Los últimos rayos de luz rasgaban el cielo cuando divisó por fin a lo lejos una posada.
Detuvo su montura a la altura de los establos. En ese momento, salió de allí un mozo. Probablemente, pensó, se retiraba a descansar tras una dura jornada de trabajo. Trató de llamar su atención, pero el chico parecía no escucharla. Puso el caballo a trote y se acercó a él. Solo cuando lo tuvo en frente, el muchacho reaccionó. Con el ceño fruncido, se retiró del oído un extraño tapón y le confirmó, para alivio de ella, que había una habitación libre donde podía pasar la noche. Cuando terminó, volvió a colocarse el tapón y se alejó de allí, sin darle tiempo a darle las gracias. La dama se encogió de hombros y no le dio más importancia. Bajó de la montura y ella misma la dejó en los establos.
Los dueños de la posada no eran menos extravagantes. También ellos llevaban aquellos extraños tapones y parecían algo reacios a tener que quitárselos para hablar con su nueva huésped. Su conversación con aquel matrimonio fue incluso más corta y concisa. El hombre le entregó la llave de la habitación y se volvió a colocar los tapones, poniendo fin al asunto. Su mujer le dedicó una mirada lastimera y extendió una mano hacia ella. Dos tapones idénticos a los suyos. Se quedó unos segundos mirándolos con cierta repulsión y accedió finalmente a llevárselos.
-No te los quites antes del amanecer.-le advirtió la anciana antes de aislarse de nuevo del sonido.
Ella asintió, aunque no muy convencida, y se marchó por fin a la habitación.
Lo primero que hizo al cruzar la puerta fue tumbarse en la cama. Aquella solo era una parada en su largo viaje. Le quedaba todavía mucho camino antes de llegar a su destino. Era tal el cansancio acumulado que en cuanto cerró los ojos se abandonó al sueño. En su mano cerrada seguía sosteniendo los tapones.
Un par de horas más tarde, la música le despertó. Fue como si le hubieran pegado un calambrazo. Abrió los ojos y se reincorporó de golpe en la cama. Los tapones cayeron al suelo.
Dejó que aquella misteriosa melodía le abrazase, que la envolviese por completo. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Era una canción tan triste... Y tan hermosa...
Necesitaba más. Necesitaba saborearla, beber de ella...
Abrió la puerta de la habitación y se precipitó al exterior con la fuerza de un torbellino. El viejo matrimonio ya no estaba en recepción. Supuso que se habrían retirado a dormir. ¿Pero cómo podía alguien dormir cuando existía una canción tan bella como aquella?
La hierba le hizo cosquillas en la planta de sus pies desnudos. Su corazón latía al ritmo de la música. Vivía por y para esa canción. Tan embelesada estaba que no sentía el frío de aquella noche sin luna y sin estrellas. Tampoco sintió los guijarros que se le clavaban cuando subió la escarpada colina.
De espaldas a ella vio a la musa. Su pelo blanco caía majestuoso a su espalda. Ajena a su presencia, la musa seguía cantando. De cerca, su música era incluso más hermosa. La dama cayó de rodillas. A su alrededor, el paisaje se volvió borroso. Ya no existía el mundo. Ni siquiera ella misma. Solo la canción.
La musa se giró por fin hacia ella. Su rostro de porcelana estaba a la altura de su voz. Se inclinó hacia ella para ayudarla a levantarse. Se sintió como un flan ante el roce de sus manos. La musa solo dejó de cantar cuando se inclinó para besarla. En cuanto sus labios rozaron los de ella perdió por completo el sentido de la realidad.
Todavía se sentía flotando en una nube cuando la musa volvió a cantar y la arrojó por el borde de la colina.
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