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lunes, 23 de abril de 2018

Viajero entre líneas

- ¿Todavía sigues molesto? -preguntó con voz suave la mujer, asomándose con cautela a la puerta de su habitación. 

Él no respondió. Sentado en la cama y con los brazos cruzados sobre el pecho, fulminaba a su madre con la mirada. La mujer dejó escapar un suspiro y se adentró finalmente en el cuarto. Encima del escritorio, entre un montón de ropa y de objetos varios, se distinguía un voluminoso libro de tapas duras y encuardenado en piel. Su madre lo cogió, y con una sonrisa, se sentó a su lado en el colchón. 

- Podrías darle una oportunidad. -le pidió ella sin dejar de sonreír. 
- Y tú podrías haberme regalado otra cosa. -refunfuñó él, dándole la espalda. Su madre pareció volvió a suspirar. 
- Intenta aunque sea echarle un vistazo, ¿de acuerdo? -insistió ella, levantándose y dejando el libro sobre la cama. Antes de salir, le acarició con cariño el pelo y le dio un beso en la frente. 

Todavía molesto, miró de reojo el motivo de su enfado. Ese estúpido libro... ¿De todas las opciones posibles, su madre tenía que haberle regalado un libro? ¡Ella sabía perfectamente que no le gustaba leer! Bueno, tampoco perdía nada por intentarlo... ¿verdad?, trató de convencerse a la vez que cogía el voluminoso libro y lo abría por las primeras páginas. 

De veras que lo intentó, pero se vio incapaz de pasar de la primera línea. 

- ¡Esto es un aburrimiento! -protestó, lanzando el libro a un rincón  de la habitación. Este cayó al suelo con un sonoro golpe. 

Entonces algo empezó a cambiar. El libro comenzó a vibrar, y muy pronto la habitación entera parecía temblar, presa de un terremoto. Un fuerte viento salido de ninguna parte, se apoderó asimismo de la estancia, revolviéndole el cabello y pasando a su antojo las hojas del libro. En mitad de aquellos extraños sucesos, un haz de luz cegadora inundó la habitación, obligándole a cerrar los ojos por unos instantes... 

Cuando volvió a abrirlos, no podía creer lo que veía. O más bien, lo que ya no veía, porque ya no se encontraba en su habitación. Estaba en medio de un gran bosque, con árboles tan grandes que apenas se podía distinguir la luz del sol. A su alrededor, se escuchaban los cantos de las aves más hermosas que jamás hubiera conocido. Juraría que entre las flores, también cada cual más bella que la anterior, se distinguían las figuras finas y sofisticadas de pequeños seres que parecían observarlo con curiosidad. Aquello era maravilloso... 

- ¿Viajas solo, joven forastero? -lo sobresaltó de pronto una melodiosa voz a su espalda. 

Tras él, se encontraba una mujer esbelta y en apariencia bastante joven. Ataviada con un vestido color cielo, su larga cabellera dorada caía como una cascada sobre sus hombros. Sus pequeños ojos avellana lo observaban amables. 

- Decidme, muchacho. ¿Acaso nunca habiáis visto un elfo? -sonrió ella divertida ante su reacción al descubrir sus orejas punitagudas. 
- ¡Mi señora! -otra voz, también esta similar a una canción que era arrastrada con el viento, se escuchó a la espalda de la doncella- ¡No deberíais desmontar de vuestro corcel, y mucho menos hablar con forasteros como este! ¡Podría tratarse de un subordinado de vuestros enemigos!

Al momento, se vio con una espada apuntando a su garganta. Tras el arma, había un hombre alto y de tez oscura. El cabello rojizo, le caía de forma desordenada por la frente, tapando a duras penas las cicatrices que cruzaban su rostro, un mero recuerdo de otras batallas. Sus ojos negros lo miraban furiosos, tal vez planteándose si merecería la pena degollarlo. También este presentaba las características orejas de los elfos. 

- ¡No deberíais ser tan desconfiado! ¡Se trata tan solo de un pobre muchacho! -lamentó la mujer, frunciendo ligeramente el ceño. 
- ¡Debo serlo! ¿O acaso debo recordaros que vuestra vida está en juego? -protestó el hombre sin apartar la espada- ¡Y este chico lleva ropas extrañas! ¡Resulta sospechoso! -añadió, echando una mirada despectiva a sus pantalones rotos y a sus viejas zapatillas. 
- ¡Mi señora! -otra voz, en esta ocasión acompañada del relincho de un caballo, se acercó al lugar- ¡Podría ser el elegido de la profecía!

Se trataba de un chico joven, de brillantes ojos ambarinos y pelo enmarañado. Su rostro, estaba asimismo velludo, y sus orejas eran similares a las de un lobo. Su nariz, chata y alargada como un hocico, se arrugaba cuando hablaba, dejando ver unos relucientes colmillos. En una mano, mantenía sujeta la rienda del corcel blanco que pastaba dócilmente, y en la otra... 

- ¿El elegido? ¡Majaderías! -bramó indignado el hombre, apartando por fin la espada de su garganta y volviéndose hacia el recién llegado. 
- ¿El elegido? No puede ser... -repitió asombrada la doncella, observándole ahora con mayor interés. 

Pero él apenas los escuchaba, porque se había quedado absorto mirando lo que el chico llevaba en la otra mano. Reconocería ese voluminoso ejemplar de tapas duras en cualquier parte... 

El bosque entero pareció temblar, y un haz de luz le volvió a obligar a cerrar los ojos por unos efímeros segundos... 

Cuando los volvió a abrir, el escenario había cambiado por completo de nuevo. Se encontraba ahora en un callejón, iluminado a duras penas por una farola que no dejaba de parpadear. La noche era especialmente oscura y hacía frío, por no hablar de la lluvia que caía, dificultándole la visión enormemente. 

