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domingo, 30 de mayo de 2021

Legado en los huesos (Trilogía del Baztán II)


Sinopsis: Un año después de resolver los crímenes que aterrorizaron al pueblo del Baztán, la inspectora Amaia Salazar acude embarazada al juicio contra Jasón Medina, el padrastro de Johana Márquez, acusado de violar, mutilar y asesinar a la joven imitando el modus operandi del basajaun. Pero, tras el suicidio del acusado, el juicio debe cancelarse y Amaia es reclamada por la policía porque se ha hallado una nota que contiene un escueto e inquietante mensaje: "Tarttalo''. Esa sola palabra destapará una trama terrorífica tras la búsqueda de la verdad.  

Dolores Redondo me ha vuelto a sorprender. Reconozco que cuando empecé a leer la segunda parte de esta trilogía me daba miedo que me fuera a decepcionar después de lo mucho que me gusto el primero. Ya sabéis eso que se dice de segundas partes nunca fueron buenas. Por suerte esto no sucedió. Al contrario, diría que me ha gustado incluso más por la evolución que toma la trama y sus personajes. 



Si ya en El guardián invisible Baztán se nos mostraba como un lugar oscuro y lleno de secretos y magia, en Legado en los huesos todo se vuelve incluso más macabro. Hay muchas cosas que me han fascinado de este libro. Una de ellas ha sido conocer más sobre nuestra antagonista estrella, Rosario. La autora te va dando la información que necesitas en pequeñas dosis. Y ya no hablo de página a página, sino de libro a libro. Desde la presentación de este personaje en la primera parte de la trilogía sabe crear toda una serie de incógnitas a su alrededor. En este segundo tenemos algunas respuestas. Y, por supuesto, preguntas nuevas (y los pelos de la nuca erizados)

También me ha gustado especialmente la evolución de nuestros personajes. Por ejemplo la de Montes, al que llegué casi a odiar en el primer libro y que en este segundo incluso se ha ganado mi cariño. Son unos personajes redondos y con muchos matices, muy humanos

A lo largo de la novela, la maternidad también tiene un peso importante. Si hay algo que me ha agradado de este tema ha sido como Dolores Redondo ha plasmado los sentimientos y pensamientos de Amaia como madre primeriza. Su frustración, su miedo, su alegría... 

Pero si hay algo que de verdad me ha encantado de este libro ha sido la forma prácticamente perfecta que va hilado con el primero. Se nota que la trama de esta historia y todo lo que la  rodea ha sido planificada de antemano y no hay nada dejado al azar. Detalles que en el primero podrían parecer insignificantes ahora toman su importancia, dando respuesta a algunas preguntas que se quedaron sin resolver. Se nota que está trabajado y la escritora le ha dado muchas vueltas para que cada pieza del puzle encaje a la perfección

Espero con ganas la lectura del desenlace de esta trilogía, que estoy segura de que no dejará de sorprenderme.    

jueves, 27 de mayo de 2021

Canción

 

Los últimos rayos de luz rasgaban el cielo cuando divisó por fin a lo lejos una posada. 

Detuvo su montura a la altura de los establos. En ese momento, salió de allí un mozo. Probablemente, pensó, se retiraba a descansar tras una dura jornada de trabajo. Trató de llamar su atención, pero el chico parecía no escucharla. Puso el caballo a trote y se acercó a él. Solo cuando lo tuvo en frente, el muchacho reaccionó. Con el ceño fruncido, se retiró del oído un extraño tapón y le confirmó, para alivio de ella, que había una habitación libre donde podía pasar la noche. Cuando terminó, volvió a colocarse el tapón y se alejó de allí, sin darle tiempo a darle las gracias. La dama se encogió de hombros y no le dio más importancia. Bajó de la montura y ella misma la dejó en los establos. 

Los dueños de la posada no eran menos extravagantes. También ellos llevaban aquellos extraños tapones y parecían algo reacios a tener que quitárselos para hablar con su nueva huésped. Su conversación con aquel matrimonio fue incluso más corta y concisa. El hombre le entregó la llave de la habitación y se volvió a colocar los tapones, poniendo fin al asunto. Su mujer le dedicó una mirada lastimera y extendió una mano hacia ella. Dos tapones idénticos a los suyos. Se quedó unos segundos mirándolos con cierta repulsión y accedió finalmente a llevárselos. 

-No te los quites antes del amanecer.-le advirtió la anciana antes de aislarse de nuevo del sonido. 

Ella asintió, aunque no muy convencida, y se marchó por fin a la habitación. 

Lo primero que hizo al cruzar la puerta fue tumbarse en la cama. Aquella solo era una parada en su largo viaje. Le quedaba todavía mucho camino antes de llegar a su destino. Era tal el cansancio acumulado que en cuanto cerró los ojos se abandonó al sueño. En su mano cerrada seguía sosteniendo los tapones. 

Un par de horas más tarde, la música le despertó. Fue como si le hubieran pegado un calambrazo. Abrió los ojos y se reincorporó de golpe en la cama. Los tapones cayeron al suelo. 

Dejó que aquella misteriosa melodía le abrazase, que la envolviese por completo. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Era una canción tan triste... Y tan hermosa... 

Necesitaba más. Necesitaba saborearla, beber de ella... 

Abrió la puerta de la habitación y se precipitó al exterior con la fuerza de un torbellino. El viejo matrimonio ya no estaba en recepción. Supuso que se habrían retirado a dormir. ¿Pero cómo podía alguien dormir cuando existía una canción tan bella como aquella?

