- ¿Todavía sigues molesto? -preguntó con voz suave la mujer, asomándose con cautela a la puerta de su habitación.
Él no respondió. Sentado en la cama y con los brazos cruzados sobre el pecho, fulminaba a su madre con la mirada. La mujer dejó escapar un suspiro y se adentró finalmente en el cuarto. Encima del escritorio, entre un montón de ropa y de objetos varios, se distinguía un voluminoso libro de tapas duras y encuardenado en piel. Su madre lo cogió, y con una sonrisa, se sentó a su lado en el colchón.
- Podrías darle una oportunidad. -le pidió ella sin dejar de sonreír.
- Y tú podrías haberme regalado otra cosa. -refunfuñó él, dándole la espalda. Su madre pareció volvió a suspirar.
- Intenta aunque sea echarle un vistazo, ¿de acuerdo? -insistió ella, levantándose y dejando el libro sobre la cama. Antes de salir, le acarició con cariño el pelo y le dio un beso en la frente.
Todavía molesto, miró de reojo el motivo de su enfado. Ese estúpido libro... ¿De todas las opciones posibles, su madre tenía que haberle regalado un libro? ¡Ella sabía perfectamente que no le gustaba leer! Bueno, tampoco perdía nada por intentarlo... ¿verdad?, trató de convencerse a la vez que cogía el voluminoso libro y lo abría por las primeras páginas.
De veras que lo intentó, pero se vio incapaz de pasar de la primera línea.
- ¡Esto es un aburrimiento! -protestó, lanzando el libro a un rincón de la habitación. Este cayó al suelo con un sonoro golpe.
Entonces algo empezó a cambiar. El libro comenzó a vibrar, y muy pronto la habitación entera parecía temblar, presa de un terremoto. Un fuerte viento salido de ninguna parte, se apoderó asimismo de la estancia, revolviéndole el cabello y pasando a su antojo las hojas del libro. En mitad de aquellos extraños sucesos, un haz de luz cegadora inundó la habitación, obligándole a cerrar los ojos por unos instantes...
Cuando volvió a abrirlos, no podía creer lo que veía. O más bien, lo que ya no veía, porque ya no se encontraba en su habitación. Estaba en medio de un gran bosque, con árboles tan grandes que apenas se podía distinguir la luz del sol. A su alrededor, se escuchaban los cantos de las aves más hermosas que jamás hubiera conocido. Juraría que entre las flores, también cada cual más bella que la anterior, se distinguían las figuras finas y sofisticadas de pequeños seres que parecían observarlo con curiosidad. Aquello era maravilloso...
- ¿Viajas solo, joven forastero? -lo sobresaltó de pronto una melodiosa voz a su espalda.
Tras él, se encontraba una mujer esbelta y en apariencia bastante joven. Ataviada con un vestido color cielo, su larga cabellera dorada caía como una cascada sobre sus hombros. Sus pequeños ojos avellana lo observaban amables.
- Decidme, muchacho. ¿Acaso nunca habiáis visto un elfo? -sonrió ella divertida ante su reacción al descubrir sus orejas punitagudas.
- ¡Mi señora! -otra voz, también esta similar a una canción que era arrastrada con el viento, se escuchó a la espalda de la doncella- ¡No deberíais desmontar de vuestro corcel, y mucho menos hablar con forasteros como este! ¡Podría tratarse de un subordinado de vuestros enemigos!
Al momento, se vio con una espada apuntando a su garganta. Tras el arma, había un hombre alto y de tez oscura. El cabello rojizo, le caía de forma desordenada por la frente, tapando a duras penas las cicatrices que cruzaban su rostro, un mero recuerdo de otras batallas. Sus ojos negros lo miraban furiosos, tal vez planteándose si merecería la pena degollarlo. También este presentaba las características orejas de los elfos.
- ¡No deberíais ser tan desconfiado! ¡Se trata tan solo de un pobre muchacho! -lamentó la mujer, frunciendo ligeramente el ceño.
- ¡Debo serlo! ¿O acaso debo recordaros que vuestra vida está en juego? -protestó el hombre sin apartar la espada- ¡Y este chico lleva ropas extrañas! ¡Resulta sospechoso! -añadió, echando una mirada despectiva a sus pantalones rotos y a sus viejas zapatillas.