Tiritando, se dispuso a salir de allí cuando resbaló y cayó de bruces al suelo. Trató de ponerse en pie cuando lo vio allí, arrancándole un grito. El cadáver, desnudo, estaba abierto enteramente en canal y decapitado. Con una arcada, descubrió la cabeza a pocos metros suyos. En torno al cuerpo, había un enorme charco de sangre, aquel con el que había ido a resbalar momentos antes. Con aprensión, se alzó y retrocedió, alejándose todo lo que pudo de aquella atrocidad. ¿Quién sería capaz de... ?  

Se oyó entonces una sirena y un coche patrulla se detuvo frente al callejón, iluminándolo con sus luces azules. Ambos agentes bajaron del vehículo. Ella era alta, con el pelo moreno corto a media melena y grandes ojos almendrados. Él, más bajo que su compañera y de espaldas anchas, su pelo era casi tan negro como el profundo de  sus ojos. 

- Un varón joven, de entre diecisiete y veinte años, me atrevería a decir. Debe de ser el chico desaparecido. -informó la mujer a la vez que sacaba su móvil y marcaba un número- El otro podría ser un testigo. 
- O su asesino. -apuntó su compañero, acercándose a él con las esposas en la mano. 
- ¡¿Qué?! ¡Yo, no...! ¡Esto es un error! -protestó, gesticulando nervioso con las manos. 
- Ya, eso dicen todos. -rio el agente mientras lo cogía por los hombros con cierta brusquedad y le obligaba a darse la vuelta. 
- Culpable o no, coincido en que deberás acompañarnos a comisaría, chico. -apoyó la mujer, dando por finalizada la llamada y guardando de nuevo el teléfono. 

No hubo terminado de pronunciar estas palabras, cuando la lluvia cesó y las sombras del oscuro callejón comenzaron a cambiar, difuminándose hasta convertirse en lo que adivinó eran las paredes de una sala de interrogatorios. Él mismo estaba allí, sentado frente a los dos agentes, que lo observaban a la espera de que un solo fallo delatase su culpabilidad en el asunto. 

- ¿Conocías a este chico? -le preguntó la mujer sin rodeos, mostrándole la foto de un joven de tez oscura y cabello rizado. A su mente acudió la imagen de la cabeza separada de su cuerpo y reprimió un escalofrío. 
- ¡Pues claro que no! ¡No lo había visto en mi vida! 
- Ya. ¿Y qué hacías entonces en el lugar del crimen solo a estas horas de la noche? -repuso el hombre, mirándolo incrédulo con una ceja alzada mientras se acomodaba en la silla de plástico. 
- Yo... -comenzó, pero de inmediato se detuvo. Un sudor frío comenzó a resbalarle por la frente al percatarse del enorme aprieto en el que se había metido. 

¿Cómo le iba a explicar a los agentes que había sido un libro lo que lo había llevado hasta allí? Tragó saliva. ¿Iba a tener que pasar el resto de su vida en la cárcel por un crimen que no había cometido? ¡Gracias, estúpido libro!

- Lo que suponía. -rió el polícia, recostándose de nuevo en la silla y colocando sus manos en la nuca- Sería mejor que reconocieras de una vez lo que hiciste, chico. Te aseguro que de cara al juicio te sería lo más conveniente. 
- ¡Pero se equivocan...! ¡Yo no...! -lo intentó una vez más, aun teniendo todas las de perder. 
- Tal vez esto te refresque la memoria. -añadió la mujer. 

Supuso que iba a sacar más fotos o cualquier otra prueba recriminatoria relacionada con el asesinato, algo así como el arma del crimen o huellas que hubieran encontrado en el lugar y que coincidieran con las suyas, tal y como había visto en alguna ocasión en películas o series. Pero en cambio, esta dejó sobre la mesa al culpable de que estuviese en aquel aprieto, al libro encuadernado en piel que tanto odiaba. 

La habitación entera pareció temblar, quedándose inundada por una extraña luz... 

Abrió los ojos y se vio sumido en la completa oscuridad de una habitación. Por unos instantes, pensó que todavía se hallaba en la sala de interrogatorios, pero entonces se percató de la cama que había cercana a la puerta y de los juguetes tirados por el suelo. Era la habitación de una niña. Se atrevería a decir, la más espeluznante que había visto nunca. La cama, con dosel, estaba mugrienta y mal cuidada. Por el suelo, se distinguían muñecas a las que les faltaba más de una extremidad o incluso la cabeza, con sus vestidos hechos jirones. Había también una ventana, con sus cortinas desgarradas, que apenas dejaba entrever la luz del sol. 

Con un escalofrío, se dispuso a abandonar la siniestra habitación. El viejo y carcomido suelo de madera crujió bajo sus pasos, poniéndolo más nervioso. La puerta se abrió asimismo con un chirrido, y se le erizaron los pelos de la nuca al escuchar una voz que, casi en un susurro, le decia: 

- No te vayas todavía... Quiero jugar contigo... 

La voz parecía provenir de su espalda. Tragando saliva y con el corazón latiéndole a mil por hora, se giró con lentitud. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para impedir que sus gritos quebrantasen el silencio. En mitad de la habitación, había ahora una niña. Tenía el pelo rubio y en tirabuzones que le caían por el rostro, cubriéndolo casi por completo. Llevaba además un vestido gris hasta las rodillas y entre sus manos, apretaba contra su pecho a una muñeca a la cual le faltaba un ojo y que sonreía de forma aterradora. 

- Juguemos... -dijo ella alzando la vista del suelo y dejando su cara al descubierto. 

En esta ocasión, no fue capaz de evitar que el grito escapara de su garganta. Las cuencas de aquella niña que lo miraba estaban vacías, apenas recorridos por unos ríos de sangre. Y luego estaba esa sonrisa que se extendía por el rostro, similar a la de la propia muñeca que mantenía sujeta. 

- Juguemos... -repitió acercándose a él. 

Sin pensárselo dos veces, salió disparado por la puerta, cerrándola tras de sí. Suspiró aliviado, todavía con el corazón a punto de salírsele del pecho.

