mejillas. Hacía diez años, aquella mano había sido una gentil, cálida. Y esta se transformó sin previo aviso en una cruel, amenazante.

- Vamos, Yuriko. -la llamó de nuevo, aproximándose más y provocándole un escalofrío- No me hagas tener que recurrir a los viejos métodos. -advirtió Nathan apuntándola.

Tan solo unos pocos metros los separaban cuando Nathan se apartó bruscamente, maldiciendo algo por lo bajo. Ella descubrió entonces que tenía un rasguño en el lado derecho de la cara. Una herida que sangraba idéntica a su gemela, a la que le había originado ella misma años atrás en el lado izquierdo.

- ¡No te atrevas a tocarla, sucio mortal! -amenazó Miya. En una de sus manos, ella pudo ver un pequeño puñal. Se le encogió el corazón. Esa empuñadura dorada con destellos celestes la reconocería en cualquier parte.
- ¡Miya! -exclamó ahogando un grito- ¡No tenemos permitido cargar nuestras armas contra los humanos!
- ¡Igual que los ángeles no tenemos permitido bajar a la Tierra! -protestó ella sin bajar el arma, con sus ojos azules llameantes de furia.
- ¡Maldito ángel del demonio! -blasfemó Nathan llevando una mano a la herida que le había provocado Miya y que sangraba en abundancia- ¡Pagarás caro esta segunda cicatriz! -inmediatamente después de pronunciar estas palabras, llevó su mano de nuevo al rifle, listo para disparar. Y por el furor que dominaba sus ojos verdes, Yuriko sabía que en esta ocasión no estaba dispuesto a fallar.

Entonces, en casi en un susurro, escuchó la voz de Miya una vez más:

- Corre.
- Pero... no puedo dejarte aquí so... -balbució.
- ¡Corre, maldita sea!- la interrumpió y ahora sí, pudo vislumbrar sus lágrimas- ¡Corre y llega a la frontera! -y tras decir esto, Miya se abalanzó sin piedad alguna y con el puñal en la mano sobre Nathan.

Pese a la herida en el hombro, era ágil y rápida como un gato, y esquivaba los golpes de Nathan con facilidad. Sin embargo, este no tardaría en recuperarse de la sorpresa y en convertirse en un feroz contrincante, incluso para Miya.

Sin saber muy bien lo que hacía, Yuriko comenzó a correr. Sin mirar atrás, pero también sin mirar hacia delante. Tan solo se limitó a correr, a alejarse de allí. El ala latía todavía con fuerza a su espalda y sentía que la cabeza le iba a explotar. Tropezó con cadáveres y escombros de sueños perdidos, esquivo disparos  y ataques de bandos tal vez enemigos. Corrió y corrió sin mirar atrás, hasta que un disparo se alzó por encima de todos los demás. Era de un rifle, estaba segura. Agotada, rota, se dejó caer finalmente en el suelo. Sus rodillas no podían soportar por más tiempo el peso de su cuerpo. Entonces gritó. Gritó y gritó, hasta quedarse ronca, hasta quedarse sin voz. Gritó y dejó caer una vez más sus lágrimas. Si no hubiese sido tan estúpida, si no se hubiese empeñado en querer desobedecer las normas... ahora Miya no... Se le hizo un nudo en el estómago. No se sentía con fuerzas ni para pensarlo. Alzó la vista y sorprendida, se dio cuenta de que había llegado a las proximidades del lago. La frontera. Todavía temblando, se levantó y limpió sus lágrimas. Respiró pronfundamente cerrando los ojos un instante.  Al volver a abrirlos, estos habían adquirido un brillo diferente. Más feroz, más valiente. Con pasos seguros, se aproximó al lago. 

Miya tenía razón. 

Era hora de volver a casa. 

3 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Me encanta la historia. Estoy enganchada. Tienes que escribir el libro. Bravo!

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  3. ¡Muchísimas gracias! ¡Estoy bastante contenta con cómo esta pequeña historia va creciendo! ¡¡Sigue atenta para ver qué les depara a estos peculiares personajes en el futuro!!

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