- ¡Mi señora! -otra voz, en esta ocasión acompañada del relincho de un caballo, se acercó al lugar- ¡Podría ser el elegido de la profecía!
Se trataba de un chico joven, de brillantes ojos ambarinos y pelo enmarañado. Su rostro, estaba asimismo velludo, y sus orejas eran similares a las de un lobo. Su nariz, chata y alargada como un hocico, se arrugaba cuando hablaba, dejando ver unos relucientes colmillos. En una mano, mantenía sujeta la rienda del corcel blanco que pastaba dócilmente, y en la otra...
- ¿El elegido? ¡Majaderías! -bramó indignado el hombre, apartando por fin la espada de su garganta y volviéndose hacia el recién llegado.
- ¿El elegido? No puede ser... -repitió asombrada la doncella, observándole ahora con mayor interés.
Pero él apenas los escuchaba, porque se había quedado absorto mirando lo que el chico llevaba en la otra mano. Reconocería ese voluminoso ejemplar de tapas duras en cualquier parte...
El bosque entero pareció temblar, y un haz de luz le volvió a obligar a cerrar los ojos por unos efímeros segundos...
Cuando los volvió a abrir, el escenario había cambiado por completo de nuevo. Se encontraba ahora en un callejón, iluminado a duras penas por una farola que no dejaba de parpadear. La noche era especialmente oscura y hacía frío, por no hablar de la lluvia que caía, dificultándole la visión enormemente.
Tiritando, se dispuso a salir de allí cuando resbaló y cayó de bruces al suelo. Trató de ponerse en pie cuando lo vio allí, arrancándole un grito. El cadáver, desnudo, estaba abierto enteramente en canal y decapitado. Con una arcada, descubrió la cabeza a pocos metros suyos. En torno al cuerpo, había un enorme charco de sangre, aquel con el que había ido a resbalar momentos antes. Con aprensión, se alzó y retrocedió, alejándose todo lo que pudo de aquella atrocidad. ¿Quién sería capaz de... ?
Se oyó entonces una sirena y un coche patrulla se detuvo frente al callejón, iluminándolo con sus luces azules. Ambos agentes bajaron del vehículo. Ella era alta, con el pelo moreno corto a media melena y grandes ojos almendrados. Él, más bajo que su compañera y de espaldas anchas, su pelo era casi tan negro como el profundo de sus ojos.
- Un varón joven, de entre diecisiete y veinte años, me atrevería a decir. Debe de ser el chico desaparecido. -informó la mujer a la vez que sacaba su móvil y marcaba un número- El otro podría ser un testigo.
- O su asesino. -apuntó su compañero, acercándose a él con las esposas en la mano.
- ¡¿Qué?! ¡Yo, no...! ¡Esto es un error! -protestó, gesticulando nervioso con las manos.
- Ya, eso dicen todos. -rio el agente mientras lo cogía por los hombros con cierta brusquedad y le obligaba a darse la vuelta.
- Culpable o no, coincido en que deberás acompañarnos a comisaría, chico. -apoyó la mujer, dando por finalizada la llamada y guardando de nuevo el teléfono.
No hubo terminado de pronunciar estas palabras, cuando la lluvia cesó y las sombras del oscuro callejón comenzaron a cambiar, difuminándose hasta convertirse en lo que adivinó eran las paredes de una sala de interrogatorios. Él mismo estaba allí, sentado frente a los dos agentes, que lo observaban a la espera de que un solo fallo delatase su culpabilidad en el asunto.
- ¿Conocías a este chico? -le preguntó la mujer sin rodeos, mostrándole la foto de un joven de tez oscura y cabello rizado. A su mente acudió la imagen de la cabeza separada de su cuerpo y reprimió un escalofrío.
- ¡Pues claro que no! ¡No lo había visto en mi vida!
- Ya. ¿Y qué hacías entonces en el lugar del crimen solo a estas horas de la noche? -repuso el hombre, mirándolo incrédulo con una ceja alzada mientras se acomodaba en la silla de plástico.
