Ante él, se extendía el cielo azul reflejado en un océano de miles de posibilidades. La arena le hacía cosquillas en la punta de los dedos, y las olas, que llegaban dóciles a la orilla, le mojaban de una forma casi reconfortante los pies.
Exhalando todo el aire que le permitieron sus pulmones, alzó la vista y contempló a las gaviotas que volaban despreocupadas por encima de su cabeza. Bajó de nuevo la mirada a la arena para toparse con una hamaca azul marino situada a pocos metros de donde él estaba.
En ella estaba tumbada una mujer de larga cabellera rubia. Llevaba un vestido del color del cielo, un sombrero color crema y un enorme par de gafas de sol oscuras que apenas dejaban ver sus pequeños ojos claros. En una de sus manos sostenía esta un refresco, y en la otra, un cucurucho de helado.
-¡Llegas tarde!-le reprochó él-¡¿Dónde demonios has estado?!
-Y tú eres impaciente, todos los años lo mismo. Deseando que llegue y luego no me sabes aprovechar como es debido.-se lamentó la mujer dando un sorbo a su refresco.
-¡Deja de hacerte la víctima!-atacó él de nuevo-¡¿Sabes todo lo que he tenido que pasar y sufrir sin ti este año?!
-Uy, sí. -comentó ella sarcástica-¿Y tú sabes que no soy tus únicas vacaciones a lo largo del año? Mis hermanas también te visitan a su debido tiempo.
-Pero... pero... ¡tú eres especial! ¡Diferente! ¡Más...!
-¿Duradera?-terminó ella torciendo la boca, molesta-Mira, chico. No es nada personal, pero sabes que puedo llegar a ser igual de efímera, o incluso más, que el resto de mi familia. Así que relájate, disfruta, y no hagas que me arrepienta de volver aquí otro año más.-le dijo el verano tendiéndole el helado.
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