- Eres un mal chico... Todavía no puedes marcharte... -escuchó de nuevo aquella voz que le heló la sangre. 

Gritó de nuevo al descubrir la figura de la niña frente a él, a unos escasos metros. Esta había comenzado a alargar su mano en un intento de tocarle el rostro. Desesperado, vio a su izquierda una escalera y se precipitó por ella para huir de aquel monstruo. 

Si la habitación le había parecido espeluznante, el resto de la casa no se quedaba atrás. Aquello parecía el escenario de una película o videojuego de terror. Muebles y papeles tirados por el suelo, cuadros que parecían seguirlo con la mirada, paredes manchadas de sangre... Tenía que salir de allí. 

- ¿Dónde estáaas? -escuchó de nuevo la voz de la niña acompañada de una risa. 

Aparecería de un momento a otro, tenía que darse prisa. 

- Te veooo... -sonó de nuevo su voz. Un instante después, la niña se hallaba tras él. 

En el otro extremo de la habitación descubrió una puerta y sin dudarlo corrió hacia ella. La niña le seguía de cerca, riendo sin parar. 

- Jugemos... juguemos... 

Se agarró al picaporte como si la vida le fuese en ello. Pero, adivina qué. La puerta no abría. ¡¿Por qué siempre tienen que pasar estas cosas en las historias de terror?! Le gustaría hablar con el susodicho que hizo ese estúpido picaporte. 

- Juguemos... -repitió la niña, cada vez más cerca. 

Se giró el tiempo justo para vislumbrar en una de las estanterías una vez más el libro. 

La casa entera se sacudió con violencia, quedando bañada en una extraña luz... 

Abrió los ojos y una vez más, el escenario a su alrededor cambió por completo. Se encontraba en mitad de una calle abarrotada de gente que pasaba a su lado sin apenas percatarse de su presencia. Parecía el centro de una ciudad cualquiera, con sus tiendas y sus reclamos, con sus transeúntes absortos en sus propios problemas sin prestar atención a sus propios pasos. Pero aquel no era el paisaje de ciudad al cual estaba acostumbrado. Por todas partes brillaban luces de neón, anunciando productos y servicios de los más variados en carteles flotantes que se movían de un lado a otro. A cada lado de la acera, se distinguían cientos de edificios de fachada transparente con puertas enormes de cristal. Fue incapaz de distinguir lo qué eran exactamente, porque el letrero que había encima de las puertas cambiaba constantemente. En un segundo, pasaba de ser una cafetería a una tienda de ropa o incluso a una biblioteca. Algunas de las personas con las que se cruzaba, con el simple gesto de teclear en el aire o de mirar su muñeca, hacían aparecer ante ellos una pantalla similar a la de un móvil. Otros en cambio, se detenían frente a alguno de los anuncios flotantes y con un simple gesto, obtenían el producto anunciado en sus manos o desaparecían de su vista para recibir el servicio deseado. Aquello era alucinante. Boquiabierto, no podía dejar de mirar de un lado a otro, perdiéndose en la de cosas tan increíbles que en aquella ciudad había. ¡Por una vez el libro había tenido buen gusto! 

Pero entonces, por encima del barullo de la gente y de su propio estusiasmo, le parecieron oír unos sollozos. Extrañado, y a la vez también intrigado, se decidió a buscar el lugar del que procedía aquel llanto que tanto desentonaba con el ambiente que reinaba en la ciudad. A medida que este se volvió más fuerte, distinguió también otras voces, estas últimas se trataban concretamente de risas. Se vio entonces en una calle más desértica, donde los tablones ambulantes habían desaparecido y los edificios eran más rudimentarios. Estaban allí los dueños de las risas, en torno a la dueña del lamento que se hallaba tirada en el suelo. 

- ¡Vamos, tienes que ser una buena chica! -rió uno de ellos a la vez que rasgaba su falda. 
- ¡Sí, has nacido para servirnos! -añadió otro, tirándole del cuero cabelludo. 
- ¡Ba-Basta! -sollozó ella.

Indignado ante lo que le hacían a la chica, se acercó a ellos dispuesto a darles su merecido. Cuando unos escasos metros lo separaban de los agresores, algo hizo que se quedase helado, incapaz de continuar avanzando. Uno de ellos había agarrado el brazo de la muchacha y lo había arrancado con violencia. Ella gritó de dolor. 

- ¡Joder, ya la has roto! -se burló otro de ellos, riendo cómplice y dándole un codazo a su compañero. 
- Una lástima, habría sido divertido. -dijo otro. 

Entonces dieron media vuelta y se marcharon. Apenas le dirigieron una mirada antes de desaparecer de la calle desierta, donde la chica permanecía aún tirada en el suelo, llorando desconsolada. De forma prudente, se acercó a ella. Iba vestida con una falda a rayas azules y una blusa blanca. Su pelo era plateado y tenía la tez pálida. El brazo amputado permanecía a unos metros de ella. Tanto del extremo de este como de su propio cuerpo, sobresalían unos cables. Aquella chica, no era humana, comprendió de pronto. Era un robot. 

- Ey... ¿estás... estás bien? -se atrevió a decir. 

Ella alzó la cabeza asustada. La mitad de su cara estaba desgarrada, dejando ver el esqueleto metálico que su piel normalmente ocultaba. Tenía dos enormes ojos violetas, de los cuales no paraban de surgir lágrimas. Asustada, ella retrocedió. 

- ¿Qui-Quién eres? -preguntó temblando. 
- Yo... -comenzó, pero no sabía exactamente qué decir. ¿Cómo explicarle a esa chica androide o lo que fuera todo lo que había vivido por culpa de un libro?- Mira, no quiero hacerte daño. He visto lo que te han hecho esos chicos y... solo quiero ayudarte. -dijó finalmente, ofreciéndole una mano para ayudarla a ponerse en pie. 

