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jueves, 15 de octubre de 2020

Goteras

 Estaba tan agotada que se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos, esperando caer de inmediato en un sueño profundo. Sin embargo, las horas pasaban y el sueño no llegaba. Y todo por culpa de aquel estúpido sonido. 

Se preguntó medio adormilada cómo no se había dado cuenta hasta que se había acostado. Era realmente irritante. 

Plop, plop, plop. 

Genial, lo que le faltaba. Tendría que llamar al fontanero. No quería pasar más noches en vela como aquella. ¿Cuál sería el grifo que estaría estropeado? ¿O sería la ducha la que estaba mal cerrada? Sintió la tentación de levantarse para comprobarlo. Pero sus músculos no le respondieron. Por lo menos, aunque no pudiera dormir, estaba cómoda. Decidió dejarlo pasar aunque a la mañana siguiente amaneciera en mitad de una inundación. 

El reloj de la mesilla de noche marcaba el paso del tiempo. Las doce. La una. Las dos. Y el sueño, escurridizo, seguía sin acudir a su llamada. 

Plop, plop, plop. 

Estupendo. Ahora parecía que lo escuchaba incluso más fuerte. Menuda nochecita, pensó con el ceño fruncido. 

Entonces sintió que algo espeso le caía en la mejilla. Se limpió con desagrado y se miró la palma de la mano con los ojos entrecerrados. En mitad de la oscuridad, le pareció que estaba... ¿roja? Se incorporó de golpe en la cama. 

Plop, plop, plop. 

En la almohada seguían acumulándose las gotas de sangre. Ella miró hacia arriba. Pronto descubrió su error. 

El cadáver le devolvió una mirada de cuencas vacías mientras ella gritaba, presa del terror. 



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