- Yo... -comenzó, pero de inmediato se detuvo. Un sudor frío comenzó a resbalarle por la frente al percatarse del enorme aprieto en el que se había metido.
¿Cómo le iba a explicar a los agentes que había sido un libro lo que lo había llevado hasta allí? Tragó saliva. ¿Iba a tener que pasar el resto de su vida en la cárcel por un crimen que no había cometido? ¡Gracias, estúpido libro!
- Lo que suponía. -rió el polícia, recostándose de nuevo en la silla y colocando sus manos en la nuca- Sería mejor que reconocieras de una vez lo que hiciste, chico. Te aseguro que de cara al juicio te sería lo más conveniente.
- ¡Pero se equivocan...! ¡Yo no...! -lo intentó una vez más, aun teniendo todas las de perder.
- Tal vez esto te refresque la memoria. -añadió la mujer.
Supuso que iba a sacar más fotos o cualquier otra prueba recriminatoria relacionada con el asesinato, algo así como el arma del crimen o huellas que hubieran encontrado en el lugar y que coincidieran con las suyas, tal y como había visto en alguna ocasión en películas o series. Pero en cambio, esta dejó sobre la mesa al culpable de que estuviese en aquel aprieto, al libro encuadernado en piel que tanto odiaba.
La habitación entera pareció temblar, quedándose inundada por una extraña luz...
Abrió los ojos y se vio sumido en la completa oscuridad de una habitación. Por unos instantes, pensó que todavía se hallaba en la sala de interrogatorios, pero entonces se percató de la cama que había cercana a la puerta y de los juguetes tirados por el suelo. Era la habitación de una niña. Se atrevería a decir, la más espeluznante que había visto nunca. La cama, con dosel, estaba mugrienta y mal cuidada. Por el suelo, se distinguían muñecas a las que les faltaba más de una extremidad o incluso la cabeza, con sus vestidos hechos jirones. Había también una ventana, con sus cortinas desgarradas, que apenas dejaba entrever la luz del sol.
Con un escalofrío, se dispuso a abandonar la siniestra habitación. El viejo y carcomido suelo de madera crujió bajo sus pasos, poniéndolo más nervioso. La puerta se abrió asimismo con un chirrido, y se le erizaron los pelos de la nuca al escuchar una voz que, casi en un susurro, le decia:
- No te vayas todavía... Quiero jugar contigo...
La voz parecía provenir de su espalda. Tragando saliva y con el corazón latiéndole a mil por hora, se giró con lentitud. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para impedir que sus gritos quebrantasen el silencio. En mitad de la habitación, había ahora una niña. Tenía el pelo rubio y en tirabuzones que le caían por el rostro, cubriéndolo casi por completo. Llevaba además un vestido gris hasta las rodillas y entre sus manos, apretaba contra su pecho a una muñeca a la cual le faltaba un ojo y que sonreía de forma aterradora.
- Juguemos... -dijo ella alzando la vista del suelo y dejando su cara al descubierto.
En esta ocasión, no fue capaz de evitar que el grito escapara de su garganta. Las cuencas de aquella niña que lo miraba estaban vacías, apenas recorridos por unos ríos de sangre. Y luego estaba esa sonrisa que se extendía por el rostro, similar a la de la propia muñeca que mantenía sujeta.
- Juguemos... -repitió acercándose a él.
Sin pensárselo dos veces, salió disparado por la puerta, cerrándola tras de sí. Suspiró aliviado, todavía con el corazón a punto de salírsele del pecho.
- Eres un mal chico... Todavía no puedes marcharte... -escuchó de nuevo aquella voz que le heló la sangre.
Gritó de nuevo al descubrir la figura de la niña frente a él, a unos escasos metros. Esta había comenzado a alargar su mano en un intento de tocarle el rostro. Desesperado, vio a su izquierda una escalera y se precipitó por ella para huir de aquel monstruo.
Si la habitación le había parecido espeluznante, el resto de la casa no se quedaba atrás. Aquello parecía el escenario de una película o videojuego de terror. Muebles y papeles tirados por el suelo, cuadros que parecían seguirlo con la mirada, paredes manchadas de sangre... Tenía que salir de allí.