Ella se quedó mirándolo por unos instantes, por sus ojos violetas parecieron pasar miles de números y ecuaciones matemáticas tan complicadas que adivinó, ni siquiera la ayuda de la mejor calculadora del mundo bastaría para resolverlas. Un resplandor rojizo pareció cruzar sus ojos, y con un esfuerzo, ella movió el brazo que permanecía intacto y aceptó su mano, poniéndose en pie. 

- Debo regresar con padre... Debe repararme de nuevo... -comentó en un hilo de voz, mirando de reojo a su miembro todavía tendido en el suelo. 
- ¿Estás segura de que podrás llegar hasta allí sola? -alegó él al percatarse del temblor que dominaba sus piernas- Puedo acompañarte si quieres. -se ofreció sin pensarlo, recogiendo su brazo del suelo. 

Ella lo miró en silencio, aquellos números pasando velozmente por sus pupilas de nuevo en un destello rojo. Sin responder, dio media vuelta y comenzó a caminar. Él la siguió de cerca, preguntándose por enésima vez aquel día en qué clase de lío se había metido, ayudando a una androide a regresar a su casa. 

Llegaron así a una vieja casa que constaba de una sola planta. Sus tejas destartaladas, constrataban enormemente con los majestuosos y grandes edificios de cristal que había visto, y las pequeñas ventanas, completamente cubiertas, no dejaban vislumbrar ni un ápice del interior. La chica robot se acercó decidida a la puerta, en la cual había una mirilla. Un rayo láser salió de esta, escaneando su ojo izquierdo a conciencia. Un pitido a modo de confirmación sonó e, inmediatamente después, la puerta se abrió de forma automática. Del interior de la vivienda surgió entonces una figura alta y de aspecto cansado, que vestía una bata de laboratorio blanca. El hombre, de cabellos canos y barba de pocos días, se abalanzó sobre el androide como el padre que abraza a sus hijos después de una larga e interminable jornada de trabajo.

- Padre... -murmuró la chica, las lágrimas todavía resbalando por sus pálidas mejillas. 
- Vaya, te ha pasado otra vez, ¿verdad? -suspiró el hombre. Con una mano le acariciaba de forma cariñosa el pelo mientras con la otra, pasaba los dedos de forma delicada por los cables que sobresalían de su torso- ¿Y este chico? -añadió dirigiéndose a él, que sujetaba el brazo arrancado
- Él me ayudó, padre. -dijo ella. 
- ¿Es eso cierto? -inquirió el hombre. Él se apresuró a asentir y a tenderle el brazo, que de inmediato cogió con delicadeza y se dispuso a examinar- Curioso. Eres humano, ¿verdad chico?
- ¡Por supuesto que lo soy! ¡¿Quién se ha creído que es?! -protestó molesto ante su insinuación. 
- Perdona si te he ofendido, pero a estas alturas, no me habría extrañado si hubiera sido un robot el que la hubiera ayudado. Hace ya mucho que los humanos comenzaron a discriminar a sus iguales por el simple hecho de presentar cables y no huesos. 
- Pero... si la ciudad debe de estar llena de ellos... -objetó, recordando la cantidad de avances tecnológicos que había presenciado. 
- En efecto. -suspiró el hombre, terriblemente cansado- Pero al parecer, se sienten amenazados ante la presencia de androides humanos, capaces de sentir como ellos mismos. Siempre los han considerado como unos meros esclavos, y el hecho de que en el campo del corazón puedan llevarles ventaja no les agrada en absoluto. 

Él miró por el rabillo del ojo a la chica una vez más. Las lágrimas todavía resbalaban por sus mejillas y parecía realmente asustada. Sus piernas asimismo temblaban. Si no fuera por el brazo y el esqueleto metálico que se distinguía en la mitad de su rostro, nunca habría adivinado que se trataba de un robot. Realmente parecía una chica humana... Se le encogió el corazón al pensar en su sufrimiento, en cuántas veces habría tenido que soportar aquellos abusos por parte de los humanos por el simple hecho de estar hecha de circuitos y cables. 

- ¿Podrá arreglarla? -se interesó él. 
- Descuida chico, lo he hecho mil veces. Un brazo arrancado es de lo mejor que le ha pasado a esta pobre muchacha. -rió el hombre con desgana, dirigiéndose al interior del hogar. 

Regresó tiempo después, con el brazo de la joven androide sujetó en una mano, y con el voluminoso libro de tapas duras en la otra. 

- Todo está aquí, no hay nada que no pueda reparar... 

Pero él apenas le escuchaba. Su voz se volvió muy lejana, hasta convertirse en un murmullo casi inaudible. El suelo tembló bajo sus pies y un haz de luz lo cegó durante unos instantes... 

Se despertó sobresaltado. ¿Dónde estaba ahora? Aquella habitación, le era familiar... Sorprendido, se dio cuenta de que era su propia habitación. ¿Había regresado? Estaba tumbado en la cama, y junto a él... El libro permanecía abierto, a la espera de que se sumergiera en la lectura. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Y los elfos, el cádaver, la niña, la androide...? Debió de haberse quedado dormido cuando había comenzado a leer aquel libro, había sido un sueño bastante extraño... Confuso, se acomodó en el colchón y hojeó sus páginas. Entonces comprendió. Todos y cada uno de ellos estaban allí, todas sus historias permanecían inmortales entre las líneas de aquel libro. Entusiasmado, se dejó llevar, por fin, por las palabras. 

Y regresó de nuevo al bosque, persiguió incansable al asesino, huyó con el corazón desbocado de la niña y sufrió ante la discriminación de la chica robot. 

Se dejó al fin atrapar por la magia de los libros, convirtiéndose en un viajero entre líneas y palabras. 

miércoles, 11 de abril de 2018

Máscara

Fuera de la mansión, el viento era gélido y tan solo el canto de los grillos rompía en un murmullo el silencio de la noche. Nerviosa, atravesó el patio de la entrada, haciendo resonar sus pasos inquietos en la gravilla. A pesar del frío, las manos le sudaban. Se sentía inquieta.