La hierba le hizo cosquillas en la planta de sus pies desnudos. Su corazón latía al ritmo de la música. Vivía por y para esa canción. Tan embelesada estaba que no sentía el frío de aquella noche sin luna y sin estrellas. Tampoco sintió los guijarros que se le clavaban cuando subió la escarpada colina. 

De espaldas a ella vio a la musa. Su pelo blanco caía majestuoso a su espalda. Ajena a su presencia, la musa seguía cantando. De cerca, su música era incluso más hermosa. La dama cayó de rodillas. A su alrededor, el paisaje se volvió borroso. Ya no existía el mundo. Ni siquiera ella misma. Solo la canción. 

La musa se giró por fin hacia ella. Su rostro de porcelana estaba a la altura de su voz. Se inclinó hacia ella para ayudarla a levantarse. Se sintió como un flan ante el roce de sus manos. La musa solo dejó de cantar cuando se inclinó para besarla. En cuanto sus labios rozaron los de ella perdió por completo el sentido de la realidad. 

Todavía se sentía flotando en una nube cuando la musa volvió a cantar y la arrojó por el borde de la colina. 


jueves, 13 de mayo de 2021

Control

 


Despertó cuando la última bombilla del techo ya se había fundido. Aun en la penumbra, distinguió los restos de la última batalla. Los apuntes del escritorio estaban desperdigados por el suelo. La lámpara de la mesita de noche estaba volcada. Las cortinas arrancadas y las plumas fuera del almohadón. 

Ella se reincorporó del rincón en el que, sentada, abrazaba a sus rodillas. Debió de quedarse dormida después de que se fuera. Se quedó allí, de pie, sin saber muy bien qué hacer. Alzó la vista hacia las bombillas del techo. Hizo una mueca. Un buen comienzo sería cambiarlas. Debía de quedar algún repuesto en la cocina. 

Apenas había dado un paso cuando lo escuchó. El rugido. Reprimió un escalofrío e hizo un esfuerzo por respirar hondo. A esas alturas de la historia, el monstruo todavía le daba miedo. Con el corazón latiéndole en la garganta, se armó de valor y avanzó hacia la puerta. Otro rugido. Se miró la planta de los pies. Seguían manchadas de sangre. Tragó saliva. Ahora o nunca, se dijo saliendo al pasillo. 

El resto de la casa estaba también a oscuras. Y ella no tenía ni una mísera cerilla para ver dónde colocaba los pies. A mitad de camino maldijo por lo bajo y se detuvo. Cuando se agachó a ver la herida, descubrió los restos de un jarrón roto. No parecía un corte muy profundo pero no quería confiarse. Continuó avanzando, dejando tras de sí un nuevo reguero de sangre fresca. 

Otro rugido le puso los pelos de punta. Ese había sonado mucho más cerca. Se dio cuenta de que le sudaban las manos y se limpió en los pantalones. Respiró hondo una vez más, en un intento por ignorar el temblor de sus piernas. Aceleró el paso hasta llegar al final del pasillo. Sin luz, tuvo la sensación de que las paredes se parecían a una boca horrible que iba a devorarla. 

Los rugidos se volvieron más fuertes. 

Cogió impulso y con el hombro empujó la puerta de la cocina. Y allí estaba su monstruo. 

Se tomó un momento para recuperar el aliento. El corazón le latía a mil. 

La criatura erizó el lomo y le mostró dos hileras de afilados colmillos. Ella hizo ademán de acercarse cuando el monstruo se tiró hacia delante, dispuesto a atacar. La joven se retiró a tiempo. Por el rabillo del ojo vio la puerta. 

La salida. La huida. Siempre tan tentadora. 

El monstruo rugió una vez más y alzó una de sus zarpas. Resbaló con su propia sangre al hacerse hacia atrás y cayó al suelo. Le dio la sensación de que la criatura sonreía al verla tan indefensa. Empezó a acercarse despacio, como si quisiera saborear el momento. El labio empezó a temblarle y los ojos se le empañaron. 

Qué estúpida había sido al pensar que podía vencerle... 

Las lágrimas ya resbalaban por sus mejillas cuando gritó: 

-¡No! ¡No tienes ningún poder sobre mí!-tal vez fuera su última oportunidad pero no quería perder así, sin luchar.

Para su sorpresa, el monstruo se detuvo. Ladeó la cabeza para mirarla, como si fuera un inocente cachorro y no la bestia que había intentado matarla. Se puso en pie y apreció con cierta satisfacción que el monstruo se retiraba. Para asegurarse avanzó hacia él. Era ahora la criatura la que se hacia atrás. Con cada paso, se hacía más pequeña. Sonrió. 

La arrinconó contra la pared y se agachó junto a ella. Le pareció que... ¿temblaba? Miraba hacia todas partes en busca de una salida, como un animalillo asustado. Ella alzó una mano que se quedó un rato en el aire. Dudó. Se decidió por fin y acarició el lomo del culpable de sus pesadillas. 

Poco a poco, los colmillos del monstruo se fueron haciendo más pequeños. También las zarpas y la cola desaparecieron. 

Solo quedó el espejo. Y el reflejo ya no la miraba con miedo. Ni con ira tampoco. Solo con orgullo. Porque por fin había vencido. Había aprendido a controlar al monstruo.