- ¿Dónde estáaas? -escuchó de nuevo la voz de la niña acompañada de una risa.
Aparecería de un momento a otro, tenía que darse prisa.
- Te veooo... -sonó de nuevo su voz. Un instante después, la niña se hallaba tras él.
En el otro extremo de la habitación descubrió una puerta y sin dudarlo corrió hacia ella. La niña le seguía de cerca, riendo sin parar.
- Juguemos... -dijo ella alzando la vista del suelo y dejando su cara al descubierto.
En esta ocasión, no fue capaz de evitar que el grito escapara de su garganta. Las cuencas de aquella niña que lo miraba estaban vacías, apenas recorridos por unos ríos de sangre. Y luego estaba esa sonrisa que se extendía por el rostro, similar a la de la propia muñeca que mantenía sujeta.
- Juguemos... -repitió acercándose a él.
Sin pensárselo dos veces, salió disparado por la puerta, cerrándola tras de sí. Suspiró aliviado, todavía con el corazón a punto de salírsele del pecho.
- Eres un mal chico... Todavía no puedes marcharte... -escuchó de nuevo aquella voz que le heló la sangre.
Gritó de nuevo al descubrir la figura de la niña frente a él, a unos escasos metros. Esta había comenzado a alargar su mano en un intento de tocarle el rostro. Desesperado, vio a su izquierda una escalera y se precipitó por ella para huir de aquel monstruo.
Si la habitación le había parecido espeluznante, el resto de la casa no se quedaba atrás. Aquello parecía el escenario de una película o videojuego de terror. Muebles y papeles tirados por el suelo, cuadros que parecían seguirlo con la mirada, paredes manchadas de sangre... Tenía que salir de allí.
- ¿Dónde estáaas? -escuchó de nuevo la voz de la niña acompañada de una risa.
Aparecería de un momento a otro, tenía que darse prisa.
- Te veooo... -sonó de nuevo su voz. Un instante después, la niña se hallaba tras él.
En el otro extremo de la habitación descubrió una puerta y sin dudarlo corrió hacia ella. La niña le seguía de cerca, riendo sin parar.
- Jugemos... juguemos...
Se agarró al picaporte como si la vida le fuese en ello. Pero, adivina qué. La puerta no abría. ¡¿Por qué siempre tienen que pasar estas cosas en las historias de terror?! Le gustaría hablar con el susodicho que hizo ese estúpido picaporte.
- Juguemos... -repitió la niña, cada vez más cerca.
Se giró el tiempo justo para vislumbrar en una de las estanterías una vez más el libro.
La casa entera se sacudió con violencia, quedando bañada en una extraña luz...
Abrió los ojos y una vez más, el escenario a su alrededor cambió por completo. Se encontraba en mitad de una calle abarrotada de gente que pasaba a su lado sin apenas percatarse de su presencia. Parecía el centro de una ciudad cualquiera, con sus tiendas y sus reclamos, con sus transeúntes absortos en sus propios problemas sin prestar atención a sus propios pasos. Pero aquel no era el paisaje de ciudad al cual estaba acostumbrado. Por todas partes brillaban luces de neón, anunciando productos y servicios de los más variados en carteles flotantes que se movían de un lado a otro. A cada lado de la acera, se distinguían cientos de edificios de fachada transparente con puertas enormes de cristal. Fue incapaz de distinguir lo qué eran exactamente, porque el letrero que había encima de las puertas cambiaba constantemente. En un segundo, pasaba de ser una cafetería a una tienda de ropa o incluso a una biblioteca. Algunas de las personas con las que se cruzaba, con el simple gesto de teclear en el aire o de mirar su muñeca, hacían aparecer ante ellos una pantalla similar a la de un móvil. Otros en cambio, se detenían frente a alguno de los anuncios flotantes y con un simple gesto, obtenían el producto anunciado en sus manos o desaparecían de su vista para recibir el servicio deseado. Aquello era alucinante. Boquiabierto, no podía dejar de mirar de un lado a otro, perdiéndose en la de cosas tan increíbles que en aquella ciudad había. ¡Por una vez el libro había tenido buen gusto!