No necesitó llamar a la puerta. En el mismo momento en el que alzaba su puño, las enormes puertas de roble se abrieron, dando paso a las luces cegadoras de la fiesta que se hallaba en su interior. Ante ella, había una figura ataviada con un traje verde parduzco y una corbata anaranjada a juego. Llevaba, además, una estrafalaria peluca blanca sobre su cabeza. Pero, sin duda, lo que más llamaba la atención de él era la máscara veneciana que portaba. Tapándole gran parte de la cara y dejando entrever apenas sus ojos negros, era este un hermoso ejemplar dorado con piedras plateadas y celestes. Con una sonrisa, el enmascarado le invitó a entrar. 

Si hubiera tenido que describir con una sola palabra la majestuosidad de aquel salón, hubiera sido incapaz. Las lámparas de araña, que colgaban del techo y proporcionaban su luz radiante a  los festejos de aquella noche, lo hacían incluso más radiante. La música de los violines y demás instrumentos de la orquesta, que ameneizaban la velada, parecía provenir de todas direcciones. Los invitados bailaban al son de esta, reían y charlaban al ritmo que las notas les marcaban, todos ellos con sus glamurosos trajes, con sus pomposas pelucas. Y, por supuesto, todos ellos con sus máscaras. Ella, por su parte, había optado por algo mucho más sencillo y elegante. Un vestido negro de vuelo con los hombros y la espalda al descubierto. En lugar de una de aquellas horrendas pelucas, tenía recogido su largo pelo castaño en un moño sencillo. Y su máscara, también negra, presentaba un hermoso decorado de plumas blancas, haciendo que resaltase esta de una forma especial el gris de sus ojos. 

Desorientada y fuera de lugar, paseó entre la gente sin saber muy bien qué hacer. Con un suspiro, se dirigió a uno de los balcones del piso superior en busca de algo de soledad. Tras ella, continuaba resonando la música de los violines y la risa del resto de invitados. Suspiró de nuevo. Aquella inquietud todavía no la había abandonado. No debería de haber ido a esa fiesta, ella no estaba hecha para aquellas cosas. Confiaba en que la máscara pudiera haberle otorgado más confianza, más valor. Pero no había sido así. Bajo aquella máscara, continuaba siendo la misma de siempre. 

- ¿Te sientes ajena a esa máscara? -resonó de pronto una voz profunda muy cerca de su oído. 

Sobresaltada, se giró y se topó con la figura alta y esbelta de un hombre. Al igual que ella, iba vestido con un traje negro. Su corbata, era del mismo rojo intenso de la sangre que sus ojos, semiocultos por una máscara veneciana plateada con bordados también negros. Tampoco él lucía peluca, y sus rizos color azabache caían de forma desordenada por su frente. En una de sus manos, portaba una rosa negra que le tendía con una gentil sonrisa. Sin saber muy bien cómo, se dejó llevar por su sonrisa y la mano que le ofrecía. Un segundo más tarde, se vio a sí misma en medio del salón, bailando junto a ese desconocido, apretando la rosa contra su pecho. Con aquellas manos alrededor de su cintura, se sintió liviana. Sentía que flotaba, que algo dentro de ella se liberaba. Cerró los ojos y se dejó llevar... Entonces, los volvió a abrir, y se dio cuenta de que seguía bailando en mitad del salón... pero de que aquel hombre ya no estaba con ella. 

- ¿A quién estás buscando? -escuchó de nuevo su voz muy cerca de su oído. 

Ahogando un grito, descubrió la figura del desconocido tras ella. Este continuaba sonriéndole, pero ahora, sus labios dibujaban una mueca mucho más horrenda, haciendo que un escalofrío recorriese su espalda. Azorada, retrocedió unos pasos y chocó contra una de las parejas que se hallaban en medio de la danza. Se giró hacia ellos para disculparse y cuando se volvió de nuevo, el hombre había vuelto a desaparecer. Por encima de la música y de las risas, podía escuchar los latidos acelerados de su corazón. Las manos le sudaban de nuevo, y aquella que todavía sostenía la rosa, temblaba ahora ligeramente. Otro escalofrío recorrió su espalda al sentir de nuevo su voz en su oído: 

- Dime... ¿A quién tienes miedo? -dejó escapar una carcajada que le heló la sangre. 

Aterrorizada, se giró una vez más hacia él. Pero allí no había nadie. Es más, ni siquiera se encontraba en el salón. Estaba en una habitación cuyas cuatro paredes, se hallaban tan cerca entre sí, que resultaba claustrofóbico. Sumida en la oscuridad total, daba la sensación de que estuviera en el interior de una caja de la que no pudiera escapar. 

- Dime... ¿qué es aquello que ocultas bajo esa máscara? -oyó de nuevo su voz.

Instintivamente, retrocedió. Pero allí no había nadie. Nerviosa, apretó la rosa contra su pecho con fuerza. 

- Todos tenemos algo que ocultar... Todos tenemos una máscara bajo la cual nos sentimos más seguros... Dime... ¿cuál es el secreto oscuro que tú ocultas...? -volvió a reír y sus carcajadas resonaron en cada una de las paredes. 

Sabía que era inútil, pero ella, continuó retrocediendo, en un intento en vano de alejarse de aquella voz que parecía provenir de ninguna parte pero de todos lados. Entonces, tropezó con una figura. Se giró lentamente y lo vio allí, mostrándole aquella espeluznante sonrisa. 

- Todos llevamos una máscara. -volvió a hablar a la vez que llevaba una mano a su máscara veneciana y se la quitaba. Ella dejó en ese instante caer la rosa al suelo- ¿Qué ocultas tú bajo esa máscara? 

Quedó paralizada de puro terror. Ante ella, se hallaba un rostro vacío, inexistente. Tan solo aquella espeluznante sonrisa, con las comisuras de los labios manchados de sangre, adornaba aquella superfície espectral. 

- ¿Qué ocultas bajo esa máscara? -repitió, acercando una mano a su cara. 

