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martes, 27 de marzo de 2018

Mariposas

Vuela alto la pequeña mariposa por el cielo, extendiendo sus alas de color. 

Mas la tempestad sobre ella súbitamente se ha desatado, los miedos sus alas han querido arrancar, la tristeza a la pequeña mariposa ha querido derribar. 

Pero ella, rebelde, continuó volando contra el viento, continuó luchando aun con sus alas desgarradas. 

Alzándose con la brisa, alzándose con los sueños. 

Desafiando a todo aquel que quisiese retenerla, desafiando a todo aquel que quisiera encarcelarla. 

Vuela bien alto la pequeña mariposa por el cielo, extendiendo sus alas de color, burlando con su risa cristalina las desavenencias del azar.

domingo, 25 de marzo de 2018

Enemigos

Tal y cómo había imaginado, cuando llegó al viejo invernadero su cerradura estaba forzada y la puerta estaba abierta de par en par. Se adentró en el interior, dejando tras de sí los murmullos de una guerra que no daba tregua ni ante la presencia de las estrellas.

Con lentitud, se acercó a la vitrina, ahora destrozada. Junto a ella, descubrió una palanca y un gorro, y de inmediato comprendió lo que había pasado. Se agachó para recoger el gorro cuando un ruido tras ella la sobresaltó, poniéndola en alerta. Escudriñó la oscuridad que la envolvía con su rifle, lista para disparar en el caso de que fuera necesario. 

- Yo también me alegro de verte, Alice. -resonó una voz grave por todo el lugar. 

Unos cuantos pasos y un ligero movimiento entre las sombras descubrieron a un hombre alto y de cabellos castaños, cortos y desordenados. En su mejilla izquierda, se distinguía la señal permanente de una cicatriz. A pesar de la poca visibilidad, ella pudo distinguir a la perfección sus botas doradas y su chaqueta color beis. Los colores característicos del escuadrón de las Alas Doradas, el bando enemigo. Sin bajar el rifle, lo apuntó con él, haciéndole entender cuál sería su respuesta si se acercaba demasiado. El otro pareció reír ante sus amenazas silenciosas, la cicatriz marcando de la forma más horrenda su rostro.

- ¿Así es cómo recibes a tus amigos, Alice? Vamos, sé que puedes ser más amable. -sus profundos y pequeños ojos verdes fijos en ella a medida que avanzaba.
- Tú no eres mi amigo, Nathan. -reprochó ella cortante sin bajar el arma- Ya no.
- ¿Todavía me guardas rencor, eh? -la distancia entre ellos se iba acortando más y más- Sabes, es curioso. Si me hubieran dicho hace diez años que acabaría siendo una de las figuras más importantes en el transcurso de la guerra no me lo habría creído. Igual que no me habría creído que tú te unirías a los rebeldes. -ahora tan solo unos escasos centímetros los separaban- Veo que sigues llevando esa vieja gorra, Alice. -añadió sonriente, haciendo referencia a la vieja gorra negra que llevaba, destacando incluso en la oscuridad con su cabello cobrizo.
- No me obligues a disparar, Nathan. -le amenazó ella.
- Adelante, hazlo. -le desafió- Pero si no te importa, que sea rápido. Tengo asuntos más importantes de los que ocuparme. Como localizar a ese escurridizo ángel que iba a asegurar nuestra victoria. -apuntó señalando con la mirada distraída la vitrina de cristal- Tú sabes a dónde han ido, ¿verdad?

Ella no respondió, pero él pudo apreciar que las manos que mantenían sujeto el rifle comenzaban a temblar.

- Intentémoslo de nuevo, Alice. Dónde están. No me hagas perder la paciencia. -rió él de forma sarcástica- ¡Dime dónde están!

Con un rápido movimiento, Alice se abalanzó sobre él con la intención de golpearlo, pero Nathan fue más veloz y consiguió inmovilizarla antes de que pudiese siquiera tocarlo. El arma cayó finalmente al suelo y Alice dejó escapar un alarido de dolor y de rabia.

- ¡Las Alas de la Libertad se alzarán sobre vuestras injusticias! -bramó ella.
-¿Todavía tienes energía para gritar? -rió el otro, apretando con más fuerza el brazo por el que la mantenía sujeta y arrancándole otro quejido- Eres una estúpida. Sé que fuiste tú la que le facilitó la información acerca de este lugar. Dime dónde están y haré como que no te he visto y te dejaré marchar.
- ¿De veras crees que traicionaría a mis camaradas por salvar el pellejo? -se burló ella.
- Ellas no son tus camaradas, Alice. Y mucho menos tus amigas. Contesta de una vez. Dónde están.
- Da igual lo mucho que insistas. No te lo diré, y mucho menos a ti, Nathan. -aseguró ella, desafiante.
- Muy bien. -él la soltó con brusquedad, y Alice se precipitó al suelo lleno de cristales. Antes de que le diese tiempo a recuperar su rifle, Nathan se aseguró de apartarlo con una patada- Tendremos que utilizar otros métodos. Dan, encárgate de ella.