Pero entonces, por encima del barullo de la gente y de su propio estusiasmo, le parecieron oír unos sollozos. Extrañado, y a la vez también intrigado, se decidió a buscar el lugar del que procedía aquel llanto que tanto desentonaba con el ambiente que reinaba en la ciudad. A medida que este se volvió más fuerte, distinguió también otras voces, estas últimas se trataban concretamente de risas. Se vio entonces en una calle más desértica, donde los tablones ambulantes habían desaparecido y los edificios eran más rudimentarios. Estaban allí los dueños de las risas, en torno a la dueña del lamento que se hallaba tirada en el suelo.
- ¡Vamos, tienes que ser una buena chica! -rió uno de ellos a la vez que rasgaba su falda.
- ¡Sí, has nacido para servirnos! -añadió otro, tirándole del cuero cabelludo.
- ¡Ba-Basta! -sollozó ella.
Indignado ante lo que le hacían a la chica, se acercó a ellos dispuesto a darles su merecido. Cuando unos escasos metros lo separaban de los agresores, algo hizo que se quedase helado, incapaz de continuar avanzando. Uno de ellos había agarrado el brazo de la muchacha y lo había arrancado con violencia. Ella gritó de dolor.
- ¡Joder, ya la has roto! -se burló otro de ellos, riendo cómplice y dándole un codazo a su compañero.
- Una lástima, habría sido divertido. -dijo otro.
Entonces dieron media vuelta y se marcharon. Apenas le dirigieron una mirada antes de desaparecer de la calle desierta, donde la chica permanecía aún tirada en el suelo, llorando desconsolada. De forma prudente, se acercó a ella. Iba vestida con una falda a rayas azules y una blusa blanca. Su pelo era plateado y tenía la tez pálida. El brazo amputado permanecía a unos metros de ella. Tanto del extremo de este como de su propio cuerpo, sobresalían unos cables. Aquella chica, no era humana, comprendió de pronto. Era un robot.
- Ey... ¿estás... estás bien? -se atrevió a decir.
Ella alzó la cabeza asustada. La mitad de su cara estaba desgarrada, dejando ver el esqueleto metálico que su piel normalmente ocultaba. Tenía dos enormes ojos violetas, de los cuales no paraban de surgir lágrimas. Asustada, ella retrocedió.
- ¿Qui-Quién eres? -preguntó temblando.
- Yo... -comenzó, pero no sabía exactamente qué decir. ¿Cómo explicarle a esa chica androide o lo que fuera todo lo que había vivido por culpa de un libro?- Mira, no quiero hacerte daño. He visto lo que te han hecho esos chicos y... solo quiero ayudarte. -dijó finalmente, ofreciéndole una mano para ayudarla a ponerse en pie.
Ella se quedó mirándolo por unos instantes, por sus ojos violetas parecieron pasar miles de números y ecuaciones matemáticas tan complicadas que adivinó, ni siquiera la ayuda de la mejor calculadora del mundo bastaría para resolverlas. Un resplandor rojizo pareció cruzar sus ojos, y con un esfuerzo, ella movió el brazo que permanecía intacto y aceptó su mano, poniéndose en pie.
- Debo regresar con padre... Debe repararme de nuevo... -comentó en un hilo de voz, mirando de reojo a su miembro todavía tendido en el suelo.
- ¿Estás segura de que podrás llegar hasta allí sola? -alegó él al percatarse del temblor que dominaba sus piernas- Puedo acompañarte si quieres. -se ofreció sin pensarlo, recogiendo su brazo del suelo.
Ella lo miró en silencio, aquellos números pasando velozmente por sus pupilas de nuevo en un destello rojo. Sin responder, dio media vuelta y comenzó a caminar. Él la siguió de cerca, preguntándose por enésima vez aquel día en qué clase de lío se había metido, ayudando a una androide a regresar a su casa.
Llegaron así a una vieja casa que constaba de una sola planta. Sus tejas destartaladas, constrataban enormemente con los majestuosos y grandes edificios de cristal que había visto, y las pequeñas ventanas, completamente cubiertas, no dejaban vislumbrar ni un ápice del interior. La chica robot se acercó decidida a la puerta, en la cual había una mirilla. Un rayo láser salió de esta, escaneando su ojo izquierdo a conciencia. Un pitido a modo de confirmación sonó e, inmediatamente después, la puerta se abrió de forma automática. Del interior de la vivienda surgió entonces una figura alta y de aspecto cansado, que vestía una bata de laboratorio blanca. El hombre, de cabellos canos y barba de pocos días, se abalanzó sobre el androide como el padre que abraza a sus hijos después de una larga e interminable jornada de trabajo.