Ella gritó y trató de zafarse de él, pero ya era demasiado tarde. 

La fiesta, estaba tocando ya a su fin, cuando los invitados comenzaron a sentirse inquietos. Las risas cesaron, e incluso los músicos de la orquesta interrumpieron su melodía. Corrió el rumor de que en una de las habitaciones de la mansión, habían encontrado el cuerpo sin vida de una joven. El terror se apoderó de la multitud cuando la susodicha apareció en el salón, avanzando con paso lento hasta situarse en el centro de este. Su máscara negra, estaba ahora cubierta de sangre, y sonreía de una forma espeluznante. 

- Díganme... ¿Qué es lo que ocultan bajo esas máscaras? -dejó escapar una carcajada a la vez que hacía caer a cada uno de los presentes en la más enfermiza locura. 

domingo, 8 de abril de 2018

Huida

El corazón le latía con fuerza y le costaba respirar. A cada paso que daba, sentía como si millones de agujas se le clavaran en la planta desnuda de los pies. Intentó seguir el ritmo de Miya, que tiraba de ella e iba delante abriendo la marcha a través de los escombros. Sus grandes ojos ámbar lo observaban todo con espanto. El lamento de la guerra le envolvía con una fuerza atroz los oídos. A medida que avanzaban, los sonidos de los disparos se volvían más latentes, los cadáveres se amontonaban en el suelo. Sintió ganas de gritar. 

- ¡Ya falta poco! -le anunció Miya con la respiración entrecortada, sin dejar de correr- ¡Muy pronto estaremos en ca...! 

Pero ella se detuvo, obligándola a hacerlo también. A unos escasos metros de donde ambas se encontraban, una pequeña mano se cerraba en torno a un lirio blanco. El resto del cuerpo, había quedado sepultado para siempre bajo las miserias de la guerra. Las piernas no le sostenían, se derrumbaría de un momento a otro. 

- ¡No te detengas ahora! -la regañó Miya. Sus ojos azules parecían vibrar en mitad de la oscuridad. 
- ¿Cuánto... cuánto tiempo ha pasado? -quiso saber ella con voz temblorosa. 

Miya cerró los ojos y exhaló un profundo suspiro. Cuando los volvió a abrir, le pareció ver que el azul cristalino de estos había adquirido tonos rojizos de forma repentina. 

- Diez años. -dijo ella con la garganta seca. 

Sintió que las palabras la atravesaban de par en par. Diez años. Diez años había pasado llorando en silencio, presa en un sueño eterno teñido de pesadilla. Diez años presa en aquella jaula de cristal mientras fuera se desataba el infierno... 

- ¡Vamos, no debemos deternos ahora! -la apremió tirando de ella de nuevo. Pero era totalmente incapaz de moverse. 
- ¿Cuándo... cuándo empezó...? 

Miya pareció suspirar de nuevo. Si no hubiera sido conocedora de primera mano de su fortaleza de hierro, juraría que una lágrima acababa de resbalar por una de sus pálidas mejillas. 

- El mismo día en el que tú fuiste traicionada y malherida por los humanos en los que tanto confiabas. Ese día en el que tus alas se rompieron y tu libertad fue cruelmente encarcelada, en la Tierra se desató la guerra más cruel que los mortales recuerdan. Y como tú misma has podido comprobar, esta todavía no ha tocado a su fin. 

Instintivamente, ella llevó una mano a su espalda, en busca del ala desgarrada. Al salir del invernadero, Miya le había colocado sobre los hombros su chaqueta para ocultarlas de las miradas ajenas, de modo que las suyas propias habían quedado al descubierto. Pero eso a Miya no parecía importarle. Cuando se la habían arrancado, cuando esta se había roto en millones de pedazos, sintió como si le arrancaran la piel en carne viva, un dolor infinitivamente inmenso. Se preguntó con un nudo en la garganta si Miya habría sentido lo mismo, y con un escalofrío recordó. No, el dolor de Miya tenía que haber sido un millón de veces peor, un millón de veces más ardiente. Porque Miya, recordó, se había visto obligada a sacrificar su libertad, a despedazar con una de sus propias manos su ala desgarrada. Todo por ella, todo para pagar sus estúpidos errores. Sintió que algo dentro de su pecho se encogía hasta morir. Si no hubiese sido tan estúpida, si no hubiese sido tan ingenua... 

- Miya... -le tembló la voz al pronunciar su nombre. En sus ojos dorados se acumulaban de nuevo las lágrimas- Miya, yo...

Sus ojos de azul cristalino se la quedaron mirando alarmados, con un gesto ella le pidió silencio. Todo se sucedió en un instante. Con un rápido movimiento, Miya la agarró y se puso frente a ella en el momento en el que una bala se alzaba sobre los susurros envolventes de la guerra. Un grito de horror escapó al fin de su garganta al ver caer la sangre a borbotones del hombro izquierdo de su protectora. Miya se limitó a mostrar una mueca de dolor. El sonido de unos pasos las puso en alerta de nuevo. De la oscuridad surgió una figura que les sonreía con suficiencia. La marca de una cicatriz en su mejilla izquierda hacía que sus labios se torcieran en una extraña mueca. En sus manos portaba todavía el rifle, aguardando el momento de tener que dispararlo de nuevo. Ella sintió que un rayo la partía en dos, que su corazón daba un vuelco para instantes después volver a ahogar sus latidos dentro de su pecho. Su ala volvió a revolotear inquieta, deseosa de alejarse de allí, de alejarse de él.

- Nathan... -dijo su nombre en un susurro apenas audible, como si el hecho de pronunciarlo estuviera prohibido.
- Vaya, Yuriko. Ya veo que al fin has despertado. -sus ojos verdes la estudiaban con intensidad.

Todavía con aquel gesto de dolor marcando su rostro a causa de la herida del disparo, Miya se giró lentamente hacia él. Sus ojos transparentes brillaban ahora con odio.

- Fuiste tú, ¡¿no es cierto?! ¡Tú le hiciste esto a Yuriko!

