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jueves, 13 de mayo de 2021

Control

 


Despertó cuando la última bombilla del techo ya se había fundido. Aun en la penumbra, distinguió los restos de la última batalla. Los apuntes del escritorio estaban desperdigados por el suelo. La lámpara de la mesita de noche estaba volcada. Las cortinas arrancadas y las plumas fuera del almohadón. 

Ella se reincorporó del rincón en el que, sentada, abrazaba a sus rodillas. Debió de quedarse dormida después de que se fuera. Se quedó allí, de pie, sin saber muy bien qué hacer. Alzó la vista hacia las bombillas del techo. Hizo una mueca. Un buen comienzo sería cambiarlas. Debía de quedar algún repuesto en la cocina. 

Apenas había dado un paso cuando lo escuchó. El rugido. Reprimió un escalofrío e hizo un esfuerzo por respirar hondo. A esas alturas de la historia, el monstruo todavía le daba miedo. Con el corazón latiéndole en la garganta, se armó de valor y avanzó hacia la puerta. Otro rugido. Se miró la planta de los pies. Seguían manchadas de sangre. Tragó saliva. Ahora o nunca, se dijo saliendo al pasillo. 

El resto de la casa estaba también a oscuras. Y ella no tenía ni una mísera cerilla para ver dónde colocaba los pies. A mitad de camino maldijo por lo bajo y se detuvo. Cuando se agachó a ver la herida, descubrió los restos de un jarrón roto. No parecía un corte muy profundo pero no quería confiarse. Continuó avanzando, dejando tras de sí un nuevo reguero de sangre fresca. 

Otro rugido le puso los pelos de punta. Ese había sonado mucho más cerca. Se dio cuenta de que le sudaban las manos y se limpió en los pantalones. Respiró hondo una vez más, en un intento por ignorar el temblor de sus piernas. Aceleró el paso hasta llegar al final del pasillo. Sin luz, tuvo la sensación de que las paredes se parecían a una boca horrible que iba a devorarla. 

Los rugidos se volvieron más fuertes. 

Cogió impulso y con el hombro empujó la puerta de la cocina. Y allí estaba su monstruo. 

Se tomó un momento para recuperar el aliento. El corazón le latía a mil. 

La criatura erizó el lomo y le mostró dos hileras de afilados colmillos. Ella hizo ademán de acercarse cuando el monstruo se tiró hacia delante, dispuesto a atacar. La joven se retiró a tiempo. Por el rabillo del ojo vio la puerta. 

La salida. La huida. Siempre tan tentadora. 

El monstruo rugió una vez más y alzó una de sus zarpas. Resbaló con su propia sangre al hacerse hacia atrás y cayó al suelo. Le dio la sensación de que la criatura sonreía al verla tan indefensa. Empezó a acercarse despacio, como si quisiera saborear el momento. El labio empezó a temblarle y los ojos se le empañaron. 

Qué estúpida había sido al pensar que podía vencerle... 

Las lágrimas ya resbalaban por sus mejillas cuando gritó: 

-¡No! ¡No tienes ningún poder sobre mí!-tal vez fuera su última oportunidad pero no quería perder así, sin luchar.

Para su sorpresa, el monstruo se detuvo. Ladeó la cabeza para mirarla, como si fuera un inocente cachorro y no la bestia que había intentado matarla. Se puso en pie y apreció con cierta satisfacción que el monstruo se retiraba. Para asegurarse avanzó hacia él. Era ahora la criatura la que se hacia atrás. Con cada paso, se hacía más pequeña. Sonrió. 

La arrinconó contra la pared y se agachó junto a ella. Le pareció que... ¿temblaba? Miraba hacia todas partes en busca de una salida, como un animalillo asustado. Ella alzó una mano que se quedó un rato en el aire. Dudó. Se decidió por fin y acarició el lomo del culpable de sus pesadillas. 

Poco a poco, los colmillos del monstruo se fueron haciendo más pequeños. También las zarpas y la cola desaparecieron. 

Solo quedó el espejo. Y el reflejo ya no la miraba con miedo. Ni con ira tampoco. Solo con orgullo. Porque por fin había vencido. Había aprendido a controlar al monstruo. 

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