- Padre... -murmuró la chica, las lágrimas todavía resbalando por sus pálidas mejillas.
- Vaya, te ha pasado otra vez, ¿verdad? -suspiró el hombre. Con una mano le acariciaba de forma cariñosa el pelo mientras con la otra, pasaba los dedos de forma delicada por los cables que sobresalían de su torso- ¿Y este chico? -añadió dirigiéndose a él, que sujetaba el brazo arrancado.
- Él me ayudó, padre. -dijo ella.
- ¿Es eso cierto? -inquirió el hombre. Él se apresuró a asentir y a tenderle el brazo, que de inmediato cogió con delicadeza y se dispuso a examinar- Curioso. Eres humano, ¿verdad chico?
- ¡Por supuesto que lo soy! ¡¿Quién se ha creído que es?! -protestó molesto ante su insinuación.
- Perdona si te he ofendido, pero a estas alturas, no me habría extrañado si hubiera sido un robot el que la hubiera ayudado. Hace ya mucho que los humanos comenzaron a discriminar a sus iguales por el simple hecho de presentar cables y no huesos.
- Pero... si la ciudad debe de estar llena de ellos... -objetó, recordando la cantidad de avances tecnológicos que había presenciado.
- En efecto. -suspiró el hombre, terriblemente cansado- Pero al parecer, se sienten amenazados ante la presencia de androides humanos, capaces de sentir como ellos mismos. Siempre los han considerado como unos meros esclavos, y el hecho de que en el campo del corazón puedan llevarles ventaja no les agrada en absoluto.
Él miró por el rabillo del ojo a la chica una vez más. Las lágrimas todavía resbalaban por sus mejillas y parecía realmente asustada. Sus piernas asimismo temblaban. Si no fuera por el brazo y el esqueleto metálico que se distinguía en la mitad de su rostro, nunca habría adivinado que se trataba de un robot. Realmente parecía una chica humana... Se le encogió el corazón al pensar en su sufrimiento, en cuántas veces habría tenido que soportar aquellos abusos por parte de los humanos por el simple hecho de estar hecha de circuitos y cables.
- ¿Podrá arreglarla? -se interesó él.
- Descuida chico, lo he hecho mil veces. Un brazo arrancado es de lo mejor que le ha pasado a esta pobre muchacha. -rió el hombre con desgana, dirigiéndose al interior del hogar.
Regresó tiempo después, con el brazo de la joven androide sujetó en una mano, y con el voluminoso libro de tapas duras en la otra.
- Todo está aquí, no hay nada que no pueda reparar...
Pero él apenas le escuchaba. Su voz se volvió muy lejana, hasta convertirse en un murmullo casi inaudible. El suelo tembló bajo sus pies y un haz de luz lo cegó durante unos instantes...
Se despertó sobresaltado. ¿Dónde estaba ahora? Aquella habitación, le era familiar... Sorprendido, se dio cuenta de que era su propia habitación. ¿Había regresado? Estaba tumbado en la cama, y junto a él... El libro permanecía abierto, a la espera de que se sumergiera en la lectura. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Y los elfos, el cádaver, la niña, la androide...? Debió de haberse quedado dormido cuando había comenzado a leer aquel libro, había sido un sueño bastante extraño... Confuso, se acomodó en el colchón y hojeó sus páginas. Entonces comprendió. Todos y cada uno de ellos estaban allí, todas sus historias permanecían inmortales entre las líneas de aquel libro. Entusiasmado, se dejó llevar, por fin, por las palabras.
Y regresó de nuevo al bosque, persiguió incansable al asesino, huyó con el corazón desbocado de la niña y sufrió ante la discriminación de la chica robot.
Se dejó al fin atrapar por la magia de los libros, convirtiéndose en un viajero entre líneas y palabras.