Nathan pareció reír ante el rencor y la ira de las palabras de Miya.

- ¿Y qué si así fue? Lo importante ahora es que ha despertado. Y no podrías haberlo hecho en un momento más oportuno. -la sonrisa de Nathan se volvió más amplia si cabe, la cicatriz deformando su rostro- La guerra se encuentra estancada en un momento crucial. -a medida que decía estas palabras, se fue aproximando a ellas. El rifle en sus manos cargado y listo para disparar de nuevo- Y tú eres la clave para que nos alcemos con la victoria, Yuriko. -sin dejar de sonreír, le ofreció una mano.

Sus ojos verdes la tenían hiptonizada una vez más, pero también la tenían aterrorizada. En su mente se repetían una y otra vez aquellos angustiosos minutos que a ella se le antojaron horas. Todo su cuerpo temblaba. Como si de un segundo corazón se tratase, su ala desgarrada comenzó a latir con fuerza, tal vez también recordando esta a su modo aquella tortura infernal. Sus ojos color ámbar se detuvieron en la mano que él le tendía, y las lágrimas resbalaron una vez más por sus mejillas. Hacía diez años, aquella mano había sido una gentil, cálida. Y esta se transformó sin previo aviso en una cruel, amenazante.

- Vamos, Yuriko. -la llamó de nuevo, aproximándose más y provocándole un escalofrío- No me hagas tener que recurrir a los viejos métodos. -advirtió Nathan apuntándola.

Tan solo unos pocos metros los separaban cuando Nathan se apartó bruscamente, maldiciendo algo por lo bajo. Ella descubrió entonces que tenía un rasguño en el lado derecho de la cara. Una herida que sangraba idéntica a su gemela, a la que le había originado ella misma años atrás en el lado izquierdo.

- ¡No te atrevas a tocarla, sucio mortal! -amenazó Miya. En una de sus manos, ella pudo ver un pequeño puñal. Se le encogió el corazón. Esa empuñadura dorada con destellos celestes la reconocería en cualquier parte.
- ¡Miya! -exclamó ahogando un grito- ¡No tenemos permitido cargar nuestras armas contra los humanos!
- ¡Igual que los ángeles no tenemos permitido bajar a la Tierra! -protestó ella sin bajar el arma, con sus ojos azules llameantes de furia.
- ¡Maldito ángel del demonio! -blasfemó Nathan llevando una mano a la herida que le había provocado Miya y que sangraba en abundancia- ¡Pagarás caro esta segunda cicatriz! -inmediatamente después de pronunciar estas palabras, llevó su mano de nuevo al rifle, listo para disparar. Y por el furor que dominaba sus ojos verdes, Yuriko sabía que en esta ocasión no estaba dispuesto a fallar.

Entonces, en casi en un susurro, escuchó la voz de Miya una vez más:

- Corre.
- Pero... no puedo dejarte aquí so... -balbució.
- ¡Corre, maldita sea!- la interrumpió y ahora sí, pudo vislumbrar sus lágrimas- ¡Corre y llega a la frontera! -y tras decir esto, Miya se abalanzó sin piedad alguna y con el puñal en la mano sobre Nathan.

Pese a la herida en el hombro, era ágil y rápida como un gato, y esquivaba los golpes de Nathan con facilidad. Sin embargo, este no tardaría en recuperarse de la sorpresa y en convertirse en un feroz contrincante, incluso para Miya.

Sin saber muy bien lo que hacía, Yuriko comenzó a correr. Sin mirar atrás, pero también sin mirar hacia delante. Tan solo se limitó a correr, a alejarse de allí. El ala latía todavía con fuerza a su espalda y sentía que la cabeza le iba a explotar. Tropezó con cadáveres y escombros de sueños perdidos, esquivo disparos  y ataques de bandos tal vez enemigos. Corrió y corrió sin mirar atrás, hasta que un disparo se alzó por encima de todos los demás. Era de un rifle, estaba segura. Agotada, rota, se dejó caer finalmente en el suelo. Sus rodillas no podían soportar por más tiempo el peso de su cuerpo. Entonces gritó. Gritó y gritó, hasta quedarse ronca, hasta quedarse sin voz. Gritó y dejó caer una vez más sus lágrimas. Si no hubiese sido tan estúpida, si no se hubiese empeñado en querer desobedecer las normas... ahora Miya no... Se le hizo un nudo en el estómago. No se sentía con fuerzas ni para pensarlo. Alzó la vista y sorprendida, se dio cuenta de que había llegado a las proximidades del lago. La frontera. Todavía temblando, se levantó y limpió sus lágrimas. Respiró pronfundamente cerrando los ojos un instante.  Al volver a abrirlos, estos habían adquirido un brillo diferente. Más feroz, más valiente. Con pasos seguros, se aproximó al lago. 

Miya tenía razón. 

Era hora de volver a casa. 

jueves, 5 de abril de 2018

Tormenta

Se alzaba el velero en mitad de la ventisca, desafiando a la tormenta, desafiando a la mar. En su interior, la tripulación luchaba de forma desesperada contra las nubes color ceniza que cubrían el cielo, trayendo consigo los peores pronósticos. 

- ¡No conseguiremos llegar a la costa a tiempo! -se alzó una voz por encima de la furia de la tempestad- ¡Nos hundiremos antes de eso!
- ¡Tonterías! -reprochó él- ¡Puede que tú no te veas capaz, pero yo pienso llevar este barco intacto a tierra firme! 
- ¡¿Qué?! ¡¿Estás loco?! -habló de nuevo la primera voz. El rugido de un trueno selló sus palabras, a la vez que comenzaba a mirarlo con horror- ¡Morirás antes de que siquiera puedas divisar el puerto! 

Otro trueno resonó con furia, haciéndoles enmudecer por unos instantes. A su alrededor, el cielo y el mar parecían haberse aliado en la batalla, hasta tal punto en el que resultaba imposible distinguir el agua que se alzaba sobre ellos y la que se precipitaba con ira desde las nubes. 