Hizo entonces su aparición otro hombre más bien bajito, corpulento, con el pelo negro oscuro cortado al raso. Al igual que Nathan, portaba unas botas doradas y una chaqueta beis. En sus ojos azules, se distinguía un brillo de maldad. Sus pasos resonaron con fuerza a medida que se acercaba. Alice trataba en vano de ponerse en pie, pensaba a la velocidad de la luz tratando de hallar una solución que la sacase de aquel aprieto. Pero era prácticamente imposible. Los cristales de la vitrina le habían provocado varios cortes y heridas que habían mermado en gran parte sus fuerzas. No había escapatoria.

- Haz que hable. -le ordenó Nathan mirándola con furia.
- Será un placer. -rió el otro. Se aproximó a ella y lo primero que hizo al ver que esta comenzaba a incorporarse fue propinarle una patada certera en las costillas. Alice cayó al suelo de nuevo y, una vez más, sus gritos de dolor resonaron en el viejo invernadero.
- Sigues siendo una cabezota, ¿eh, Alice? -se burló Dan cargando de nuevo contra ella cada vez que trataba de ponerse en pie. Cuando se disponía a golpearla por tercera vez, la risa de ella le sobresaltó.
- ¡Sois unos estúpidos! -clamó ella entre carcajadas, alzándose de nuevo- ¡A estas alturas, jamás conseguiréis alcanzarlas! ¡Da igual lo mucho que me golpeéis, no las encontraréis!
- ¡Cállate! -bramó Dan furioso, golpeándola de nuevo. Se preparaba ya para hacerlo otra vez cuando un gesto de Nathan lo detuvo.
- Así que es allí donde van. Regresan a casa, ¿no es cierto? -la expresión de terror de ella le confirmó sus sospechas y sonrió con suspicacia.
- ¡No lo conseguirás, Nathan! ¡Hace ya horas que deben de haber pasado la frontera! -exclamó desesperada, tratando de detenerlo.

Pero era demasiado tarde. Nathan cogió su rifle y se marchó de allí. Antes de abandonar definitivamente el invernadero, se dirigió a Dan diciendo:

- Encárgate de ella. Mátala si es necesario. Ya no nos es útil de todas formas.
- Eso está hecho. Sin remordimientos. -rió Dan de nuevo, sacando de su cinturón una pistola.

Los ojos marrones de ella lo miraban furiosos... y también decepcionados. Comenzó a temblar y a llorar de rabia, sintiendo que les había fallado, que había hablado de más y antes de tiempo. Sintiendo que había fallado en la misión más importante de su vida.

Entonces, el silencio se vio de pronto interrumpido por el sonido de un disparo.

Nadie habría asegurado que, diez años atrás, aquellos tres que ahora intentaban matarse a sangre fría, habían sido los amigos más inseparables de la infancia. 

martes, 20 de marzo de 2018

Espejos

Por mucho que lo intentase, no lograba apartar la mirada del espejo. Había quedado hipnotizado por la imagen de su reflejo.

Cualquiera diría que era excesiva su admiración, pero se equivocaban. Al contrario, esta le causaba verdadero pavor, pero era precisamente eso lo que le impedía apartar la vista del cristal. Aquella sonrisa gélida que le recordaba los fantasmas del pasado, esa risa incesante y aterradora que sabía nadie más podía escuchar. Cerraba los ojos y seguía allí. El espejo y su reflejo. Harto de todo, le propinó un golpe al cristal, haciéndolo a añicos. Sus nudillos comenzaron a sangrar y a teñirse de morado, pero no le importó. Con cada golpe que daba, aquellas risas se tornaban más histéricas, y él se enfurecía más y más. 

De repente, se hizo el silencio, y él se derrumbó en el suelo agonizando de dolor, sujetando con sus manos magulladas su cabeza. No se habían ido. Las risas, las voces, continuaban allí, recordándole el pasado. 

Y el reflejo, aquella imagen que una vez se había visto plasmada en el espejo también seguía allí, mirándolo desde algún lugar de sus más oscuros y profundos miedos. 

martes, 13 de marzo de 2018

Lluvia

El cielo encapotado y gris se extendía sobre su cabeza, con sus nubes tiñendo de tristeza y melancolía aquella mañana de frío invierno. Un rugido le advirtió de la llegada de una tormenta ya no muy lejana, pero no pareció prestarle demasiada atención. Se limitó a apresurar sus pasos cuando comenzaron a caer las primeras gotas, que no tardaron en convertirse en un verdadero diluvio. Sin nada con lo que cubrirse comenzó a correr, deseosa de ponerse a salvo de la ira de los cielos que en ese momento se descargaba contra la tierra. Entonces, la lluvia cesó. Confundida, alzó la vista para contemplar aquella parábola que había creado súbitamente un círculo seco en torno a ella. El dueño del paraguas la miraba con ojos burlones, y no parecía importarle el hecho de haber tenido que ceder su refugio a cambio de empaparse por completo. De todas las personas... ¿Tenía que ser él? El otro se limitó a mostrar una pícara sonrisa, haciendo que sus mejillas se tiñeran de un rojo intenso y que su corazón diese un vuelco dentro de su pecho.

- Vaya... parece que ya ha parado de llover. -comentó el chico rompiendo el silencio, retirando el paraguas y alzando la vista al cielo.

Pero aquello no era del todo cierto. En los ojos de ella, todavía llovía con intensidad, todavía se desataba la tormenta. Él bajó la vista y se percató de sus lágrimas, y un atisbo de preocupación cruzó su rostro. Mas esta muy pronto dio paso a la sorpresa al sentir a la chica entre sus brazos. Tal fue la fuerza, la necesidad de aquel abrazo, que el paraguas resbaló de su mano, precipitándose al suelo encharcado.

Poco a poco, las gotas comenzaron a caer de nuevo, insistentes, incesantes, trayendo con ellas una vez más la tempestad. Sin embargo, la lluvia había tomado ya para ellos un plano secundario, apenas escuchando en susurros su melodía danzar en sus oídos. En medio de aquel caos, un abrazo que no requería de palabras; en medio de aquella tormenta, la canción que marcaban dos corazones.

viernes, 9 de marzo de 2018

Alas de cristal

Para cuando llegó al invernadero, hacía ya horas que había anochecido. La luz de la luna, apenas dejaba intuir sus movimientos pausados y ligeros en mitad de la oscuridad, como si de una frágil mariposa se tratase. Con un esfuerzo sobrehumano dado por la fatiga incesante que la azotaba,  con la ayuda de una palanca logró forzar la vieja cerradura. 

El interior estaba polvoriento y desordenado. Los objetos se amontonaban por doquier, al igual que los sueños perdidos y abandonados en aquel lugar apartado del resto del mundo, pero que una vez podía intuir, había sido el centro de todas las miradas. Entonces la vio allí. En mitad de todo aquel caos, brillando en medio de toda esa oscuridad, una vitrina tan grande que llegaba a rozar el techo. En su interior, una muchacha de tez pálida y largo cabello dorado permanecía con la barbilla erguida y los ojos cerrados. En uno de sus párpados, había quedado congelada una lágrima en el tiempo, y en su espalda se apreciaban lo que parecían dos alas transparentes, podrían decirse de frágil porcelana. Se deshizo del gorro que había estado ocultando su cabeza hasta el momento, dejando ver los mechones desordenados de su pelo color celeste. Con paso decidido,  se acercó a la vitrina, sus ojos de un azul casi transparente brillaban con intensidad. Palanca todavía en mano y sin vacilación alguna, arremetió contra el cristal. En el mismo momento en el que este se hizo añicos, la chica abrió aturdida sus profundos ojos ámbar, perdiendo el equilibrio y precipitándose sobre sus brazos. Sus alas revolotearon inquietas, o más bien, su ala. Porque solo una de ellas permanecía de una sola pieza. La otra se encontraba completamente desgarrada. 

- Vaya... ¿Así que ya lo habías olvidado? -la chica de cabellos dorados la miró sin comprender. 

Ella se quitó el abrigo que portaba a modo de respuesta, dejando entrever dos alas idénticas a las suyas. Y al igual que ella, una de las alas estaba completamente destrozada. 

- Cielos... -pudo murmurar al fin, ahogando un grito- No puede ser... Tú, realmente hiciste... -ahogó otro grito al verla asentir en silencio- ¿Cuánto... cuánto tiempo ha pasado?
- Demasiado. Los mortales nunca fueron de fiar...  Te advertí que era demasiado peligroso, que ellos te lastimarían y querrían aprovecharse de tu poder, pero no quisiste escucharme. Como de costumbre. -le reprochó la muchacha de mirada cristalina. 
- Puede que tengas razón, pero no me arrepiento de nada. -aseguró la joven con un brillo especial en sus ojos ámbar y una cansada sonrisa- Si pudiera elegir... volvería a conocerlos, sin duda. A todos y a cada uno de ellos. -por sus mejillas resbalaban al fin aquellas lágrimas que por tanto tiempo se había obligado a retener. 
- ¿Aunque volvieses a sufrir de nuevo? -quiso saber la chica de ojos transparentes mirándola con seriedad. 
- Sin duda. -afirmó ella. 
- Vamos, volvamos a casa. -suspiró la chica de pelo azul, aparentemente molesta- La Tierra no es lugar para ángeles.