- ¡Si vamos a morir de todas formas... -volvió a alzar la voz él en mitad del ojo de la tormenta- ...prefiero hacerlo luchando! 
- ¡No te hagas ahora el héroe! -le recriminó el otro- ¡Para empezar, todo esto es culpa tuya! -otro rugido del cielo los sobresaltó. El velero se balanceaba a merced del vals que marcaba el oleaje- ¡Te dije que no deberíamos habernos arriesgado, que no estábamos preparados!
- ¡Tú también tienes tu parte de culpa en todo esto! -protestó él- ¡¿O acaso has hecho algo para tratar de que este barco salga a flote?! ¡No! ¡Soy yo el que siempre tiene que hacer el trabajo sucio!

Muy pronto, sus gritos resonaron por encima de los de la propia tempestad, que había tomado ya para ellos mismos un plano secundario. 

- ¡Tú...! -lo atacó de nuevo la primera voz- ¡Tú hiciste...! 

Sin embargo, su reproche jamás tendría ocasión de ser escuchado por su compañero, porque en ese mismo momento una enorme ola cayó súbitamente sobre ellos. El otro observó espantado cómo las aguas arrastraban  a su camarada a las profundidades más remotas del océano. Presa del horror, se las arregló para asomarse por uno de los laterales de la embarcación y clavó su mirada en las aguas turbulentas. Descubrió allí a su amigo, que se hundía a gran velocidad debido a la acción de otras figuras de las cuales solo pudo distinguir sus brazos transparentes y fantasmales. Sin pensárselo dos veces, se dispuso a saltar para acudir a su rescate, pero en el mismo instante en el que se alzaba en el aire unas manos lo rodearon por la cintura y lo empujaron bruscamente hacia atrás. Quiso gritar, pero no pudo. De la nada, habían surgido otras manos que le tapaban la boca, impidiéndole hacerlo. La lluvia seguía cayendo con insistencia y las olas se alzaban amenazantes sobre él. El pequeño velero no aguantaría mucho más. Desesperado, trató de liberarse de aquellas manos, pero con ello tan solo consiguió que lo sujetaran con más fuerza. Un sudor frío comenzó a resbalar por su frente al sentir una voz silbante que le susurraba en el oído: 

-No te molestes... Tu amigo ya debe de estar muerto... -hizo una pausa tras la cual volvió a hablar, resultándole más aterradora si aquello era posible- Y muy pronto, tú también lo estarás. 

En ese mismo momento, aquellas manos lo soltaron de nuevo de forma brusca. Sin poder evitarlo, perdió el equilibrio y cayó al agua. Daba igual las veces que tratase de nadar y de salir a la superficie. Aquellas figuras fantasmales lo empujaban hacia abajo, hacia las profundidades. Antes de perder del  todo el conocimiento, todavía pudo oír el bramido de las olas, el rugido de los truenos, la ira de la tormenta... 

Entonces despertó desorientado. Estaba recostado en una tumbona. Frente a él, el cielo azul brillante se reflejaba en un mar en calma. Incrédulo, observaba cómo las olas que momentos antes lo habían golpeado con violencia ahora jugueteaban mansas con los dedos de sus pies en la arena. ¿Cómo...? 

- ¡Ey, tío! -una voz conocida lo sobresaltó. 

Ante él apareció un joven con los cabellos revueltos y húmedos. Llevaba un bañador naranja y un balón de playa entre las manos. Con una sonrisa cómplice, este le pasó el balón que, estando él demasiado abstraído como para actuar a tiempo, rebotó en su cara y cayó sobre la arena. La sonrisa del otro chico desapareció y se le quedó mirando con gesto preocupado. 

- ¿Estás bien? Tienes mala cara... 

Pero él apenas lo escuchaba. No podía dejar de mirarlo consternado, incrédulo. 

- Tú... ¡Tú! ¡No puede ser! ¡Tú estabas... y la tormenta... y el barco...! ¡El barco! ¡¿Dónde está el barco?! -chilló desesperado, mirando a su alrededor en busca del velero maldito. 
- Tranquilízate. -le pidió el otro con calma- Si te refieres al velero, está donde siempre. Amarrado en el puerto. 
- ¡Pero no puede ser! -repetía con insistencia- ¡Zarpamos y la tormenta...! ¡Tú te ahogaste! ¡Lo vi con mis propios ojos! ¡Y luego yo...! 

La risotada de su amigo lo hizo estremecerse. Aquella risa le recordaba a la voz silbante que lo había arrojado sin piedad al corazón de la tormenta. 

- ¿Qué demonios has soñado? ¿Una tormenta? ¡Hace días que brilla el sol y no se aprecia ni una sola nube en el cielo! 
- Pero... el barco... 
- El barco está y siempre ha estado en el puerto. ¿Desde cuándo tienes tanto interés en navegar? Pensé que preferías quedarte tumbado en la orilla todo el día... como ahora. -añadió echando una mirada burlona a la tumbona, donde seguía recostado- ¡Vamos, te echo una carrera al agua! -le dio un golpe amistoso en el hombro antes de adentrarse corriendo en las aguas cristalinas. 

Todavía algo desorientado, se levantó con cierta dificultad y se acercó con pasos torpes al lugar que limitaba la orilla segura con el mar imprevisible, pero ahora aparentemente en calma. ¿Había sido todo realmente un sueño...? Con un escalofrío, metió los pies en el agua y fijó su vista en el fondo marino. Lo que allí vio, lo hizo palidecer y encogerse de puro terror. Entre las tranquilas olas, se distinguían las figuras fantasmales que momentos atrás lo habían arrastrado hasta la fosa más oscura y profunda del océano. Su corazón se detuvo al sentir aquella voz silbante sonar de nuevo muy cerca de su oído

- Así que... creías que te habías librado de la muerte, ¿eh? -adornó sus palabras con una carcajada que le heló la sangre por completo.